dimanche 7 juin 2026

Revisitar el archivo (Frida Orupabo)

 

3 de junio de 2026, por Lunettes Rouges

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, vista de la exposición

¿En qué consiste el archivo de un artista? Primero, una fuente de documentación, una fundación, una base para alimentar trabajos creativos, también una herramienta de reflexión. Y algunas veces el archivo puede convertirse en obra: el artista lo vuelve a ver, lo repasa, y, en lugar de hacer una simple documentación en vitrina durante una exposición construye una exposición completa sobre el archivo. Recuerdo, hace más de quince años en Tel Aviv, una conversación con Miki Kratsman que se interrogaba sobre el futuro de más de 9000 caras de resistentes anónimos fotografiados en medio de la multitud durante la segunda Intifada, y  entonces decidió años más tarde, hacer con ellas una obra en sí, en Facebook, People I Met, de 2012 a 2021. En las exposiciones de la artista Frida Orupabo, nigeriano-noruega, que yo había visto hasta aquí, o en los libros que había leído, se insistía en sus collages (o mejor, ensamblajes con remaches bien visibles sin pegante), hechos con fragmentos de cuerpos de mujer recortados, deformados, ensamblados para desafiar la anatomía y subrayar la violencia que aquellos cuerpos habían sufrido. Tal y como escribía yo en 2022: «Son imágenes atormentadas procedentes de archivos coloniales que nos miran a nosotros, espectadores blancos que quisiéramos ignorarlas, ignorar nuestro pasado, nuestra historia: pero nadie se salva de esas miradas de trauma, de supervivencia, de resiliencia. Proyectan la violencia y la cólera, la resistencia y la dignidad, e impresionan. Sacadas de su contexto y ensambladas así, cuentan contrahistorias e interrogan nuestra manera de mirarlas. La artista nos habla de raza, de familia, de sexualidad y de identidad, pero su trabajo cuestiona también la estructuración misma de la imagen. »

Frida Orupabo, Discipline, 2022, collage con pins

Aquellos seres híbridos e inquietantes nos miran frontalmente, fijamente, y crean un efecto hipnótico, están compuestos de imágenes que la artista ha recogido con paciencia en álbumes y a menudo por internet, sobre la colonización y la esclavitud. Además de su discurso sobre la raza y la identidad, Orupabo nos habla también de montaje, de composición y de estructuración de la imagen. Además, con frecuencia en sus exposiciones, presentaba su archivo de manera cruda e indiferenciada, en general a partir de una cuenta Instagram en la cual, de 2013 a 2016, había cotejado sus hallazgos. Pero eso era un elemento accesorio, documentación, simple archivo de trabajo. 

Frida Orupabo, 1/3, 2021, digital C-print montado sobre aluminio

Fue entonces una decisión audaz la que tomaron la artista y la curadora Marta Mestre al organizar una exposición (hasta el 1 de noviembre) en la que el archivo es desde ahora el eje central, y no figuran sino media docena de collages (además en Portugal, en donde Frida Orupabo es casi desconocida). Lo que crea la obra aquí no son tanto las composiciones deliberadas de la artista, sino la selección que hizo en medio de una miríada de imágenes, fotos o videos, hallazgos recolectados en internet, prefiriendo el formato cuadrado de Instagram. A través de las salas descubrimos pasajes de películas y videos de los cuales ya non percibimos el sentido narrativo pero en los que el cuerpo de la mujer negra se halla omnipresente. Se identifican aquí y allí violencias policíacas, episodios erótico-amorosos o la cara apacible de Orupabo desabotonando su blusa (aquí abajo). El conjunto es desconcertante, tumultuoso. 

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, captura de pantalla

Uno se siente atrapado en el largo pasillo cuya pared está adornada con la repetición de una imagen que evoca sexo, bondage y voyerismo con un espejo en donde se ve la imagen de una cara que también se repite en la pared (arriba). Atrapado, pues en el fondo del pasillo (y justo antes de una muy buena sala de lectura en torno a la feminidad negra, en donde encontramos el libro de Grada Kilomba), la cara irónica del director y actor Med Hondo (que fue, entre otros, el doble francés de Eddy Murphy) nos vocea. Irresistible. 

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, captura de pantalla

Para los que no conozcan el trabajo de Frida Orupabo es sin duda una exposición algo desconcertante (su título: «Cloud of Confusion»), pero que tiene el mérito inmenso (y raro) de cuestionar el «¿cómo?», el «¿a partir de qué?».

fotos del autor.



Grada Kilomba, hacia la sobriedad


5 de junio de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Grada Kilomba, 18 Verses, 2022, detalle


Grada Kilomba lleva consigo la palabra: la palabra de las mujeres negras, de las colonizadas, descendientes de esclavos. Artista, escritora (autora del admirable Memorias de la Plantación, una historia psicoanalítica del racismo ordinario poscolonial), psicóloga, portuguesa originaria de  Angola y Santo Tomé y Príncipe, vive entre Berlín y Sintra (en donde nació hace 60 años). Portadora de una palabra recia, sus primeras obras, que descubrí hace diez años en la Bienal de San Pablo, eran principalmente obras con palabras que ritmaba un tambor; videos en los que se alineaban réplicas sobre la identidad y la diferencia, sobre el poder y la revuelta, con apenas una imagen, un dibujo de Jacques Arago, el retrato de la esclava Anastasia, amordazada. Fue mi más bonito descubrimiento en aquella bienal. Algunos años más tarde, en 2021, vi su trilogía antigua intitulada Un mundo de ilusiones, en torno a Narciso, Edipo y Antígona (exhibida en el Palacio de Tokyo en Paris en 2021/22): relatos eternos encarnados aquí en cuerpos negros, en torno a cuestionamientos sobre la humanidad, muy de actualidad todavía, con la artista en otra pantalla más pequeña, diciendo su poema. Imágenes hieráticas, la narración filmada, nos quedábamos en la categoría de la palabra dominante. Y para mí fue la obra más potente y actual en aquella exposición. 


Grada Kilomba, 18 Verses, 2022, vista parcial de la exposición


(Da la impresión de que no veo su trabajo sino cada cinco años, mala suerte, ...y además, fue descaradamente excluida de la Bienal de Venecia en 2022). Cuando fui hace unos días a Sintra, al museo de la Fundación Albuquerque en donde exponen su trabajo en el fondo de un hermoso parque, en un pabellón moderno de líneas audaces, O Fundo do Mondo (El fin del mundo, hasta el 26 de septiembre), yo me esperaba a una exposición basada en la palabra, el lenguaje, el relato; debí haber preparado mejor la visita (la mayoría de las obras ya las habían mostrado en otras exposiciones) puesto que me sorprendió, me sacudió la fisicidad de su obra, la materialidad de su trabajo. Esta vez ni una palabra, bueno, casi: un poema-letanía, O Barco, cuyos 18 versos lancinantes van inscritos uno por uno en letras de oro, sobre igual número de bloques de madera negra quemada, en doce idiomas (de los cuales cuatro me son totalmente desconocidos: yoruba, kimbundú, kriolo de Cabo verde, setsuana) (ver arriba). Pero aquí los bloques no están cuidadosamente alineados, el espectador puede deambular entre ellos, dar la vuelta, agacharse, para tratar de seguir el transcurso del poema (funciona como un juego de domino, con anadiplosis); los 18 bloques de madera están unidos con una tela negra que serpentea por el suelo, se extiende, limita los movimientos del espectador y estructura el espacio, es como si a usted se lo llevara un río, hipnóticamente, acompañado de una instalación sonora. Los bloques son quizás los cuerpos de los migrantes o de los esclavos caídos en el fondo del mar, dice, es en el fondo del mar que se puede leer nuestra historia, del tráfico negrero a las migraciones actuales. Si el agua se retirara de los océanos, podríamos leer el archivo de todo el horror de nuestro pasado.  


Grada Kilomba, Compressed Time, 2024, instalación con bloques de caliza y cubo de vidrio negro, dimensiones variables


Hay que zigzaguear como en un laberinto de cortinas negras translúcidas, como en una progresión de iniciación o una performance que cumplir. Pero antes de entrar en el pabellón, habremos contemplado largamente, en el césped, una instalación, Compressed Time (Tiempo comprimido), de piedras calizas y vidrio negro, en la cual se mezclan lo duro y lo frágil, lo blanco y lo negro, lo opaco y lo transparente, lo suave y lo peligroso. La pureza de las líneas, la sencillez de la composición e igualmente su fuerte dimensión metafísica, evocan las culturas asiáticas, no tanto las delicadas cerámicas de la colección vecina (en donde cohabitan cerámicas chinas y arte contemporáneo) sino mejor, un maestro como Lee Ufan


Grada Kilomba, Storyteller, 2026, impresión chorro de tinta, 2 veces 150x88cm



El video Opera to Black muestra a unos cantantes negros o mestizos, vestidos de negro que salmodian una música de piano delante de una pared caliza; dos de ellos de desprenden del grupo para bailar. Al lado Grada Kilomba actúa sobre la presencia y la ausencia, la suya, denominada Storyteller: en dos fotografías idénticas colgadas en ángulo recto la vemos en una de ellas y en la otra no. ¿Qué mejor manera de explicarnos de qué forma utiliza el relato, con palabras que a veces pone en relieve y otras veces disimula? Puede que sea una evolución, puede que sea un bosquejo, una manera de hablar más recio, sin palabras, con un lenguaje diferente. Al mismo tiempo inaugura en Paris, un memorial del genocidio Tutsi: «La sobriedad para decir el horror» escribe Roxana Azimi en Le Monde.  


fotos del autor.






dimanche 22 mars 2026

Leonora Carrington, ¿bruja, mística o surrealista?


16 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Leonora Carrington, Los Amantes, 1987, óleo sobre lienzo, 76x103cm, Mujeres artistas del Museo de Mougins / col. Levett.


Visitando la exposición de Leonora Carrington en el museo de Luxemburgo (hasta el 19 de julio) entendemos mejor porqué la excelente exposición sobre el surrealismo a lo femenino en el museo de Montmartre hace tres años, había reducido esta artista a la mínima expresión (una sola obra de 1939, de cuando estuvo viviendo con Max Ernst). En esa exposición había una citación de ella que dice que ella no se definía como surrealista, citación que no aparece aquí (salvo error). Y en esta exposición distinguimos la distancia entre ella y los surrealistas: mientras que ellos rechazan todo dogma y toda ideología, ella al contrario se complace con creencias mágicas, esotéricas, místicas, cabalísticas. Mientras que ellos le dan preferencia al sueño libre, ella al contrario baraja sus obsesiones más o menos psicóticas. 


Leonora Carrington, La Tentación de san Antonio, 1945, óleo sobre lienzo, 122x91cm, col. part.


Una de las mejores demostraciones de esta diferencia es el concurso lanzado por Albert Lewin, director de la película Bel-Ami según Maupassant, que desea mostrar una pintura contemporánea inspirada en las Tentaciones de San Antonio del Bosco. Llama a Max Ernst (que gana), Salvador Dali, Paul Delvaux, Dorothea Tanning, Eleonora Carrington y a otros, como Leonor Fini que no acepta (Marcel Duchamp era uno de los miembros del jurado). Mientras que los otros artistas producen obras trágicas cercanas a la naturaleza del Bosco, Carrington pinta una escena insípida en la que el santo tiene tres caras, el cerdo se ha convertido en un animal doméstico tirado por el suelo y la mujer andrógina está ocupada guisando un menjurje químico, ya no tiene nada de tentador, un cadáver de mujer desnuda flota en el río. O cómo endulzar y volver soso un mito. 


Leonora Carrington, El médico español, 1940, óleo sobre lienzo, 37.5x54cm, Art Institute of Chicago.


Claro que hay que hablar de su vida trágica, primero burguesa rebelde por quien, en 1937, Max Ernst, nacido 26 años antes que ella, deja a su mujer; pero no la reduzcamos al papel de discípula de Ernst, aunque él haya hecho que se abriera su talento artístico, porque hay que reconocer que sus dibujos de adolescente, Sisters of de Moon de 1932, no tienen valor (se parecen a las publicidades para el incienso y el cannabis médico vendido en la tienda New Age abajo de mi casa). Luego sus desordenes psiquiátricos en Ardecha y después en España en 1940/41 que la marcaron profundamente, pero los cuadros que hacen referencia a ello, como El Médico español, están muy alejados de la manera mucho más elegante, de por ejemplo Frida Khalo quien supo expresar y sublimar sus dolores. 


Leonora Carrington, El Mundo mágico de los Mayas, 1963-64, caseína sobre tabla, 213x457cm, Museo nacional de Antropología e Historia, Mexico (no está en la exposición).


Se fue para Méjico gracias a un matrimonio por conveniencia y allí pasará 69 de sus 94 años. Pero (a diferencia de Frida Khalo, claro, y de otras inmigrantes como ella, Tina Modotti o Kati Horna) parece que vive en otra dimensión, no se inspiró del arte y la cultura mejicanos, salvo para un pedido, El Mundo mágico de los Mayas (no está en la exposición) que además recicla mitos celtas al lado de los del Chiapas. Se casó con el fotógrafo Imre Weiz (compañero de Capa y, judío húngaro también, pasa algunos meses en un campo de internamiento para extranjeros en Marruecos) y encuentra algo de estabilidad (gracias también a un gurú discípulo de Gurdjieff) se puede dedicar entonces libremente a sus gustos artísticos por los animales fantásticos, el tarot, la cábala y la alquimia, por la brujería, la muerte y el espiritismo. Al contrario de los surrealistas (o de Antonin Artaud) no toma mucha distancia, todo parece demasiado evidente. Todas las creencias son muy respetables: cada quien lo suyo...






dimanche 15 mars 2026

Grotesco (Eva Jospin)

 

12 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Jugando con las palabras, Eva Jospin decidió llamar Grottesco a su exposición en el Grand Palais (hasta el 29 de marzo). La gruta, La caverna, su exuberancia mineral y vegetal, la dimensión escondida, misteriosa, fantástica, el simbolismo iniciático y sexual se presenta a lo largo del recorrido de la exposición (como fue el caso en la Cour Carré). Para empezar, como siempre con esta artista, atrae la virtuosidad técnica de sus esculturas de cartón. 



Una vez contemplada la virtuosidad admiramos las construcciones arquitecturales sofisticadas, inspiradas de la Antigüedad, del manierismo, del barroco o del Gran siglo, promontorios, cenotafios, cúpulas con óculos, folies y fábricas. Atrae la pureza de las líneas y el dominio del espacio. El reverso muestra el bosque, ramas superpuestas y trenzadas en composiciones complejas que estructuran el espacio. 



Aunque atractivos visualmente, me convencieron menos los bordados: es verdad que son proezas técnicas pero demasiado evidentes, demasiado agarra-ojo y decorativas, por ejemplo esta falsa catarata, demasiado alejada de la sobriedad del resto de su trabajo. 



Y es mejor no decir nada de la exposición gemela: ¡durante siglos tendremos esos horrores a la Puvis de Chavannes en los vitrales de Nuestra Señora de París!


Fotos del autor vistas de la exposición




El duelo (Tânia Araújo)


11 de marzo de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Esperó más de veinte años para hacer estas fotografías. Y diez años más para mostrarlas. La exposición de la fotógrafa portuguesa Tânia Araújo en el centro de arte Procurarte de Lisboa (hasta el 27 de marzo) combina fotografías de familia, en color, enmarcadas, en una pared y alrededor de un velador pequeño en un rincón de la sala, imágenes como las que todos tenemos en casa, una pareja joven, bellos y enamorados muy de los 70, y sus dos hijos, la normalidad misma, y en las paredes del resto de la exposición, unas veinte fotografías en blanco y negro, bastante oscuras, a veces borrosas, casi irreales. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026, vista de la exposición



La madre de Tânia Araújo sufría de depresión y pasó largas temporadas en hospitales psiquiátricos, puso fin a sus días cuando su hija era todavía una niña. ¿Qué recuerdos conservar de una madre ausente incluso cuando está ahí, de la angustia permanente, del vacío que el amor y la atención del padre intentaban en vano subsanar? Y después, ¿cómo vivir con esa herida, cómo construirse en la sombra del padre, cómo existir en el mundo (y resistir al internado católico en donde te consignan puesto que no hay otra solución familiar)? ¿Cómo intentar reconciliarse con el pasado, cómo, después del fallecimiento del padre, intentar representar las emociones con imágenes, cómo hacerlo en secreto antes de atreverse a mostrarlas, cómo hablar de ello (por primera vez la noche de la inauguración de la exposición y en banda sonora que acompaña el libro del proyecto)?


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Las fotografías expuestas aquí son como instantáneas de un pasado que viene a rozar la memoria del yo, dice el título de la exposición (Memória do Eu). Fotografías que intentan reconstruir a partir de fragmentos de memoria, quién era su madre, tan poco vista, apenas conocida, a la que poco se acercaba en su habitación oscura de enferma. ¿Es ella la mujer desnuda y dormida que le da la espalda al mundo? ¿Es su brazo atado con una tela-pañuelo o venda? Y los medicamentos cerca del vaso de agua, son neurolépticos? Fragmentos para intentar recomponer la memoria vaga y borrosa. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


Muchas imágenes son poco explícitas, más simbólicas y evocadoras: un rosario, un vidrio roto, flores secas, la sombra monstruosa de un simple tenedor. ¿A qué aferrarse cuando se tiene tan poco, cuando tantos recuerdos desaparecieron y aunque haya que reconstruir sobre las ruinas? En una de las fotos de familia, la madre de Tania de Araujo tiene en las manos una cámara fotográfica: es como una sombra tutelar sobre su hija, un signo, quizás una protección. 


Tânia Araújo, Memória do Eu, 2026


El libro Memória do Eu saldrá el 27 de marzo en Ediciones Barba ao Vento.





samedi 14 mars 2026

Ennegrecer el arte (Mickalene Thomas)


28 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Mickalene Thomas, Retrato de María, 2015, strass, acrílica y óleo sobre lienzo montado en tabla, 121.9×91.4cm, col. Harry G. David


La exposición « All about Love » de la artista afro-estadounidense Mickalene Thomas en el Gran Palais (hasta el 5 de abril) le rinde homenaje a la mujer negra, a su belleza, su dignidad, su sensualidad. Y esta celebración es eminentemente un acto político. Un activismo político en la forma y la selección de los temas. En la forma, todo aquí es collage, lentejuelas, brillo, esmalte, colores vivos y materiales exuberantes: una exuberancia visual, rechazo del «buen gusto», de la discreción. Una manera radical de diferenciarse de un arte tradicional percibido como blanco y masculino. Aunque a veces se vuelva proceso, es un paso al lado bastante significativo. 


Mickalene Thomas, A little taste outside of love, 2007, acrílica, esmalte y strass sobre tabla, 274.3×365.8cm, Brooklyn Museum


En esos temas, lo más interesante, me parece, es que toma de nuevo los temas clásicos bien conocidos para transformarlos del interior. Partiendo de la figura de la odalisca, emblema de la mirada del artista blanco sobre la mujer oriental que fantasea, la transforma en glorificación de la belleza sensual de la mujer negra que toma así el control de su cuerpo y de su sensualidad para transformar la mirada. 


Mickalene Thomas, Almuerzo sobre la hierba, 2022, fotografía color, papeles impresos, pintura acrílica y strass sobre papel, montaje sobre Dibond, 96x120cm, col. privada, Mónaco.


En cuanto al Almuerzo sobre la hierba, para responder al escándalo de las mujeres desnudas en el cuadro de Manet, Thomas lo transforma (dos veces en la exposición) en salida al campo de tres mujeres negras orgullosas que nos miran altaneras. Recordamos la exposición en el Museo de Orsay sobre el Modelo negro, que marcó a Mickalana Thomas: aquí tenemos una perspectiva más kitsch y más contemporánea. 





Étretat : evadir lo pintoresco

 

10 de febrero de 2025, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Victor Hugo, Acantilado de Étretat (La Puerta de Amont), 1835, lápiz de grafito
sobre papel (carné), Casas de Victor Hugo Paris y Guernesey, foto del autor


Interesante la exposición en el Museo de bellas artes de Lyon (hasta el 1 de marzo): cómo aparecieron en pintura los arcos y la aguja de Étretat a principios del siglo XIX (hay solamente una obra anterior en la exposición de Alexandre Jean Noel) y que prácticamente dejaron de hacerse alrededor de 1920 (desde entonces tenemos un cuadro de George Braque, que vivió cerca en 1930 y unas fotografías pasadistas sepia de Elger Esser en 2000). Cómo un pueblo de pescadores se convirtió en estación balnearia después de 1840, y refugio de artistas (más de 400 pintores durante el verano de 1882, dice Gustave Goetschy); desde 1837 el hotel Blanquet se vuelve «Au rendez-vous des artistes» -La cita de los artistas- (en la exposición tienen la insignia pintada). Cómo su representación artística y luego fotográfica se volvió irrelevante, pintoresca y estereotipada, siempre con los mismos temas, incluso por parte de artistas de calidad, quienes frente a aquellas maravillas naturales no hacen sino mediocridades (Delacroix es un buen ejemplo en la primera sala y por mucho no es el único). En la primera sala entre las acuarelas atormentadas de Eugène Isabey y las espumas anodinas de Johann Wilhelm Schirmer, sólo Hugo (que en 1837 va a Etretat con Juliette Drouet) logra superar lo pintoresco al dibujar acantilados como si fueran ruinas («más bellas que Piranesi» dice) fantásticas y monstruosas, único artista capaz, entonces, de crear una imagen que sobrepasa la simple representación del lugar, el único que transforma aquel pintoresco en sublime. Otra forma de evitar lo pintoresco: Corot le da la espalda al mar y pinta fincas, campesinos, todo menos acantilados y mar, un rechazo radical que asume. 


Gustave Courbet, La Ola (detalle), 1869, óleo sobre lienzo, Museo de ellas artes de Lyon, foto del autor.


Hablaremos después de bañistas y pescadores pues hay que apresurarse para ir a la sala Courbet que va a Étretat en 1869 y asiste a una tempestad violenta los 11 y 12 de septiembre que se apresura a pintar con deleite.  En la sala hay doce cuadros procedentes de Nueva York, Williamston, Berlin, de Wuppertal, … : tres acantilados, cinco olas, dos trombas de agua (en las que una cortina vertical de lluvia disimula las formas) y dos vistas de un mar más tranquilo. Son las Olas, las que evidentemente sobresalen en el conjunto, son al mismo tiempo formas sensuales, sumamente eróticas (tres años después del Origen del mundo), y manifestaciones violentas, incontrolables, peligrosas (un años antes de la Comuna de París). La ola del museo (detalle aquí arriba) es la más delimitada, la más efervescente, la más espumosa en el centro, aquella en la que las formas de las nubes son el eco de las de las olas: la más sensual de las cinco. La que presta el Städel de Francfort y la, muy similar, procedente de una colección privada, juegan más sobre el contraste entre densidad oscura, casi mineral del agua, y liviandad de la espuma blanca. 


Claude Monet, Etrétat, La aguja y la Puerta de Aval, 1885, Pastel sobre papel; 22,2 x 40,1 cm
Nueva York, colección particular, cortesía de Sotheby, imagen proporcionada por el museo.


Claude Monet, presionado por su marchante Paul Durand-Ruel para que produzca y vender, hace vistas de Étretat en serie entre 1883 y 1886. Fuera de un Almuerzo que podría ocurrir en cualquier lugar (si no tenemos en cuenta la cofia tipo bretón de la sirvienta), tenemos trece lienzos de acantilados y de mar, en los que la materia rocosa sobresale por su calidad (lo que no es el caso de las olas, bastante «mecánicas» y repetitivas) y tres pasteles grandes que me llamaron la atención por sus cielos luminosos. Son lienzos hechos para el mercado y se venden bien. Un éxito que inspirará a varios artistas, Eugène Boudin, Sophie Schaeppi, Jean-François Aubustin e incluso a Félix Vallotton, sin que distingamos ningún genio creativo: Étretat se convierte en un motivo comercial en el cual reina lo pintoresco. 


Henri Matisse, Interior en Etretat, 1920, Óleo sobre lienzo; 41 x 32,5 cm, Berlin, Staatliche Museum zu Berlin, Nationalgalerie, Museum Berggruen, imagen proporcionada por el museo.


Bastante más tarde después de la ola del siglo XIX, Matisse va a Étretat en 1920, primero con su hija Margarita convaleciente. Aquel verano realiza alrededor de cuarenta pinturas en las que evita el tema, puede ser un bodegón bastante oscuro con mielgas, o aquellas en las que no pinta el mar sino de forma accesoria, visible a los lejos a través de la ventana de la habitación en la que su hija descansa. Lo usa sencillamente como decorado. 


Eugène Le Poittevin, Baños de mar en Étretat (detalle), 1866, óleo sobre lienzo, Museo de Bellas artes y de Arqueología, Troyes, foto del autor.


Al lado de la «gran pintura», hay un aspecto interesante en esta exposición, las escenas de la vida cotidiana con pescadores y en particular con bañistas. Eugène Le Poittevin, primer artista que se hace construir una casa en Étretat, hizo muchas y con frecuencia; los detalles son más divertidos que el conjunto. Aquí vemos a unas bañistas que parecen embelesadas por el agua del mar.  


Octave Jahyer según Gustave Doré, Los baños de mar (detalle), 1856, grabado sobre madera, colección particular, foto del autor.


Y, en el grabado según Gustave Doré, aquí vemos un escena amena ...





vendredi 13 mars 2026

Abriendo puertas (Bruno Zhu)


21 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)



Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


En un museo no hay puertas excepto a la entrada de los baños. Se circula libremente de sala en sala, sin puertas, abiertas o cerradas. Algunas veces una cortina protege una sala video o una instalación sonora, también obras prohibidas a los menores. Pero nunca hay picaportes o manijas que tengamos que tocar, ni puertas cerradas que abrir, ni marcos o dinteles que pasar, ni bisagras o goznes. Que yo sepa, la única puerta que existe en un museo está en Filadelfia y está perforada con un óculo. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor

En la (bien llamada) instalación «Bellas Artes» de Bruno Zhu, en el Centro de arte moderno Gulbenkian (hasta el 27 de julio), dos cosas perturban de entrada, y la una es la presencia de puertas. En la parte de arriba de la entrada da la impresión de que ésta es una puerta de caja fuerte, por el tamaño y el volumen, aunque es de un  color verde chillón, pero como tiene una aldaba de latón inmóvil pues uno cae en cuenta de que no lo es. Hay que darle la vuelta para entrar en la exposición y de inmediato se entiende que nada será sencillo, que puede que no sea una exposición como las demás. Luego conté seis puertas de madera de tamaño estándar pero pintadas de tres o cuatro colores: el derecho, el revés, el canto y, a veces el marco, cada uno de un color vivo y contrastado. Todas son macizas excepto una, arriba, calada con un motivo acuático (a no ser que sean unos cabellos). Se trata entonces de una exposición que traba constantemente la circulación, hay que cerrar la puerta que el visitante que sigue abrirá, el cuerpo se enfrenta con esos obstáculos en los que la mirada no va nunca demasiado lejos y en donde cada escena está cercada. Mientras que de costumbre, el museo propone la libre circulación (y a veces sin la más mínima partición), aquí nos sentimos constreñidos, dirigidos, controlados, casi encerrados. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


Y antes de tropezarnos con las puertas, la otra perturbación viene de los cambios en el espacio. La primera sala en la que entramos ha dado un vuelco: la pared de detrás de nosotros es un cielo raso (con plafón), la baranda delante de nosotros es horizontal, la estatua de resina roja de Sergio Pombo está puesta horizontalmente (pensamos en performances pasadas de Philippe Ramette); cuadro (escena con un colgado de Antonio Pedro) y los carteles han girado 90°. Sonreímos  pero sabemos que a veces pasa que ciertas obras (sobre todo abstractas) se cuelgan con una rotación de 90°, por ignorancia de los comisarios, como aquí con Jean Gorin. Y cuando ya hemos pasado algunas puertas y nos encontramos en el nivel inferior, debajo de una baranda desfasada, igualmente: plafón en la pared, cartel a 90° y un tapiz de Almada Negreiros entre dos puertas verdes con marcos blancos. Un juego de desplazamientos que aunque menos sutil que el juego de puertas nos puede hacer sonreír, pero nos lleva también a interrogarnos sobre la esencia de la exposición y las reglas que la rigen. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


En las salas de abajo, seis bustos de las colecciones del CAM adornados con cintas (lástima que no haya un Messerschmidt), unos maniquíes de resina, muchachos desnudos (pero asexuados, procedentes de este prudente museo) en un juego de espejos y recortes según cuatro enseñas francesas y una sala multicolor. Cada pared está pintada de un color vivo, rojo, verde, amarillo, y azul (el suelo es violeta): un grito cromático que disuade cualquier instalación. Un choque de colores que recuerda ciertas instalaciones de Helio Oiticica. Hay sin embargo un cuadro en una de las tres paredes (y el letrero «salida de emergencia» en la pared verde), escogido por su armonía cromática con la pared: aquí arriba, La carnicería de Eduardo Luiz. Observamos que todas las obras presentadas pertenecen a las colecciones de Centro (y en algunos casos fueron objetos de nuevas investigaciones antes de incluirlos aquí); hay incluso, en el corredor de la salida, un texto de sobre una exposición de Ilya Kabakov que tuvo lugar aquí hace 30 años y Bruno Zhu se apropia ese relato para integrarlo en su recorrido. 


Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor


¿De qué trata entonces esta exposición con título pomposo? ¿Zhu es artista (pero no hay obras suyas) o comisario de la exposición? Y si es comisario, ¿qué es esa selección de obras de todo tipo (y francamente bastantes mediocres)? ¿Y qué significan las restricciones para circular, los cambios insolentes y los colores violentos? Todo empieza con una licencia (p. 6-9), de un contrato que elaboró el artista para permitir que se realizaran exposiciones a partir de sus instrucciones. Un poco simplista, es verdad, pero lo suficientemente fastidioso para que salgamos cuestionando algunas de las evidencias museales o curatoriales.