19 de octubre de 2026, por Lunettes Rouges
(artículo original en francés, aquí)
Hacia el final de la exposición Panic Realism de Amelie von Wulffen en Culturgest (hasta el 24 de enero), hay, no un clóset, sino un armario rústico (quizás bávaro). Y en el interior de este armario no hay cadáveres sino piedras tumbales. Otra manera de disimular los secretos. Amelie von Wulffen (vi una exposición suya, hace 20 años en Düsseldorf después de su exposición en el Centro Pompidou en 2005) viene de una familia aristocrática alemana en la que ciertos miembros fueron nazis, y ella creció en el silencio familiar sobre esas historias, y no descubrió aquellos secretos sino mucho más tarde. Su arte es una forma de auto-ficción en la que expone sus traumas. En varios cuadros pone en escena a su familia, especialmente a su madre, que falleció recién, en situaciones formales, afectadas y ambiguas, cargadas de insinuaciones.
Su pintura combina la pop cultura, el kitsch y la cultura burguesa, dentro de una estética de «bad painting» bastante brutal (su cónyuge es también adepto). Se trata de una empresa de demolición en la que la escatología está bastante presente: desde la entrada de la exposición las paredes se ven manchadas de una sustancia marrón, moscas (de excremento) dan el tono.
Un poco más lejos tenemos una estatua burda e inquietante, también de color caca, al igual que los trazos de la pared de detrás, vecina de un retrato de familia (Relativas, 2021), aparentemente armoniosa y feliz: la artista, en primer plano a la izquierda, mira hacia fuera del cuadro, como si fuera un intento vano de escaparse. La tensión es evidente. El inconsciente y su represión están omnipresentes (en la primera sala hay un lecho que podría pasar por el diván de un psicoanalista...).
Todo ello está hecho con una buena dosis de humor mordaz. Maya la abeja (2020), de papel maché, está sentada sobre su orina delante de lo que parece ser una composición abstracta. Al principio da risa, antes de enterarse de que el creador de Maya, Waldemar Bonsels, fue un nazi antisemita notable, y de entender que el cuadro representa la Cámara de ámbar, que los nazis se robaron cerca de Leningrado y que nunca se volvió a encontrar.
La obsesión con los secretos de pasado se expresa con garabatos, de manera exuberante (la anti Ritcher, podríamos decir) y prácticamente todas sus obras generan una inquietante singularidad que molesta. Apenas si podemos hablar de surrealismo, más bien de un expresionismo marginal.
Sólo sus trabajos de historietas y sus obras gráficas sencillas aportan cierta liviandad. También la colección de paletas maravillosamente fálicas. Sea lo que se piense de su estética, se sale de la exposición con respeto por la artista que lucha contra sus fantasmas y admirando la manera como logra transcenderlas.
Fotos 1, 2, 3 & 5 del autor ; foto 4 de Leonardo Negrão.





