jeudi 5 février 2026

Los bodegones vivientes de Rita Magalhães


2 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Rita Magalhães, Granadas [Romãs], 2024, 130x97cm


iSeamos sinceros! ¿No sentimos con frecuencia, incluso casi siempre, un poco de tedio cuando miramos bodegones? Podemos admirar la belleza, la riqueza, la abundancia, las formas y colores. Podemos dejarnos seducir por los trampantojos, las analogías, evocaciones, o reflejos, los juegos de luz. Elogiaremos el talento del pintor, su habilidad para restituir la luz, las texturas. Delante de una naturaleza muerta se supone que debemos meditar sobre la riqueza, el poder, la huída del tiempo, la fugacidad de los placeres, sobre la muerte, con frecuencia frente a las vanidades. Pero confesemos que muchas veces es aburrido. Admiramos al artista pero guardamos la distancia. No hay otra emoción más que estética, aunque a veces puede ser inmensa delante de un Cézanne, un Morandi o un Weisberg. Y, sobre ese género al fin y al cabo menor, la literatura es abundante (Sterling, Wajcman, Bertrand Dorléac, ...) y numerosas son las exposiciones (desde La National Gallery hasta el Louvre). A veces, hay raras excepciones, que van más allá de la belleza formal y vemos que el pintor se entregó en cuerpo y alma olvidando la distancia que lo separaba de su sujeto, vemos en el lienzo sus angustias, sus pasiones, sus tripas, su corazón, su sexo, su muerte. Así, la raya de Chardin, el buey desollado de Rembrandt y, todavía más el de Soutine. Como decía Denis Malartre a propósito de los bodegones de Chardin: son «objetos sensibles, tan gustativos y reales que hay que creer en los milagros. Aquí la abstracción hace salivar». 


Anon., Canasta de frutas (en paisaje) [Fruitero (numa paisagem)],XVII/XVIII, óleo sobre lienzo 89.2x72cm, MMP | MNSR foto ©Rui Pinheiro


La exposición «Cara a cara» en el museo Soares dos Reis de Oporto (hasta el 18 de mayo) hubiera sido cortésmente aburrida si hubieran mostrado solamente los cuadros de bodegones de las colecciones del museo. Dieciséis lienzos datan de los siglos XVII y XVIII, el gran periodo del bodegón, procedentes de España, Flandes o de Holanda (pero ninguno de la pintora nacional Josefa de Óbidos, ni este bonito Pieter Claezs de 1645, colgado en otro lugar del museo), y doce lienzos son de pintores portugueses de finales del siglo XIX o principios del siglo XX. 


Alice Grillo de Lima, Pensamientos silvestres [Amores-perfeitos], avant 1926, óleo sobre lienzo, 52.5×43.5 cm, MMP | MNSR foto ©Rui Pinheiro


Como en tantas exposiciones sobre bodegones (Les Choses -Cosas- en el Louvre en 2022 fue una exception, puesto que se centró en desvelar el alma secreta de los objetos inanimados), nos contentaríamos meditando un poco sobre la insignificancia de las cosas, nos divertiríamos un poco (delante del horrible bogavante de Eduardo Viana) y, en el fondo, nos contentaríamos también, mirando sin más, la técnica mil veces repetida, la virtuosidad del juego de luces (más arriba) sobre las uvas en el cuadro anónimo de los siglos XVII/XVIII, o (aquí arriba) la suavidad táctil de los pétalos de los pensamientos silvestres (en portugués «amores perfectos») de Alice Grillo de Lima (primer cuarto del siglo XX). 


Rita Magalhães, Vanitas, 2025, 54x68cm


Nos contentaríamos si no estuvieran, mezcladas con los 28 lienzos, 28 fotografías de Rita Magalhāes. ¿Son de verdad fotografías? A la entrada de la sala dominando la exposición, este extravagante marco dorado presenta una Vanidad discreta. El objetivo es evidente, incitar al visitante a que se interrogue: ¿Lienzo o fotografía? Claro que el juego podría consistir en distinguir sin leer las cartelas, lo que es lienzo, lo que es fotografía, y, a veces uno se puede equivocar. Una de las diferencias evidentes aquí es primero que los bodegones, en su mayoría, son nítidos, completos, inmóviles, bien acabados, bien «meticulosos», se afirman claramente frente al mundo, asumen su papel de representación. Mientras que las fotografías son borrosas, indecisas, caprichosas, movidas, las formas van abiertas, fraccionadas, con trazos imprecisos. 


Rita Magalhães, Bolsa de tela [Saco de pano], 2024, 170x90cm


Las pinturas cierran la mirada sobre lo que muestran, las fotografías la abren, hacia lo desconocido, hacia el ensueño. Miren este sencillo saco de lienzo colgado: podemos ver un vestido, un fantasma, un animal marino, una pieza de carnicería, ¿qué sabemos? Ramas suspendidas parecen dibujar con sus sombras caligrafías abstractas (abajo); una jovencitas (aquí abajo) se difuminan en las flores y el verdor cual Dafne convirtiéndose en laurel (mientras que en los dos cuadros de las cuatro estaciones del siglo XVIII, las dos mujeres con cara de ingenuas están bien presentes y desvían la atención a expensas de las frutas de primavera y otoño, sabiamente pintadas a su lado). 


Rita Magalhães, En medio de las flores [Entre as flores], 2025, 53x70cm



Como lo explicaba yo más en detalle hace cuatro años, cuando su exposición de paisajes más bien melancólicos, en una galería cercanaRita Magalhães no interviene en la postproducción para transformar la imagen, sino que complementa su dispositivo de toma con diversos apéndices ópticos que le permiten jugar entre realidad e invención, alejarse de la representación demasiado fiel e introducir misterio y onirismo en sus composiciones. Las fotografías fueron realizadas en diferentes estaciones, en una pieza separada de una mansión familiar, un cuarto propio, un lugar íntimo y secreto. Y la expresión sensual de las imágenes parece brotar también de un lugar íntimo y secreto escondido de todos en el fondo de ella misma. Los juegos de luz, los arreglos, las texturas, todo coincide para reforzar la sensación de intimidad y de sensualidad. 


Rita Magalhães, Higos [Figos], 2020, 98x130cm


Pues son imágenes inmensamente, irremediablemente sensuales. Los higos abiertos, los pétalos de las flores, las granadas reventadas (arriba), todo invita a la caricia, todo despierta el deseo. Son frutas simbólicas, por supuesto: la granada alude a la unidad y la concordia, la manzana a la amistad, la pera a la dulzura, la rosa a la belleza, el durazno al amor, el higo a la sexualidad. Rebasando las alegorías, es la manera como la artista las mira y las trata, lo que me conmueve. Ni distancia, ni reserva: para lograrlo hay que deshacerse de toda frialdad superficial y alcanzar realidades más profundas, ya sean melancólicas o sensuales, hay que exponerse, volverse vulnerable, entregarse como no lo haríamos en ningún otro lugar. 


Rita Magalhães, Rama de manzano [Ramo de macieira], 2025, 170x108cm


Sensualidad que nos permite respirar, puesto que en otros lugares del museo, dicho sea, de calidad, parece haber sido desterrada (como además en muchos otros en Portugal). Poniendo aparte un lienzo púdico y mediocre de José Malhoa, La isla de los amores (1908), el único cuadro algo sensual de todo el museo, salvo error, es Céfalo y Procis de Marques de Oliveira (1879), es el único que se atreve a mostrar un seno femenino (pero en la cartela se apresuran a explicar que ese tipo de tema -mitológico- es raro en Portugal...). En las salas no hay sino paisajes, retratos y escenas de género (y algunos desnudos masculinos de Soares de Reis), y, en mi última visita a finales de 2025, la anatomía femenina no se exhibía sino a través de unos dibujos anatómicos del médico Alberto Sousa. Para compensar ese verano, hay que darse prisa hasta el 18 de mayo, ir al fondo del museo para deambular lánguidamente delante de las paredes rojas de esta exposición única...