lundi 11 janvier 2021

Recuento 2020

 


31 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Durante este año extraño, habiendo visto menos exposiciones desde marzo (unas sesenta en total este año), escribí bastante sobre libros (cerca de 50, entre los cuales unas veinte reseñas específicas, los otros en los resúmenes para recapitular) y, en Paris, en diciembre, sobre obras de arte de algunas iglesias (Periplos parisinos), puesto que los museos estaban cerrados. 


La mejor exposición del año es indudablemente la de David Brognon y Stéphanie Rollin en el MAC VAL.


La mejor exposición fuera de Paris (también es un libro), la de Ariella Aïsha Azoulay en Barcelona (segunda reseña)


Esperaba más de la exposición del Louvre sobre la figura del artista, no verdaderamente mala, decepcionante.

 

El mejor libro «gordo» de la lista, el libro sobre Kirchner de la editorial Prestel, su genio y ambigüedades, catálogo de la exposición en la Neue Galerie.


El mejor libro «pequeño» de la lista, Éros et Vertu d’Alberto Maria Banti, editorial Alma.


Peor libro, el catálogo de la exposición Masculinities en el Barbican, editorial Prestel.


Y, entre los dos, un libro cuya intensión era excelente pero la realización imperfecta, Histoire mondiale des femmes photographes, editorial Textuel.


Total de visitantes este año, 315.000.


El artículo más leído este año, más de 8000 veces, mi reseña de 2019 sobre Charlotte Salomon.

El artículo más leído de 2020, el de la exposición «Nuestro mundo en llamas» en el Palacio de Tokyo, cerca de 2000 veces (no me lo esperaba).


Para los obsesionados de la paridad, en total 29 reseñas consagradas a las mujeres (entre ellas 20 exposiciones) 31 a los hombres (de 22 exposiciones): una cosa a la que no le pongo atención cada día, solamente cuando recapitulo el año. Como no podemos decir que el mundo del arte ya es igualitario, es entonces, que inconscientemente, mi mirada está sesgada. En cambio, el arte en las iglesias, es otra cosa. 


 


Periplos parisinos : pequeño recuento

 


Publicado el 27 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Visité estas diez iglesias parisinas para satisfacer mi curiosidad intelectual puesto que los museos estaban cerrados. Más que la arquitectura, un campo en el cual soy poco competente y solamente diría banalidades, me interesé por las obras de arte, en especial por las pinturas, algunas esculturas y vitrales. Descubrí cosas bellas y espero haberles dado a los lectores el deseo de seguirme.


Pero no vi todo, claro que no. También pueden ir a San Eustaquio para ver la Vida de Cristo de Keith Haring entre otras obras contemporáneas; a Santa Margarita por la Masacre de los Inocentes de Pacecco de Rosa, a San Pedro de Montmartre por la Lamentación de un alumno de Ribera, o, más difícil pues rara vez accesible; a la Capilla de la Enfermería María Teresa por la hermosa Santa Teresa del Barón Gérard, y muchas otras más; también pueden salir de Paris. 


Primera conclusión: no estamos en Roma, Nápoles o Venecia. 95% de las obras de arte en las iglesias son de calidad mediocre, incluso espantosa, sin la menor búsqueda artística (también visité algunas iglesias sobre las que no escribí puesto que no hay NADA que decir). En general, salvo síndrome de pedantería aguda, apenas se echa un vistazo sobre la abundancia de santurronerías de arte sulpiciano (expresión inventada en 1897 para calificar las «santurronerías» tales como las estatuas de santos o los cuadros figurativos de los vitrales de estilo estereotipado, remilgado, incluso sensiblero y sin genio) principalmente del siglo XIX y es suficiente. Como decía Huysmans, esteta refinado, dejemos que se pudran y se apaguen en la humedad de las capillas. Pero es una pena, todo el mundo no está de acuerdo, es patrimonio inalienable y sacrosanto, etc. 


Segunda conclusión: solamente vi obras de hombres, con una excepción (en Paris solamente la iglesia del Espíritu Santo, terminada en 1935, que no he visitado, muestra obras de varias mujeres artistas, unos frescos de seis mujeres miembros de los talleres de los Ateliers d'Art Sacré). Doble patriarcado, el del mundo del arte y el de la Iglesia, dirán ustedes. ¿Habrá otras artistas escondidas? Si duda alguna. En Italia, Portugal, Flandres, Londres, existen mujeres pintoras/artistas de iglesia, ¿porqué no habría en Paris? ¿Las Guerrilla Girls se irán a movilizar por esta noble causa? ¿Existirá una Historia mundial de las mujeres en el arte sagrado, así como éstaFueron visitas interesantes, agradables, con algunas buenas conversaciones. Sacarle partido a la pandemia para salirse del camino. Pero diez son suficientes, por ahora. 


Mis principales fuentes de información: primero el Guide Bleu, esta excelente página y también este libro de Bertrand Dumas.



Resumen de diciembre de 2020, y algunos libros

 

31 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Este mes, 17 reseñas, de las cuales 11 sobre iglesias parisinas


1 de diciembre: Cristina Ataide, en rojo y negro

de diciembre: Tres exposiciones en Lisboa (Filipa Ventura, Catarina Marto & Raquel Pedro, et Elisa Pône)

de diciembre: El régimen israelí de ocupación, archivo fotográfico (1967-2007), Ariella Aïsha Azoulay

14 de diciembre: El pinball situacionista (Jacqueline de Jong)

15 de diciembre: Christo y los cernícalos (Cahiers d’Art)

16 de diciembre: Tiempo fantasma, tiempo gratuito (Raphaël Dallaporta)

17 de diciembre: Periplos parisinos 1 : Iglesia de San Dionisio del Santo Sacramento (Delacroix)

18 de diciembre: Periplos parisinos 2 : Iglesia de San Pablo y San Luis (Delacroix)

19 de diciembre: Periplos parisinos 3 : Iglesia de San Sulpicio (Delacroix)

20 de diciembre: Periplos parisinos 4 : Saint-Germain-des-Prés (Restout et Heim)

21 de diciembre: Periplos parisinos 5 : Saint-Germain-l’Auxerrois

22 de diciembre: Periplos parisinos 6 : Saint-Gervais-Saint-Protais (Préault)

23 de diciembre: Periplos parisinos 7 : Saint-Louis-en-l’Île (Lehmann)

24 de diciembre: Periplos parisinos 8 : San Francisco Javier (Tintoretto, Giordano, Gennari)

25 de diciembre: Periplos parisinos 9 : Saint-Michel-des-Batignolles (Morgan Snell et Chicotot)

26 de diciembre: Periplos parisinos 10 y último : Saint-Séverin (Bazaine, Brueghel, Schneider)

27 de diciembre: Periplos parisinos : pequeño recuento


Algunos libros

Nota de deontología: Desde hace algunos meses, como veo menos exposiciones escribo mucho más sobre libros. Quisiera explicar las reglas que me he fijado. Sistemáticamente escribo sobre los libros que le he solicitado al editor (difusor o museo), a veces unas líneas, otras artículos enteros, según mi interés y mi inspiración. Casi siempre escribo sobre los libros que me envían sin haberlos solicitado, salvo si para nada me interesan. Y, en los dos casos escribo «recibido en servicio de prensa». También escribo sobre libros que yo mismo compro e incluso sobre libros que he solicitado y que no me han enviado por temor a la crítica y que de todas maneras he comprado (y, por perfidia indico entonces el precio). Y, espero que ustedes lo hayan visto, aquí por ejemplo, no es porque recibo un libro gratuitamente que ello influencia mi juicio. 


Yves Klein, Les éléments et les couleurs, Paris, Arteos, 2020, 248 páginas, más de 120 reproducciones en color de obras de Yves Klein y numerosos documentos en blanco y negro. Una obra que acompaña la exposición del mismo nombre (que no he visto, hasta el 29 de enero, pero no soy el único: solamente encontré una crítica) en el Domaine des Etangs en Massignac (hotel de lujo con un espacio para exposiciones), comisarios Daniel Moquay y Philippe Siauve. Ensayo bilingüe francés inglés de Kalus Ottmann, reseñas de Ottmann sobre algunas obras. No es verdaderamente un catálogo de exposición sino más bien una obra de referencia sobre Yves Klein que está organizada en seis partes: los cuatro elementos alquímicos, fuego, agua, tierra y aire (cada de las obras va con uno de los elementos), además de lo inmaterial (en particular las Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial), y un capítulo un poco flojo sobre los colores (entre ellos el exvoto a Santa Rita de Cascia), además de unas imágenes de reactivación de algunas de sus instalaciones (y vistas del parque del castillo...). El ensayo de Ottmann insiste sobre la espiritualidad de Klein, católico y rosacruz, utopista sin ser místico, influenciado por Fourier y por Bachelard; se trata sobre todo de una historia intelectual de Klein (su libro anterior se llamaba Yves Klein el filósofo) respaldada con numerosas citaciones del artista. En ese contexto, más filosófico, hubiéramos podido desear más referencias a la alquimia y a la Rosacruz, incluso al pensamiento de los Arqueros de San Sebastián, pero es una demostración interesante y original en relación con la mayoría de los escritos más clásicos sobre el artista, aunque pueda desconcertar. Libro recibido en servicio de prensa.


Manifesta 13 Marseille, Le Grand Puzzle, Berlin, Hatje Cantz, 2020, 336 páginas (también existe en inglés). Con motivo de Manifesta, el gabinete holandés de arquitectura MVRDV y la universidad de Delft (The Why Factory), bajo la dirección de Winy Maas realizaron un estudio urbanístico de Marsella, la ciudad francesa más abierta al mundo, ciudad rebelde, multicultural, creativa, orgullosa y que acoge a todos los exiliados. Después de las entrevistas a personalidades (prefacio de Jean-Claude Gaudin, eso era antes...), a universitarios, a gente de la cultura y también a un agente de mantenimiento y a dos dirigentes del OM (Olímpico de Marsella), el libro presenta 35 representaciones cartográficas con datos estadísticos que comparan a Marsella con otras ciudades portuarias europeas (Oslo, Copenhague, Rotterdam, Valencia, Nápoles y Atenas; curiosamente Barcelona no): Marsella es la número uno por vivienda insalubre, por voto a la extrema derecha, por número de barrios cerrados, número de habitantes de la calle, n°2 por homicidios (después de Atenas) n°3 por pobreza, n°4 por número de mezquitas y n°6 por la proporción de habitantes extranjeros (sin ciudadanía), muy diferente de lo que se cree. En fin, unas treinta propuestas más o menos utópicas, como por ejemplo un pulverizador gigante delante de la Mayor, un puente hacia Argelia (752km) y un coloso a la entrada del Vieux Port (para reemplazar el puente trasbordador). Y poca cosa para mejorar la vida en los barrios del norte... Libro recibido en servicio de prensa.


Nino Migliori, Lumen, Cappella dei Pianeti e dello Zodiaco nel Tempio Malatestiano, San Severino Marche, Quinlan, 2017, 100 páginas, 40 fotografías en blanco y negro. Nino Migliori no tiene sino 94 años, y es uno de los más grandes fotógrafos italianos contemporáneos, es muy poco conocido en Francia; su obra va del neorrealismo a la experimentación alquimia, pasando por una reinterpretación de la realidad, cuyas series Lumen son un ejemplo. ¿Cómo veían las esculturas en bajorrelieves los contemporáneos del Medioevo y del Renacimiento en la oscuridad de las iglesias a la luz de las velas? Entonces, Migliori, iluminado con vela fotografió los leones de la Catedral de Modena, la lamentación sobre el cuerpo de Cristo de Boloña, el Cristo velado de Nápoles, la Tumba de Ilaria en Lucques, el Bautisterio de Parma y, aquí, la Capilla de los Planetas y del Zodiaco del Templo Malatestiano en Rimini, con los bajorrelieves de Agostino Duccio que muestra los doce signos zodiacales y también siete dioses y diosas de la antigüedad para los planetas (lo que no apreció nada Pío II: «menos una iglesia cristiana que el templo de infieles adorando al demonio»). Las hermosas fotografías en primer plano, de bellísima impresión sobre fondo negro, juegan con la materia del bajorrelieve y la fragilidad de la luz. Textos en italiano de Moreno Neri y de Roberto Maggiori, comisario de la exposición en Rimini en 2017/18. Libro recibido en servicio de prensa.


Varios libros de fotografía, también de la editorial italiana Quinian: Fabio Torre sobre el famoso Hotel Chelsea en New York (en inglés e italiano); A Macchia do Leopardo de Renato Gasperini (con un bonito texto de Sabrina Ragucci sobre la silla de Vincent, en italiano); Populusque, de Pietro de Tilla y Carlo Matteo Golla sobre unas personas en traje de centurion romano (texto de Sergio Giusti, en italiano); una reedición (prefacio por Italo Zannier) de un libro de 1903 sobre los tatuajes de los criminales (por temas: religioso, de vendetta, políticos, eróticos y obscenos, afectivos, contra la mala suerte, de animales) con 42 fotografías sorprendentes y textos en italiano de Emanuele Mirabella y del famoso Cesare Lombroso; Miss Q Lee de Jacopo Benassi sobre un transexual; y el catálogo de una exposición de unos cien retratos nada tradicionales de 27 fotógrafos italianos, entre ellos Nino Migliori (nacido en 1926), Guido Guidi, Mario Cresci, Paolo Gioli (Sconosciuti), Fabio Sandri, hasta Fabrizio Bellomo (el más joven, nacido en 1982; dibujos variopintos con bolígrafo), y un texto en italiano de Roberto Maggiori. Libros recibidos en servicio de prensa.


Para terminar, varios libros de fotografía publicados por Espacio Jhannia Castro en Oporto: la española Ampara Garrido fotografía a lo largo de las estaciones,  Tiergarten, un jardín romántico; Juan Rodriguez, en Nowhere, muestra fotos de  viaje que son a menudo inciertas y misteriosas; Igor Sterpin, que vive en Oporto, muestra paisajes brumosos, detalles ambiguos, sombras invasoras; unas vistas nocturnas de Paris por Andréas Lang; y las sombras fotográficas de prostitutas filipinas de Guy Monnet procuran devolverles la dignidad a esas mujeres, sin voyerismo (textos de Elvira Lindo y de Maité Leal). Libros recibidos en servicio de prensa. 


 


samedi 9 janvier 2021

Periplos parisinos 6 : Iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais

 


22 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Auguste Préault, Cristo agonizante, 1840/46, cedro, 267x139x43cm, Iglesia Saint-Gervais-Saint-Protais, Paris © Courtauld Institute of Art


El Cristo de Auguste Préault está maldito. Préault (cuya obra más conocida es la Ofelia en el Museo de Orsay), escultor romántico rebelde, que dicen fue provocador y escandaloso, reprobado en Bellas Artes, rechazado en el Salón, tenía aquí, en 1840, su primer encargo oficial. Pero en lugar de presentar a un Cristo lastimero, meditativo y sufriendo como era lo adecuado en la época, esculpe a un agonisante que grita su dolor: la obra fue rechazada por el jurado del Salón porque le encontró una «falta de elevación», al cabo de un año lo retiraron de la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, el cura declaró «no es Cristo, es el mal ladrón que bebió vitriolo», la iglesia de San Paul San Luis tampoco lo acepta. Furioso, Préault va a ver al cura de Saint-Gervais, que se encuentra moribundo y que declara que no acepta su escultura; Préault se volverá mahometano y el cura tendrá esa apostasía sobre la conciencia. El buen cura, preocupado por no irse al infierno por la pérdida de esta alma acepta la escultura. Pero todavía hoy está puesta de lado en una pared desnuda que conduce a la sacristía pues no se considera digno del coro de Saint Gervais; y me temo que en la Francia actual protestar amenazando con convertirse al Islam no tendría muchos efectos positivos. 


Auguste Préault, Cristo agonizante, detalle


Préault se ajuició durante el Segundo Imperio: reconocido, colmado de pedidos oficiales, pierde la creatividad del principio para convertirse en un cacique del romanticismo oficial. Pero su Cristo agonizante, atormentado, dolorido, la cabeza torcida corresponde a una veracidad, es de un realismo que pocas veces encontramos en la escultura católica de la época, cuyo clasicismo insípido carece tanto de intensidad. Su intensidad, su capacidad de emoción son desconcertantes, y el pulido de la madera resalta la tensión del cuerpo crispado en su agonía. Es una obra bastante perturbadora. Su otro Cristo crucificado, de bronce, en la iglesia de Saint-Ferdinand-des-Ternes, de 1850, se sitúa en la misma línea, pero sus otras esculturas en las iglesias parisinas (fuera de una estatua de Saint Gervais del exterior), el monumento del abate de l'Épée en la iglesia de San Roque, el monumento del abate Liautard en la iglesia Saint-Joseph-des-Carmes,, una María Magdalena en la iglesia de la Madeleine, no tienen la misma fuerza: los honores de la edad lo volvieron soso. Por otro lado, en la iglesia Saint Gervais son los vitrales lo que más llama la atención, pero yo vi una bonita escena doméstica con caldera brillante y utensilios de cocina encima de la puerta de entrada a la derecha, un Jesus en casa de Marta y María, anónimo del siglo XVII. 


 

vendredi 8 janvier 2021

Periplos parisinos 10 y último : Saint-Séverin

 


26 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Jean Bazaine, El Matrimonio, 1967, vitral, iglesia Saint-Séverin, Paris


En Paris intramuros hay relativamente poco arte contemporáneo en las iglesias, salvo en San Eustaquio que además expone con frecuencia instalaciones temporales (como ésta en la que participé). Decidí entonces terminar mis periplos por la iglesia Saint-Séverin, por la galería que depende de ella y por los vitrales de Jean Bazaine que datan de 1967 (el maestro vidriero fue Henri Déchanet). Saint-Séverin siempre ha sido mi iglesia parisina preferida, fue mi parroquia (si puedo decir que tuve una) y la elegancia de sus bóvedas de palmera flamígeras y el doble deambulatorio con su pilar retorcido, de entrada me habían seducido, la «maravillosa flora de piedra» decía Huysmans. El ambulatorio se ilumina con los vitrales de Bazaine, motivos abstractos de colores vivos, más cálidos al norte (a la izquierda), más indeterminados al sur. Cada ventanal es de forma y de tamaño diferente, cada vitral está dedicado a un sacramento: la extremaunción (con dominante naranja), el matrimonio (dominante amarillo, arriba), la confirmación (rojo), dos vitrales para el bautismo (en azul), la eucaristía (rojo), la penitencia (naranja) y orden o sacrificio (violeta). Mientras que durante siglos, desde el Medioevo, el vitral había sido una repetidera estéril y ociosa, a mediados del siglo XX apareció, con Manessier, Bazaine y algunos otros (más tarde Soulages en Conques o Robert Morris en Maguelone), un nuevo arte del vitral abstracto: ya no es figuración narrativa (Chagall, Art Nouveau, Raysse), sino la construcción de un ambiente de luz y color en el cual el fiel se sumerge completamente. Los vitrales de Bazaine son el mejor ejemplo en Paris. Al desplazarse lentamente por el deambulatorio al ritmo de los pilares un día de sol, los colores lo envuelven, se pasa del naranja al amarillo, al rojo y luego al azul y al violeta. Cada vitral va acompañado de una frase santa escogida por el artista, de Isaías a la Carta a los Corintios: la del matrimonio, del Cantar de los cantares, como se debe (VIII, 7), dice así: «las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos». El vitral del amor, es el único hecho de un sólo bloque puesto que su ventana no está adornada con maineles, solamente los plomos dibujan los contornos. Este conjunto es quizás, estéticamente hablando, el lugar más espiritual que he visto hasta ahora, el lugar en donde la fé y la emoción son las más puras, las menos sumidas a la narración, al detalle, a lo pintoresco. 


Claude Vignon, San Pablo 1630-40, óleo sobre lienzo, detalle



Si antes de Bazaine algunos vitrales históricos de Saint-Séverin ya eran de admirar (en especial el Árbol de Jesé de 1482 en fachada, pero es un tesoro escondido poco visible desde el interior a causa del órgano), no podemos decir lo mismo de las pinturas: Flandrin, Heim, Signol, Schnetz, Hesse, Biennoury, etc. hicieron estragos (Huysmans, esteta experimentado, los calificó, página 180, de funestos, y se alegraba de verlos pudrir y apagarse en medio de la humedad de las capillas; pero algunos vituperan...). Se destaca sin embargo un muy oscuro San Lucas escribiendo el Evangelio, de Trophime Bigot, a la izquierda, y en el curioso San Pablo de barba ensortijada, del prolífico Claude Vignon, por encima de la puerta de entrada en la Sacristía, un bodegón de papeles, plumas y tintero que hacen buen efecto pues parecen salirse del cuadro. Un pequeño detalle, busqué sin encontrar, esta clave de finales del siglo XV que muestra una discusión conyugal aparentemente animada entre los padres de la Virgen (pero parece ser en realidad un beso que expresa la casta concepción del hijo).


Pierre Brueghel el joven, Crucifixión, hacia 1600, óleo sobre madera, 90x130cm


Hay que pasar la puerta auspiciado por el sacristán para ver el único cuadro de Pieter Brueghel el Joven que se puede ver en Paris. Y como suele ser en su obra, se trata de una copia de alrededor de 1600, se trata de una Crucifixión de su padre que data de 1559 y que ha desaparecido. El hijo hizo por lo menos tres copias: una está en Filadelfia, la otra en manos privadas, la tercera aquí, en la sacristía, que este visitante calificó de escobero. Este año en la Cuaresma el padre Vincent Thiallier vicario de Saint Séverin, escribió un texto muy completo sobre el cuadro (en cuatro partes: I, II, III, IV), como vector de una meditación sobre la Pasión a partir de un análisis iconográfico bastante detallado que les aconsejo que lean. Lo que vemos es una crucifixión en proceso, acaban de terminar con el ladrón malo y están instalando la cruz del buen ladrón, composición muy poco frecuente, menos vertical que de costumbre. El montaje de aquí abajo es sacado del texto del padre Thiallier. 


Pierre Brueghel el Joven, Crucifixión, hacia 1600, detalles (P. Vincent Thiallier)



No es la escena que encierra a algunos protagonistas, las cruces emergen de una confusión tumultuosa, hay una gran cantidad de gente, unas 150 personas, soldados (en primer plano tres de ellos se disputan la túnica de Cristo) y dignatarios a caballo (uno de manto rojo atrae la mirada). La mirada que se desplaza en medio de esta muchedumbre variopinta no encuentra a la Virgen sino al cabo de un rato, no al lado de la Cruz como de costumbre sino en segundo plano a la derecha, tres Santas Mujeres la reconfortan al igual que Juan y José de Arimatea. Otra originalidad, la escena, en lugar de ocurrir en la cima de un monte, aparece dominada por montañas altas, a lo lejos Jerusalén y la Cúpula del Templo al fondo en el eje central y la Cruz está descentrada (lo que según la exégesis citada más arriba, deja ver el vínculo entre el Templo y la Cruz, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento). Desde diferentes puntos de vista este cuadro es entonces una Crucifixión bastante original del que no se encuentran muchas huellas en la literatura ni en las bases de datos. 


Georges Schneider, Nuestra Señora del Buen Saber, 1985, bronce


La capilla construida por Mansart en 1673, ovalada, clara y de un clasicismo que contrasta con el gótico flamígero de la iglesia, normalmente no se visita, está reservada para la oración, lo que respeto pero es una pena, pues es allí que se muestran, rotando, las 58 planchas del Miserere de Rouault (quien fue aprendiz vidriero aquí mismo), también hay un altar, un ambón, un tabernáculo y dos estatuas de bronce de Georges Schneider, esta Virgen y el niño llamada Nuestra Señora del Buen Saber, patrona de los universitarios, cuyo niño podría recordar un libro abierto, también hay un Cristo de dolor, torcido y suspendido sobre el muro claro; pero no hay tiempo para admirar no se puede uno quedar allí para eso.  


Vista de la galería Saint-Séverin desde le pórtico de la iglesia, foto del autor


Para terminar, justo enfrente de la iglesia se encuentra en centro de arte contemporáneo más pequeño de Paris, manejado por Art Culture Foi y que expone hace 30 años en esta vitrina una obra, una solamente, vinculada con la espiritualidad cristiana y en especial este año con las cuestiones de migración y exilio. Con el enigmático nombre PétrichorGiulia Andreani muestra su cuadro (hasta el 31 de enero) Il ratto di Europa (el rapto de Europa) en el cual cuatro médicos caballeros del Apocalipsis, impotentes, resignados, dejan morir a su joven paciente: Europa, no la Unión Europea sino nuestra cultura, nuestras Luces, nuestras solidaridades de antaño, nuestra hospitalidad y nuestra apertura al mundo, todo lo que se está deshaciendo desde hace varios años. Y es con esta nota pesimista y angustiada que se terminan, por ahora, los periplos en las iglesias parisinas de los que haré un resumen mañana. 



jeudi 7 janvier 2021

Periplos parisinos 9 : Saint-Michel-des-Batignolles

 


25 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Maria / Flora Morgan Snell, Pentecostés 1964/66, óleo sobre lienzo, 600x400cm, iglesia Saint-Michel-des-Batignolles, Paris


En el arte religioso siempre han dominado los pintores masculinos. Una de las raras excepciones a esta regla «patriarcal», como dicen, está en esta desconocida y curiosa iglesia del distrito 17, encerrada en una manzana de casas y de la que apenas podemos divisar el campanario desde la avenida Saint Ouen, éste último coronado con una estatua del arcángel en una estrecha calle. Es una iglesia de principios del siglo XX, está cubierta de ladrillo y su interior oscuro, más o menos bizantino está decorado con maderas exóticas e iluminado con vitrales abstractos muy bien logrados (¿de quién?). Tenemos entonces dos inmensos lienzos (cada uno de 24m2) de Maria (o Flora) Morgan Snell (1920-2007). Mujer, pintora poco conocida pero apreciada por André Maurois y Louise de Vilmorin; había nacido en la alta burguesía brasileña y se había casado con el conde de Moustier, se instaló en Francia con su marido en 1948. Gran adepta de la vida mundana, vivía entre sus dos países, fue entrevistada por la famosa novelista brasileña Clarice Lispector (dos meses antes de su muerte) quien hizo un retrato malvado en el que la ridiculizaba (sonrisa permanente, peinado alto y colores lilas en la ropa y los labios). Sin embargo, dejando el aspecto de vida social, Morgan Snell fue una artista fuera de lo común, inclasificable e independiente de las convenciones pictóricas. Este corto muestra bastante bien su dualidad, mujer de mundo y artista, y cómo juega con ello sutilmente: es difícil imaginar que una persona así pueda realizar una obra tan intensa. Combinando en su enfoque la tradición antigua y clásica desde la estatuaria griega hasta Miguel Ángel, Veronese o Géricault, con una dimensión tropical tanto con ciertos motivos exóticos como con la ejecución y la intensidad de los colores, en la línea del Manifiesto antropófago, fue una pintora del cuerpo humano, de su anatomía, de los músculos y la piel, con una sensualidad desconcertante, hasta tal punto que el Centro Pompidou la califica de ícono gay (ella misma cuenta en el corto que, como si quisiera evitar los prejuicios anti feministas, firmaba sin su nombre y muchos pensaron que era un hombre llamado Morgan; algunos homosexuales le escribieron mensajes de amor). Dejó de pintar en 1978 cuando murió su marido a los 79 años. En 2016 una exposición en Río de Janeiro le rindió homenaje a su obra. Un lienzo de 10 metros, Los Raptores de los Mares, se encuentra en la oficina de correos de  Sables d’Olonne. Los lienzos que presentamos aquí estaban en la iglesia de la Santa Trinidad, en la parte superior del absidiolo de la Virgen y en 1992 fueron desplazados a esta iglesia en donde se armonizan mejor con el estilo.


Maria / Flora Morgan Snell,  Pentecostés, detalle

 

El primer lienzo, monumental, que vemos a la izquierda al entrar en la iglesia, es Pentecostés. Se trata de un impresionante contrapicado en una arquitectura con columnas de aspecto antiguo que para el ojo es difícil de calibrar: una Virgen vestida de azul sobre la cual descienden los rayos del Espíritu Santo, emerge de un desorden exuberante de cuerpos entremezclados. El espacio es reducido, comprimido, desconcertante. En la cima dos pequeños personajes, uno volando (¿un ángel?, ¿Dios Padre?) el otro como si fuera a clavarse en el azul del agua. Alrededor de la Virgen, diez apóstoles visibles (dos de los cuales no vemos sino las manos, a la izquierda), algunos (como San Juan, me parece, a su derecha) peinados al estilo de los años 60. Un escudero de túnica rosada que tiene el caballo cerca de los apóstoles hace el enlace entre los dos espacios: el de la parte de abajo se organiza alrededor de una máscara negra de la cual brota un agua que parece un traje. Delante de ésta reza de rodillas una mujer desnuda: se mezclan ritos cristianos y ritos paganos, posiblemente vudú. Los personajes de la parte de abajo son más coloridos: el rostro de una joven negra detrás del escudero a la derecha, un indio armando su arco delante de él, a la izquierda un hombre calvo de piel oscura lleva un extraño sombrero, delante de él tres jovencitas poco vestidas; es un concierto tumultuoso de pieles de todos los colores, de músculos, de carnes, que produce vértigo. 


Maria / Flora Morgan Snell, Presentación de la Virgen al Templo, 1964/66, óleo sobre lienzo, 600x400cm, iglesia Saint-Michel-des-Batignolles, Paris, foto del autor


La Presentación de la Virgen al Templo, igual de grande (la foto es mala, lo siento), está hecha con la misma construcción en contrapicado, en la cual, la arquitectura vista desde abajo, produce la impresión de que la escena emprende el vuelo aunque no entendamos bien la estructura: ¿qué son las paredes a la izquierda y en qué sentido van? La Virgen de túnica blanca y capa amarilla está apartada arriba a la derecha, un método inspirado en Velazquez o de van Winghe. Pero se olvida pronto, descuidamos las dos trompas de elefante a la derecha, la mirada se dirige hacia el luchador de espaldas en el medio y se fija en las anatomías magníficas del primer plano, un efebo lleva en la mano a una paloma, un negro atlético sentado abajo a la izquierda y, en frente, un mestizo pensativo con una piel de tigre en el muslo bajo una resplandeciente tela roja que recuerda al Greco. A diferencia del otro lienzo aquí no hay mujeres, salvo María y sin duda, Santa Ana, en le centro; pero la sensualidad no es menor. Se siente uno como aplastado por esas composiciones que cuesta estructurar y en las que no entendemos todos los símbolos; pero que se imponen por su riqueza, su complejidad y el juego de formas y de luces. Sobresale la calidad del dibujo, de una gran precisión, es una pintura de escultor, intensa, titánica, que no se limita a la anatomía (como aquí, por ejemplo), y realiza un equilibrio audaz entre la arquitectura y los cuerpos ideales que la pueblan. So pretexto de temas cristianos resurge un paganismo antiguo y adivinamos la influencia de pintores y pensadores del Renacimiento para combinar neoplatonismo y cristianismo. Un descubrimiento interesante.


Georges Chicotot, Ángel pintor en el taller del monje dormido, s.f., óleo sobre lienzo, iglesia Saint-Michel-des-Batignolles, Paris, foto del autor


Esta iglesia nos hace descubrir más: un conjunto de madera maciza tallada toscamente que representa a Cristo con dos apóstoles dormidos (¿de quién serán?), una Natividad de María atribuida a Jerónimo Jacinto de Espinosa, escena tenebrista cuya sencillez rústica seduce; y este divertido cuadro de Georges Chicotot, radiólogo, pintor en especial de temas médicos, (y ¿viticultor?): el artista agotado se ha dormido delante de su lienzo con la paleta en la mano y un ángel viene a socorrerlo y completa el cuadro; es quizás un bosquejo de la escena central de la Coronación de la Virgen. Al principio pensé que se trataba de San Lucas pero es más probable que sea Fra Angélico (existe un cuadro sobre le mismo tema de Albert Maignan en Saint-Valéry-en Caux). Última curiosidad de esta iglesia llena de imprevistos: el órgano procede de los salones del Hotel Majestic y fue trasladado a la iglesia cuando el Ministerio de la Guerra se instaló en el Majestic en 1938: de los fiesteros a los fieles...

mardi 5 janvier 2021

Periplos parisinos 8 : San Francisco Javier

 


24 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Jacopo Robusti conocido como Tintoreto, La Cena, 1559, óleo sobre lienzo, 240x335cm, iglesia San Francisco-Javier, Paris


 Los caminos del señor son inescrutables. Salvo error, en Paris no hay sino seis lienzos de Tintoretto, cuatro en el Louvre (un magnifico Autorretrato, la Coronación de la Virgen, un Retrato con pañuelo y otro Retrato solamente atribuido; la hermosa Suzana en el baño está ahora en el Louvre Lens), además de una Adoración de los Pastores que está en la ex iglesia Saint-Honoré-d’Eylau y que el Louvre recuperó por razones de seguridad pero que no muestra, y, sólo visible en estos días, una Cena en la iglesia San Francisco-Javier de las Misiones Extranjeras. Podríamos imaginar que el cura de San Francisco-Javier, orgulloso de alojar tal tesoro intentaría llamar la atención sobre él como una de las joyas de la iglesia. Pero ¡qué va! Aquí se glorifican Flachéron, Audran, Denuelle, Lecamp, Lenoir, Chassevent, «todos esos nombres de los cuales ninguno morirá, ¡qué hermoso!», como se dice en Cyrano (a propósito de los Académicos de entonces). Si quieren ver ese Tintoreto, primero tendrán que encontrar al sacristán que si no está demasiado ocupado, ni de demasiado mal humor, le abrirá la puerta de la sacristía de matrimonios a la derecha del altar. La ventaja es que se encontrará a solas con el cuadro (no obstante la presencia detrás de usted de una Comunión de Henry Lerolle en dos fragmentos desiguales, banal pero bastante bien hecha con sus líneas duras y sus colores fríos). Esta Cena fue pintada para la Cofradía de la iglesia San Felice en Venecia, desapareció de allí en el siglo XIX, perteneció a la Duquesa de Berry y después al Barón del Teil, luego se la regalaron a la iglesia. Es muy parecida a las tres otras Cenas de Tintoreto que están todavía en las iglesias venecianas, San Trovaso, San Marcuola (la primera en 1547) y San Simeón el Grande, mientras que sus otras Cenas, como por ejemplo la de San Giorgio Maggiore, la más conocida,  tienen un esquema diferente. 


Tintoreto, La Cena, detalle


Nos encontramos en la primera parte de la Cena, la denunciación de Judas, antes de la Eucaristía. El formato cuadrado del cuadro permite, al contrario de la Cena lineal y frontal de Vinci o de Champaigne, jugar con la profundidad y el dinamismo: Judas está de espaldas, escondiendo por detrás (bien visible para nosotros) la bolsa con las treinta monedas y torciéndose hacia la izquierda, mientras que Jesús con el dedo levantado se inclina levemente hacia la derecha del cuadro, Juan dormido a su izquierda. Sobresale el movimiento de vaivén de los apóstoles confrontados a esta revelación: los de la izquierda se alejan del traidor con un movimiento homotético, mientras que los de la derecha, más ofuscados, se echan hacia atrás para alejarse más de él. Esta dinámica le confiere al cuadro una fuerza que solamente encontramos en el cuadro de San Trovaso, siete años más tarde, igual de atormentado y violento pero más confuso (más confusas todavía, menos legibles, la Cena de San Polo y la de Caen). En San Giorgio Maggiore, Tintoretto adoptará otro esquema dinámico, la fuga oblicua (al igual que en San Rocco y San Stefano). Aquí, manos extendidas, miradas cruzadas, cuerpos atemorizados, contribuyen en la creación de una fuerza y una emoción muy apropiadas; un cuadro que logra un equilibrio único entre movimiento y estructura, entre confusión y claridad. Los dos hombres de pie son dos de los tres que lo habían encargado (el tercero caído en desgracia, aparentemente fue borrado un año después de la entrega del cuadro en la Cofradía); el hombre imponente de rojo a la izquierda, las manos en las caderas, parece algo incongruente aquí tanto por la presencia masiva que domina la escena como por la postura, muy lejos de la piadosa modestia de alguien que ha encargado una obra.


Luca Giordano, El Martirio de San Pedro, hacia 1654, óleo sobre lienzo, 180x236cm, iglesia San Francisco-Javier, Paris



Si el cura de San Francisco Javier no se preocupa para nada por el Tintoretto,  también marca su desdén por Luca Giordano, pintor napolitano que recién celebraron en el Petit Palais, bastante presente en las colecciones francesas de provincia y que ni siquiera mencionan en la página parroquial. Dos de sus composiciones ovaladas (un Job burlado por su familia y una muerte de Isaac, ver página 45), están secuestradas en la sacristía de los sacerdotes por lo cual el público no las puede ver. En cuanto al magistral Martirio de San Pedro, este se encuentra en la capilla a la derecha, que sirve de trastero pues allí se amontonan los reclinatorios y los bancos que hay que desplazar discretamente para poder ver el lienzo. El cuadro es casi idéntico al del Museo Fesch. Conocemos la historia de San Pedro crucificado al revés para que no le hiciera sombra a Cristo. Se trata de una pintura barroca, realista, inspirada por Ribera y Caravaggio, tan típicamente napolitana que tuve un arrebato de nostalgia. Dicho esto, a Giordano lo apodaban «Fa presto» y se nota ... De él también tenemos una Coronación de espinas en Nuestra Señora de Passy (¿valdrá la pena ir a ver?).


Benedetto Gennari, San Francisco Javier y el milagro del cangrejo, hacia 1666, óleo sobre lienzo, 270x177cm, detalle, Iglesia San Francisco-Javier, Paris



En la iglesia San Francisco Javier, además del Tintoreto, Giordano y los ilustres productores de santurronerías mencionados más arriba, también podemos ver algunos lienzos interesantes: de Benedetto Gennari, el milagro de San Francisco Javier y del cangrejo (el santo perdió su crucifijo en el mar durante una tempestad en las islas Molucas, y cuando toca tierra, un cangrejo lo esperaba con el crucifijo en sus pinzas, desde entonces ciertos cangrejos llevan una cruz en la caparazón); también hay una copia del Descendimiento de la Cruz de Ribera del Louvre. En cuanto a lo demás, se puede pasar rápido...  


lundi 4 janvier 2021

Periplos parisinos 7 : Saint-Louis-en-l’Île

 


23 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Karl Henri Lehmann, La Virgen al pie de la Cruz, 1847, óleo sobre lienzo, 200x160cm, iglesia Saint-Louis-en-l’Île, Paris


Otra romántica maldita: esta Virgen al pie de la Cruz del pintor franco alemán Karl Henri Lehmann se encuentra en una capilla lateral de la iglesia Saint-Louis-en-l’Île, a la izquierda en el perímetro central después del órgano, la reja de la capilla está cerrada. No se puede ver sino al sesgo; además en el altar delante del lienzo dos estatuillas bastantes feas y una fotografía de la Madre Teresa lo disimulan. Lo que pasa es que Lehmann no tenía buena prensa, o en todo caso, este cuadro no fue bien recibido (la mayoría de las obras de Lehmann son mucho más clásicas y no causaron revuelo, la más conocida es sin duda este bonito desnudo del Louvre). Pero este lienzo es desconcertante. Desde el principio se siente la singularidad de los colores (que no se ven bien en esta mala reproducción), su frialdad y acidez evocan los colores vivos de ciertos prerrafaelitas, una escuela que apenas empezaba a nacer en Inglaterra y entonces desconocida en Francia. Algunos críticos calificaron el cuadro de desagradablemente violáceo. Conocemos un dibujo preparatorio.  


Karl Henri Lehmann, La Virgen al pie de la Cruz, detalle


La Virgen se ve desplomada al pie de la Cruz, los brazos colgando; una de las Santas Mujeres, María de Cleofás la reconforta, Nicodemo la sostiene, María Magdalena y Juan que le seca las lágrimas se encuentran de pie contra la Cruz; y ¿quién es joven morena a la derecha que mira hacia nosotros por encima de su hombro? Es demasiado joven para ser María Salomé, demasiado hermosa para ser Martha la hermana de Lázaro, puede que sea María de Betania, la otra hermana, o quizás Juana de Cusa. Pero ante todo el enigma de esta escena es el cuerpo de Cristo: ¿en dónde está? ¿en qué momento de la Pasión nos encontramos? Una tela, quizás un sudario flota al viento en el lugar en donde lo crucificaron. Si el cuerpo no está, ni descendido de la Cruz, ni depuesto, ni en los brazos de su madre, ni en el momento en que lo transportan a la tumba entonces es que ya lo enterraron. María tiene la corona de espinas en la mano izquierda y por el suelo delante de ella se ven dos clavos. Si Cristo acaba de ser enterrado empieza el sabbat: ¿pero entonces qué hacen allí unos judíos tan piadosos? ¿porqué volvieron al pie de la Cruz? Los evangelios no dicen nada de esta escena. Este cuadro incongruente es quizás un cuestionamiento (algo torpe, es verdad) sobre la dimensión al mismo tiempo corporal y espiritual, la naturaleza a la vez humana y divina de Cristo quien aquí estaría presente y ausente: una Piedad sin cuerpo, inmaterial. Y quizás la hechura insólita, los colores inhabituales, estén allí para importunarnos y para llevarnos a que nos interrogemos sobre la presencia-ausencia. La agresión colorida sirve cierta violencia y el dolor exacerbado por la ausencia que podemos relacionar con Préault o Delacroix apenas anteriores y también desfasados con la tradición pictórica religiosa en vigor entonces. No tengo en mente otros cuadros en los que la Virgen esté así al pie de la Cruz vacía, sin su hijo con sus compañeros de infortunio. Es posible que este cuadro no haya sido puesto de lado por casualidad.