dimanche 22 mars 2026

Leonora Carrington, ¿bruja, mística o surrealista?


16 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Leonora Carrington, Los Amantes, 1987, óleo sobre lienzo, 76x103cm, Mujeres artistas del Museo de Mougins / col. Levett.


Visitando la exposición de Leonora Carrington en el museo de Luxemburgo (hasta el 19 de julio) entendemos mejor porqué la excelente exposición sobre el surrealismo a lo femenino en el museo de Montmartre hace tres años, había reducido esta artista a la mínima expresión (una sola obra de 1939, de cuando estuvo viviendo con Max Ernst). En esa exposición había una citación de ella que dice que ella no se definía como surrealista, citación que no aparece aquí (salvo error). Y en esta exposición distinguimos la distancia entre ella y los surrealistas: mientras que ellos rechazan todo dogma y toda ideología, ella al contrario se complace con creencias mágicas, esotéricas, místicas, cabalísticas. Mientras que ellos le dan preferencia al sueño libre, ella al contrario baraja sus obsesiones más o menos psicóticas. 


Leonora Carrington, La Tentación de san Antonio, 1945, óleo sobre lienzo, 122x91cm, col. part.


Una de las mejores demostraciones de esta diferencia es el concurso lanzado por Albert Lewin, director de la película Bel-Ami según Maupassant, que desea mostrar una pintura contemporánea inspirada en las Tentaciones de San Antonio del Bosco. Llama a Max Ernst (que gana), Salvador Dali, Paul Delvaux, Dorothea Tanning, Eleonora Carrington y a otros, como Leonor Fini que no acepta (Marcel Duchamp era uno de los miembros del jurado). Mientras que los otros artistas producen obras trágicas cercanas a la naturaleza del Bosco, Carrington pinta una escena insípida en la que el santo tiene tres caras, el cerdo se ha convertido en un animal doméstico tirado por el suelo y la mujer andrógina está ocupada guisando un menjurje químico, ya no tiene nada de tentador, un cadáver de mujer desnuda flota en el río. O cómo endulzar y volver soso un mito. 


Leonora Carrington, El médico español, 1940, óleo sobre lienzo, 37.5x54cm, Art Institute of Chicago.


Claro que hay que hablar de su vida trágica, primero burguesa rebelde por quien, en 1937, Max Ernst, nacido 26 años antes que ella, deja a su mujer; pero no la reduzcamos al papel de discípula de Ernst, aunque él haya hecho que se abriera su talento artístico, porque hay que reconocer que sus dibujos de adolescente, Sisters of de Moon de 1932, no tienen valor (se parecen a las publicidades para el incienso y el cannabis médico vendido en la tienda New Age abajo de mi casa). Luego sus desordenes psiquiátricos en Ardecha y después en España en 1940/41 que la marcaron profundamente, pero los cuadros que hacen referencia a ello, como El Médico español, están muy alejados de la manera mucho más elegante, de por ejemplo Frida Khalo quien supo expresar y sublimar sus dolores. 


Leonora Carrington, El Mundo mágico de los Mayas, 1963-64, caseína sobre tabla, 213x457cm, Museo nacional de Antropología e Historia, Mexico (no está en la exposición).


Se fue para Méjico gracias a un matrimonio por conveniencia y allí pasará 69 de sus 94 años. Pero (a diferencia de Frida Khalo, claro, y de otras inmigrantes como ella, Tina Modotti o Kati Horna) parece que vive en otra dimensión, no se inspiró del arte y la cultura mejicanos, salvo para un pedido, El Mundo mágico de los Mayas (no está en la exposición) que además recicla mitos celtas al lado de los del Chiapas. Se casó con el fotógrafo Imre Weiz (compañero de Capa y, judío húngaro también, pasa algunos meses en un campo de internamiento para extranjeros en Marruecos) y encuentra algo de estabilidad (gracias también a un gurú discípulo de Gurdjieff) se puede dedicar entonces libremente a sus gustos artísticos por los animales fantásticos, el tarot, la cábala y la alquimia, por la brujería, la muerte y el espiritismo. Al contrario de los surrealistas (o de Antonin Artaud) no toma mucha distancia, todo parece demasiado evidente. Todas las creencias son muy respetables: cada quien lo suyo...






dimanche 15 mars 2026

Grotesco (Eva Jospin)

 

12 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Jugando con las palabras, Eva Jospin decidió llamar Grottesco a su exposición en el Grand Palais (hasta el 29 de marzo). La gruta, La caverna, su exuberancia mineral y vegetal, la dimensión escondida, misteriosa, fantástica, el simbolismo iniciático y sexual se presenta a lo largo del recorrido de la exposición (como fue el caso en la Cour Carré). Para empezar, como siempre con esta artista, atrae la virtuosidad técnica de sus esculturas de cartón. 



Una vez contemplada la virtuosidad admiramos las construcciones arquitecturales sofisticadas, inspiradas de la Antigüedad, del manierismo, del barroco o del Gran siglo, promontorios, cenotafios, cúpulas con óculos, folies y fábricas. Atrae la pureza de las líneas y el dominio del espacio. El reverso muestra el bosque, ramas superpuestas y trenzadas en composiciones complejas que estructuran el espacio. 



Aunque atractivos visualmente, me convencieron menos los bordados: es verdad que son proezas técnicas pero demasiado evidentes, demasiado agarra-ojo y decorativas, por ejemplo esta falsa catarata, demasiado alejada de la sobriedad del resto de su trabajo. 



Y es mejor no decir nada de la exposición gemela: ¡durante siglos tendremos esos horrores a la Puvis de Chavannes en los vitrales de Nuestra Señora de París!


Fotos del autor vistas de la exposición




El duelo (Tânia Araújo)


11 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Esperó más de veinte años para hacer estas fotografías. Y diez años más para mostrarlas. La exposición de la fotógrafa portuguesa Tânia Araújo en el centro de arte Procurarte de Lisboa (hasta el 27 de marzo) combina fotografías de familia, en color, enmarcadas, en una pared y alrededor de un velador pequeño en un rincón de la sala, imágenes como las que todos tenemos en casa, una pareja joven, bellos y enamorados muy de los 70, y sus dos hijos, la normalidad misma, y en las paredes del resto de la exposición, unas veinte fotografías en blanco y negro, bastante oscuras, a veces borrosas, casi irreales. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026, vista de la exposición



La madre de Tânia Araújo sufría de depresión y pasó largas temporadas en hospitales psiquiátricos, puso fin a sus días cuando su hija era todavía una niña. ¿Qué recuerdos conservar de una madre ausente incluso cuando está ahí, de la angustia permanente, del vacío que el amor y la atención del padre intentaban en vano subsanar? Y después, ¿cómo vivir con esa herida, cómo construirse en la sombra del padre, cómo existir en el mundo (y resistir al internado católico en donde te consignan puesto que no hay otra solución familiar)? ¿Cómo intentar reconciliarse con el pasado, cómo, después del fallecimiento del padre, intentar representar las emociones con imágenes, cómo hacerlo en secreto antes de atreverse a mostrarlas, cómo hablar de ello (por primera vez la noche de la inauguración de la exposición y en banda sonora que acompaña el libro del proyecto)?


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Las fotografías expuestas aquí son como instantáneas de un pasado que viene a rozar la memoria del yo, dice el título de la exposición (Memória do Eu). Fotografías que intentan reconstruir a partir de fragmentos de memoria, quién era su madre, tan poco vista, apenas conocida, a la que poco se acercaba en su habitación oscura de enferma. ¿Es ella la mujer desnuda y dormida que le da la espalda al mundo? ¿Es su brazo atado con una tela-pañuelo o venda? Y los medicamentos cerca del vaso de agua, son neurolépticos? Fragmentos para intentar recomponer la memoria vaga y borrosa. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Muchas imágenes son poco explícitas, más simbólicas y evocadoras: un rosario, un vidrio roto, flores secas, la sombra monstruosa de un simple tenedor. ¿A qué aferrarse cuando se tiene tan poco, cuando tantos recuerdos desaparecieron y aunque haya que reconstruir sobre las ruinas? En una de las fotos de familia, la madre de Tania de Araujo tiene en las manos una cámara fotográfica: es como una sombra tutelar sobre su hija, un signo, quizás una protección. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


El libro Memória do Eu saldrá el 27 de marzo en Ediciones Barba ao Vento.





samedi 14 mars 2026

Ennegrecer el arte (Mickalene Thomas)


28 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Mickalene Thomas, Retrato de María, 2015, strass, acrílica y óleo sobre lienzo montado en tabla, 121.9×91.4cm, col. Harry G. David


La exposición « All about Love » de la artista afro-estadounidense Mickalene Thomas en el Gran Palais (hasta el 5 de abril) le rinde homenaje a la mujer negra, a su belleza, su dignidad, su sensualidad. Y esta celebración es eminentemente un acto político. Un activismo político en la forma y la selección de los temas. En la forma, todo aquí es collage, lentejuelas, brillo, esmalte, colores vivos y materiales exuberantes: una exuberancia visual, rechazo del «buen gusto», de la discreción. Una manera radical de diferenciarse de un arte tradicional percibido como blanco y masculino. Aunque a veces se vuelva proceso, es un paso al lado bastante significativo. 


Mickalene Thomas, A little taste outside of love, 2007, acrílica, esmalte y strass sobre tabla, 274.3×365.8cm, Brooklyn Museum


En esos temas, lo más interesante, me parece, es que toma de nuevo los temas clásicos bien conocidos para transformarlos del interior. Partiendo de la figura de la odalisca, emblema de la mirada del artista blanco sobre la mujer oriental que fantasea, la transforma en glorificación de la belleza sensual de la mujer negra que toma así el control de su cuerpo y de su sensualidad para transformar la mirada. 


Mickalene Thomas, Almuerzo sobre la hierba, 2022, fotografía color, papeles impresos, pintura acrílica y strass sobre papel, montaje sobre Dibond, 96x120cm, col. privada, Mónaco.


En cuanto al Almuerzo sobre la hierba, para responder al escándalo de las mujeres desnudas en el cuadro de Manet, Thomas lo transforma (dos veces en la exposición) en salida al campo de tres mujeres negras orgullosas que nos miran altaneras. Recordamos la exposición en el Museo de Orsay sobre el Modelo negro, que marcó a Mickalana Thomas: aquí tenemos una perspectiva más kitsch y más contemporánea. 





Étretat : evadir lo pintoresco

 

10 de febrero de 2025, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Victor Hugo, Acantilado de Étretat (La Puerta de Amont), 1835, lápiz de grafito
sobre papel (carné), Casas de Victor Hugo Paris y Guernesey, foto del autor


Interesante la exposición en el Museo de bellas artes de Lyon (hasta el 1 de marzo): cómo aparecieron en pintura los arcos y la aguja de Étretat a principios del siglo XIX (hay solamente una obra anterior en la exposición de Alexandre Jean Noel) y que prácticamente dejaron de hacerse alrededor de 1920 (desde entonces tenemos un cuadro de George Braque, que vivió cerca en 1930 y unas fotografías pasadistas sepia de Elger Esser en 2000). Cómo un pueblo de pescadores se convirtió en estación balnearia después de 1840, y refugio de artistas (más de 400 pintores durante el verano de 1882, dice Gustave Goetschy); desde 1837 el hotel Blanquet se vuelve «Au rendez-vous des artistes» -La cita de los artistas- (en la exposición tienen la insignia pintada). Cómo su representación artística y luego fotográfica se volvió irrelevante, pintoresca y estereotipada, siempre con los mismos temas, incluso por parte de artistas de calidad, quienes frente a aquellas maravillas naturales no hacen sino mediocridades (Delacroix es un buen ejemplo en la primera sala y por mucho no es el único). En la primera sala entre las acuarelas atormentadas de Eugène Isabey y las espumas anodinas de Johann Wilhelm Schirmer, sólo Hugo (que en 1837 va a Etretat con Juliette Drouet) logra superar lo pintoresco al dibujar acantilados como si fueran ruinas («más bellas que Piranesi» dice) fantásticas y monstruosas, único artista capaz, entonces, de crear una imagen que sobrepasa la simple representación del lugar, el único que transforma aquel pintoresco en sublime. Otra forma de evitar lo pintoresco: Corot le da la espalda al mar y pinta fincas, campesinos, todo menos acantilados y mar, un rechazo radical que asume. 


Gustave Courbet, La Ola (detalle), 1869, óleo sobre lienzo, Museo de ellas artes de Lyon, foto del autor.


Hablaremos después de bañistas y pescadores pues hay que apresurarse para ir a la sala Courbet que va a Étretat en 1869 y asiste a una tempestad violenta los 11 y 12 de septiembre que se apresura a pintar con deleite.  En la sala hay doce cuadros procedentes de Nueva York, Williamston, Berlin, de Wuppertal, … : tres acantilados, cinco olas, dos trombas de agua (en las que una cortina vertical de lluvia disimula las formas) y dos vistas de un mar más tranquilo. Son las Olas, las que evidentemente sobresalen en el conjunto, son al mismo tiempo formas sensuales, sumamente eróticas (tres años después del Origen del mundo), y manifestaciones violentas, incontrolables, peligrosas (un años antes de la Comuna de París). La ola del museo (detalle aquí arriba) es la más delimitada, la más efervescente, la más espumosa en el centro, aquella en la que las formas de las nubes son el eco de las de las olas: la más sensual de las cinco. La que presta el Städel de Francfort y la, muy similar, procedente de una colección privada, juegan más sobre el contraste entre densidad oscura, casi mineral del agua, y liviandad de la espuma blanca. 


Claude Monet, Etrétat, La aguja y la Puerta de Aval, 1885, Pastel sobre papel; 22,2 x 40,1 cm
Nueva York, colección particular, cortesía de Sotheby, imagen proporcionada por el museo.


Claude Monet, presionado por su marchante Paul Durand-Ruel para que produzca y vender, hace vistas de Étretat en serie entre 1883 y 1886. Fuera de un Almuerzo que podría ocurrir en cualquier lugar (si no tenemos en cuenta la cofia tipo bretón de la sirvienta), tenemos trece lienzos de acantilados y de mar, en los que la materia rocosa sobresale por su calidad (lo que no es el caso de las olas, bastante «mecánicas» y repetitivas) y tres pasteles grandes que me llamaron la atención por sus cielos luminosos. Son lienzos hechos para el mercado y se venden bien. Un éxito que inspirará a varios artistas, Eugène Boudin, Sophie Schaeppi, Jean-François Aubustin e incluso a Félix Vallotton, sin que distingamos ningún genio creativo: Étretat se convierte en un motivo comercial en el cual reina lo pintoresco. 


Henri Matisse, Interior en Etretat, 1920, Óleo sobre lienzo; 41 x 32,5 cm, Berlin, Staatliche Museum zu Berlin, Nationalgalerie, Museum Berggruen, imagen proporcionada por el museo.


Bastante más tarde después de la ola del siglo XIX, Matisse va a Étretat en 1920, primero con su hija Margarita convaleciente. Aquel verano realiza alrededor de cuarenta pinturas en las que evita el tema, puede ser un bodegón bastante oscuro con mielgas, o aquellas en las que no pinta el mar sino de forma accesoria, visible a los lejos a través de la ventana de la habitación en la que su hija descansa. Lo usa sencillamente como decorado. 


Eugène Le Poittevin, Baños de mar en Étretat (detalle), 1866, óleo sobre lienzo, Museo de Bellas artes y de Arqueología, Troyes, foto del autor.


Al lado de la «gran pintura», hay un aspecto interesante en esta exposición, las escenas de la vida cotidiana con pescadores y en particular con bañistas. Eugène Le Poittevin, primer artista que se hace construir una casa en Étretat, hizo muchas y con frecuencia; los detalles son más divertidos que el conjunto. Aquí vemos a unas bañistas que parecen embelesadas por el agua del mar.  


Octave Jahyer según Gustave Doré, Los baños de mar (detalle), 1856, grabado sobre madera, colección particular, foto del autor.


Y, en el grabado según Gustave Doré, aquí vemos un escena amena ...





vendredi 13 mars 2026

Abriendo puertas (Bruno Zhu)


21 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


En un museo no hay puertas excepto a la entrada de los baños. Se circula libremente de sala en sala, sin puertas, abiertas o cerradas. Algunas veces una cortina protege una sala video o una instalación sonora, también obras prohibidas a los menores. Pero nunca hay picaportes o manijas que tengamos que tocar, ni puertas cerradas que abrir, ni marcos o dinteles que pasar, ni bisagras o goznes. Que yo sepa, la única puerta que existe en un museo está en Filadelfia y está perforada con un óculo. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor

En la (bien llamada) instalación «Bellas Artes» de Bruno Zhu, en el Centro de arte moderno Gulbenkian (hasta el 27 de julio), dos cosas perturban de entrada, y la una es la presencia de puertas. En la parte de arriba de la entrada da la impresión de que ésta es una puerta de caja fuerte, por el tamaño y el volumen, aunque es de un  color verde chillón, pero como tiene una aldaba de latón inmóvil pues uno cae en cuenta de que no lo es. Hay que darle la vuelta para entrar en la exposición y de inmediato se entiende que nada será sencillo, que puede que no sea una exposición como las demás. Luego conté seis puertas de madera de tamaño estándar pero pintadas de tres o cuatro colores: el derecho, el revés, el canto y, a veces el marco, cada uno de un color vivo y contrastado. Todas son macizas excepto una, arriba, calada con un motivo acuático (a no ser que sean unos cabellos). Se trata entonces de una exposición que traba constantemente la circulación, hay que cerrar la puerta que el visitante que sigue abrirá, el cuerpo se enfrenta con esos obstáculos en los que la mirada no va nunca demasiado lejos y en donde cada escena está cercada. Mientras que de costumbre, el museo propone la libre circulación (y a veces sin la más mínima partición), aquí nos sentimos constreñidos, dirigidos, controlados, casi encerrados. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


Y antes de tropezarnos con las puertas, la otra perturbación viene de los cambios en el espacio. La primera sala en la que entramos ha dado un vuelco: la pared de detrás de nosotros es un cielo raso (con plafón), la baranda delante de nosotros es horizontal, la estatua de resina roja de Sergio Pombo está puesta horizontalmente (pensamos en performances pasadas de Philippe Ramette); cuadro (escena con un colgado de Antonio Pedro) y los carteles han girado 90°. Sonreímos  pero sabemos que a veces pasa que ciertas obras (sobre todo abstractas) se cuelgan con una rotación de 90°, por ignorancia de los comisarios, como aquí con Jean Gorin. Y cuando ya hemos pasado algunas puertas y nos encontramos en el nivel inferior, debajo de una baranda desfasada, igualmente: plafón en la pared, cartel a 90° y un tapiz de Almada Negreiros entre dos puertas verdes con marcos blancos. Un juego de desplazamientos que aunque menos sutil que el juego de puertas nos puede hacer sonreír, pero nos lleva también a interrogarnos sobre la esencia de la exposición y las reglas que la rigen. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


En las salas de abajo, seis bustos de las colecciones del CAM adornados con cintas (lástima que no haya un Messerschmidt), unos maniquíes de resina, muchachos desnudos (pero asexuados, procedentes de este prudente museo) en un juego de espejos y recortes según cuatro enseñas francesas y una sala multicolor. Cada pared está pintada de un color vivo, rojo, verde, amarillo, y azul (el suelo es violeta): un grito cromático que disuade cualquier instalación. Un choque de colores que recuerda ciertas instalaciones de Helio Oiticica. Hay sin embargo un cuadro en una de las tres paredes (y el letrero «salida de emergencia» en la pared verde), escogido por su armonía cromática con la pared: aquí arriba, La carnicería de Eduardo Luiz. Observamos que todas las obras presentadas pertenecen a las colecciones de Centro (y en algunos casos fueron objetos de nuevas investigaciones antes de incluirlos aquí); hay incluso, en el corredor de la salida, un texto de sobre una exposición de Ilya Kabakov que tuvo lugar aquí hace 30 años y Bruno Zhu se apropia ese relato para integrarlo en su recorrido. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


¿De qué trata entonces esta exposición con título pomposo? ¿Zhu es artista (pero no hay obras suyas) o comisario de la exposición? Y si es comisario, ¿qué es esa selección de obras de todo tipo (y francamente bastantes mediocres)? ¿Y qué significan las restricciones para circular, los cambios insolentes y los colores violentos? Todo empieza con una licencia (p. 6-9), de un contrato que elaboró el artista para permitir que se realizaran exposiciones a partir de sus instrucciones. Un poco simplista, es verdad, pero lo suficientemente fastidioso para que salgamos cuestionando algunas de las evidencias museales o curatoriales.










vendredi 6 mars 2026

Las huellas de Philippe Gronon


24 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Philippe Gronon, Manta nº3, Paris, 2025, impresión pigmentaria, 155x207cm, detalle


Lo que Philippe Gronon muestra en su exposición en la galería Maubert (hasta el 4 de abril) es, como de costumbre, el reverso de las cosas, aquello que no vemos de entrada, aquello, que si no está escondido, en todo caso no se ve de inmediato. Se trata, claro, del reverso de los cuadros: aquellos en los que no aparece sino un monograma (un Tiziano) y aquellos en los que la profusión de etiquetas cuenta su recorrido (un Monet, aquí abajo). La vida escondida de lo lienzos, itinerarios, afiliaciones, museos, colecciones, transportadores, marquistas, la historia en contrarrelieve. A veces se ven chorreones de pintura que se salieron del anverso. Y, ante todo, la materialidad del cuadro, su existencia de objeto, la invención. (sin fotografía del reverso de Cornelis Gisbrecht...). La serie más reciente nos muestra grandes mantas para transporte de cuadros, desenrolladas y reproducidas con escáner: el detalle revela entrelazados de color, es como si una vida secreta apareciera ante los ojos. 


Philippe Gronon, Bastidor-prensa nº 21, 2025, impresión pigmentaria, 36x41cm


Philippe Gronon es un cazador de huellas, ante un tablero negro o un escritorio, nos desvela las marcas, las heridas, las cicatrices, los fantasmas que hacen resaltar lo que se escribió y que luego fue borrado o arrastrado. Descubrimos entonces los «mártires», menoscabados por las cuchillas que cortaron documentos. A veces los fantasmas se multiplican, como en el bastidor-prensa del fotógrafo (negligente) que al multiplicar las huellas en el fieltro desgastado, introduce la ilusión de profundidad.  


Philippe Gronon, Verso nº38, Nenúfares por Claude Monet, Museo de arte moderno y contemporáneo de Saint-Étienne, 2009, impresión pigmentaria, 109x109cm


Huellas de escritura, huellas de fotografía (con una palangana de desarrollo transformada por el escáner en objeto misterioso, piedra preciosa o bloque mineral), huellas de pintura, y más prosaico, raspadores de cajas de fósforos que conservan las huellas de los gestos brutales que los accionaron. Se trata también de reflexionar sobre la fotografía y su relación con la realidad: imagen a escala 1, sin adornos, pero que desplaza el objeto fotografiado de su rol funcional casi invisible hacia un estatuto fotográfico que lo suspende, lo ilumina, lo ennoblece, le concede presencia e identidad, y nos interroga sobre lo que vemos y lo que descuidamos sin ver. 






jeudi 5 février 2026

Los bodegones vivientes de Rita Magalhães


2 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Rita Magalhães, Granadas [Romãs], 2024, 130x97cm


iSeamos sinceros! ¿No sentimos con frecuencia, incluso casi siempre, un poco de tedio cuando miramos bodegones? Podemos admirar la belleza, la riqueza, la abundancia, las formas y colores. Podemos dejarnos seducir por los trampantojos, las analogías, evocaciones, o reflejos, los juegos de luz. Elogiaremos el talento del pintor, su habilidad para restituir la luz, las texturas. Delante de una naturaleza muerta se supone que debemos meditar sobre la riqueza, el poder, la huída del tiempo, la fugacidad de los placeres, sobre la muerte, con frecuencia frente a las vanidades. Pero confesemos que muchas veces es aburrido. Admiramos al artista pero guardamos la distancia. No hay otra emoción más que estética, aunque a veces puede ser inmensa delante de un Cézanne, un Morandi o un Weisberg. Y, sobre ese género al fin y al cabo menor, la literatura es abundante (Sterling, Wajcman, Bertrand Dorléac, ...) y numerosas son las exposiciones (desde La National Gallery hasta el Louvre). A veces, hay raras excepciones, que van más allá de la belleza formal y vemos que el pintor se entregó en cuerpo y alma olvidando la distancia que lo separaba de su sujeto, vemos en el lienzo sus angustias, sus pasiones, sus tripas, su corazón, su sexo, su muerte. Así, la raya de Chardin, el buey desollado de Rembrandt y, todavía más el de Soutine. Como decía Denis Malartre a propósito de los bodegones de Chardin: son «objetos sensibles, tan gustativos y reales que hay que creer en los milagros. Aquí la abstracción hace salivar». 


Anon., Canasta de frutas (en paisaje) [Fruitero (numa paisagem)],XVII/XVIII, óleo sobre lienzo 89.2x72cm, MMP | MNSR foto ©Rui Pinheiro


La exposición «Cara a cara» en el museo Soares dos Reis de Oporto (hasta el 18 de mayo) hubiera sido cortésmente aburrida si hubieran mostrado solamente los cuadros de bodegones de las colecciones del museo. Dieciséis lienzos datan de los siglos XVII y XVIII, el gran periodo del bodegón, procedentes de España, Flandes o de Holanda (pero ninguno de la pintora nacional Josefa de Óbidos, ni este bonito Pieter Claezs de 1645, colgado en otro lugar del museo), y doce lienzos son de pintores portugueses de finales del siglo XIX o principios del siglo XX. 


Alice Grillo de Lima, Pensamientos silvestres [Amores-perfeitos], avant 1926, óleo sobre lienzo, 52.5×43.5 cm, MMP | MNSR foto ©Rui Pinheiro


Como en tantas exposiciones sobre bodegones (Les Choses -Cosas- en el Louvre en 2022 fue una exception, puesto que se centró en desvelar el alma secreta de los objetos inanimados), nos contentaríamos meditando un poco sobre la insignificancia de las cosas, nos divertiríamos un poco (delante del horrible bogavante de Eduardo Viana) y, en el fondo, nos contentaríamos también, mirando sin más, la técnica mil veces repetida, la virtuosidad del juego de luces (más arriba) sobre las uvas en el cuadro anónimo de los siglos XVII/XVIII, o (aquí arriba) la suavidad táctil de los pétalos de los pensamientos silvestres (en portugués «amores perfectos») de Alice Grillo de Lima (primer cuarto del siglo XX). 


Rita Magalhães, Vanitas, 2025, 54x68cm


Nos contentaríamos si no estuvieran, mezcladas con los 28 lienzos, 28 fotografías de Rita Magalhāes. ¿Son de verdad fotografías? A la entrada de la sala dominando la exposición, este extravagante marco dorado presenta una Vanidad discreta. El objetivo es evidente, incitar al visitante a que se interrogue: ¿Lienzo o fotografía? Claro que el juego podría consistir en distinguir sin leer las cartelas, lo que es lienzo, lo que es fotografía, y, a veces uno se puede equivocar. Una de las diferencias evidentes aquí es primero que los bodegones, en su mayoría, son nítidos, completos, inmóviles, bien acabados, bien «meticulosos», se afirman claramente frente al mundo, asumen su papel de representación. Mientras que las fotografías son borrosas, indecisas, caprichosas, movidas, las formas van abiertas, fraccionadas, con trazos imprecisos. 


Rita Magalhães, Bolsa de tela [Saco de pano], 2024, 170x90cm


Las pinturas cierran la mirada sobre lo que muestran, las fotografías la abren, hacia lo desconocido, hacia el ensueño. Miren este sencillo saco de lienzo colgado: podemos ver un vestido, un fantasma, un animal marino, una pieza de carnicería, ¿qué sabemos? Ramas suspendidas parecen dibujar con sus sombras caligrafías abstractas (abajo); una jovencitas (aquí abajo) se difuminan en las flores y el verdor cual Dafne convirtiéndose en laurel (mientras que en los dos cuadros de las cuatro estaciones del siglo XVIII, las dos mujeres con cara de ingenuas están bien presentes y desvían la atención a expensas de las frutas de primavera y otoño, sabiamente pintadas a su lado). 


Rita Magalhães, En medio de las flores [Entre as flores], 2025, 53x70cm



Como lo explicaba yo más en detalle hace cuatro años, cuando su exposición de paisajes más bien melancólicos, en una galería cercanaRita Magalhães no interviene en la postproducción para transformar la imagen, sino que complementa su dispositivo de toma con diversos apéndices ópticos que le permiten jugar entre realidad e invención, alejarse de la representación demasiado fiel e introducir misterio y onirismo en sus composiciones. Las fotografías fueron realizadas en diferentes estaciones, en una pieza separada de una mansión familiar, un cuarto propio, un lugar íntimo y secreto. Y la expresión sensual de las imágenes parece brotar también de un lugar íntimo y secreto escondido de todos en el fondo de ella misma. Los juegos de luz, los arreglos, las texturas, todo coincide para reforzar la sensación de intimidad y de sensualidad. 


Rita Magalhães, Higos [Figos], 2020, 98x130cm


Pues son imágenes inmensamente, irremediablemente sensuales. Los higos abiertos, los pétalos de las flores, las granadas reventadas (arriba), todo invita a la caricia, todo despierta el deseo. Son frutas simbólicas, por supuesto: la granada alude a la unidad y la concordia, la manzana a la amistad, la pera a la dulzura, la rosa a la belleza, el durazno al amor, el higo a la sexualidad. Rebasando las alegorías, es la manera como la artista las mira y las trata, lo que me conmueve. Ni distancia, ni reserva: para lograrlo hay que deshacerse de toda frialdad superficial y alcanzar realidades más profundas, ya sean melancólicas o sensuales, hay que exponerse, volverse vulnerable, entregarse como no lo haríamos en ningún otro lugar. 


Rita Magalhães, Rama de manzano [Ramo de macieira], 2025, 170x108cm


Sensualidad que nos permite respirar, puesto que en otros lugares del museo, dicho sea, de calidad, parece haber sido desterrada (como además en muchos otros en Portugal). Poniendo aparte un lienzo púdico y mediocre de José Malhoa, La isla de los amores (1908), el único cuadro algo sensual de todo el museo, salvo error, es Céfalo y Procis de Marques de Oliveira (1879), es el único que se atreve a mostrar un seno femenino (pero en la cartela se apresuran a explicar que ese tipo de tema -mitológico- es raro en Portugal...). En las salas no hay sino paisajes, retratos y escenas de género (y algunos desnudos masculinos de Soares de Reis), y, en mi última visita a finales de 2025, la anatomía femenina no se exhibía sino a través de unos dibujos anatómicos del médico Alberto Sousa. Para compensar ese verano, hay que darse prisa hasta el 18 de mayo, ir al fondo del museo para deambular lánguidamente delante de las paredes rojas de esta exposición única...