vendredi 27 janvier 2023

Aurélia de Souza sentimientos intermedios

 


17 de enero de 2023, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Aurélia de Souza, Autorretrato, hacia 1900, óleo sobre lienzo, 45x36cm, Museo Nacional Soares dos Reis


La pintora Aurélia de Souza (1866-1922 ; o de Sousa) es una figura emblemática de la pintura femenina portuguesa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Este autorretrato de 1900 abría la interesante exposición de la Fundación Gulbenkian sobre las pintoras. En Oporto le hacen una exposición personal (hasta el 21 de mayo) en la que muestran 64 de sus cuadros, además de 4 de su hermana Sofia Martins de Souza, y, curiosamente 9 cuadros de otros pintores, franceses (Fantin-Latour, Daubigny, Corot) y portugueses (Columbano, Carneiro) sin mayor justificación. Aurélia de Souza pasa dos años en Paris en 1899/1900, estudiando en la Academia Julian y luego viaja con su hermana Sofia en Bélgica, Holanda, Alemania, Italia y España, en un momento en el cual la escena artística en Europa estaba en plena mutación y en la cual estaba tomando forma el modernismo. Es por ello todavía mas desconcertante que su pintura se haya quedado toda la vida arraigada en buena ley, dentro de un naturalismo con toques simbolistas discretos y bastante prudente (vea la Tumba cerrada de 1902, aquí arriba), mientras que por ejemplo, Antonio Carneiro, seis años más joven siguió la misma trayectoria que ella y se embarcó con fervor en el simbolismo al igual que los pintores de la generación siguiente, Amadeo de Souza Cardoso y Almada Negreiros, que también pasaron por Paris y fueron los promotores del modernismo en Portugal a principios del siglo XX, abriendo así el país a una pintura vanguardista. Aurélia de Souza siguió siendo profundamente una pintora del siglo XIX cerrada a toda influencia vanguardista, ya fuera en sus paisajes, retratos, pintura de género o cuadros religiosos, lejos de las corrientes contemporáneas, como si nunca hubiera salido de Oporto, que en aquella época estaba más alejada que Lisboa de las corrientes culturales; es como si hubiera renunciado al mundo para quedarse encerrada en su casta. En Paris no dudó en calificar las obras de las pintoras portuguesas (lisboetas) presentes en la Exposición Universal de 1900 de «montón de tonterías», siendo que estaba presente por ejemplo Emilia dos Santos Braga (1867-1949), que fue una de las primeras que se atrevió a pintar desnudos femeninos, bien redondos y escandalosos, como su fumadora de opio; una audacia que Souza nunca tuvo. 


Aurélia de Souza, Tumba cerrada al dolor, hacia 1902, óleo sobre lienzo, 80.5×64.2cm, col.privada.


Aurélia de Souza fue, como muchos de los artistas portugueses de la época, una gran burguesa cuyo padre se había enriquecido en América del Sur y cuya familia formaba parte de la élite social del país. Vivió una existencia protegida en la magnífica propiedad familiar de Oporto y nunca tuvo que preocuparse por cuestiones materiales. Una vida cómoda que no le permitía interesarse por lo que pasaba a su alrededor: en su trabajo no hay ni rastro de la agitación de la época, asesinato del rey en 1908, perturbaciones políticas violentas a principios de la primera república y guerra mundial. Su mundo sigue siendo un universo tradicional y tranquilo en el cual uno se ocupa de las tareas domésticas sin que los acontecimientos exteriores lo molesten nunca. La podemos oponer por ejemplo con otra pintora contemporánea, Virginia da Fonseca (1875-1962), del mismo medio social y que al mismo tiempo que su trabajo artístico (frecuenta el grupo del León y el círculo Grémio, en ese entonces a la cabeza de la vanguardia), se implica con valentía en las luchas republicanas y en el feminismo (derecho de voto de la mujer), Aurélia de Souza se afirma con su pintura y especialmente con sus autorretratos pero se queda al margen del mundo. Su representación de la mujer es muy tradicional: madre en su hogar, bordando, escribiendo cartas, leyendo, pintando como pasatiempo en buena ley. 


Aurélia de Souza, Retrato de la amdre de la artista D. Olinda Perez de Souza, hacia 1902, óleo sobre lienzo, 150.5×110.3cm, Casa Marta Ortigão Sampaio


La exposición tiene lugar en cuatro paredes, cada una de un color diferente (no muy bonito) y en cuatro conjuntos cuya coherencia queda por demostrar. El primer grupo de fondo azul intitulado «Vidas», comprende 15 retratos de amigos, empleados domésticos, niños o modelos (entre ellos un negro). Un buen trabajo, clásico, sin gran tensión, salvo el retrato de su madre, austera, toda vestida de negro, una masa sombra casi desplomada en la silla, de mal semblante, con solo un brillo en la cofia. No se siente ni ternura ni dolor; si la comparamos con la madre de Whistler por ejemplo (que quizás viva en el Museo de Luxembourg): tanto la madre como la hija contienen sus emociones.


Aurélia de Souza, Recuerdos enamorados / jovencita de verde, s.f., óleo sobre lienzo, 63.5x45cm, Museu Nacional Soares dos Reis


El segundo conjunto con fondo amarillo trata de espacios, especialmente la propiedad familiar y las personas que viven en ella. Vemos juntos dos cuadros casi idénticos de una escena familiar con dos niños jugando alrededor de una silla, el uno de Aurélia de Souza y el otro de su joven hermana Sofia, su compañera de pintura que la acompaña a Paris («Sou grande y Sou pequeña»), comparte su existencia de soltería y mas tarde se vuelve depresiva e hipocondriaca. Se ve enseguida la diferencia de calidad entre las dos hermanas: el lienzo de Aurélia está mejor compuesto, vibra más, al mismo tiempo vivo y melancólico. Otro cuadro melancólico del conjunto se intitula Recuerdos enamorados: una jovencita vestida de verde vuelva a leer cartas antiguas guardadas en un armario. De esta escena silenciosa con luz tenue se desprende una suave melancolía. 


Aurélia de Souza, Mañana nebulosa, 1905, óleo sobre lienzo, 44.5×53.5cm, Museo-Biblioteca Casa de Bragança


El tercer conjunto con fondo verde muestra la variedad de temas que trató: paisajes, escenas de género (entre ellos uno bastante feo Muñeca y osito), ramos de flores, escenas religiosas. Uno de sus mejores cuadros o en todo caso uno de los mas modernos, es quizás, Mañana nebulosa, de formas confusas en las cuales los barcos se adivinan con dificultad y a lo lejos, una colina: blanco vaporoso, como de algodón, recuerda la descomposición de la forma y el juego con el color difuso en la obra de Monet. Este es (en la exposición) el único lienzo de Aurélia de Souza que podríamos acercar al impresionismo. En la misma pared, una Visitación mas bien simbolista, en blanco y negro, en la cual la Virgen parece flotar en un interior moderno, Elisabeth embarazada la recibe bajo un cielo borrascoso, una figura oscura de brazos desnudos parece agobiada por el dolor delante de una tumba cerrada. En medio de tantos cuadros sin gran complejidad, este nos hace pensar. 


Aurélia de Souza, Autorretrato, hacia 1895, óleo sobre papel encolado en aglomerado, 34×24.5cm, Col. José Caiado de Sousa


El cuarto conjunto (con fondo ¡rosado!) no sabemos porqué lo llamaron «Colores» pues se trata de autorretratos y es el más interesante. Lo que vemos es a una mujer recluida, afectada, apretujada dentro de los trajes y su misterio interior, una mujer que parece querer mostrar a través de su opresión física la amplitud de las coerciones «patriarcales» que pesan sobre ella, gran burguesa incapaz de salirse de su medio y del lugar que este le asigna. El cuadro mas conocido, el del saco rojo, pintado en Paris, es una obra frontal que muestra su dureza espectral, su autoafirmación y, sin ser revolucionario en el mundo si lo es en Portugal; la tensión nace de la oposición entre la mirada orgullosa y su postura rígida, también del encierro creado por el juego de lineas en su pecho por encima de las cuales la cabeza parece que flota: corte del cuello del saco rojo, lineas blancas sobre la blusa azul y un broche dorado como punto final que clausura todo. Desde su retrato de 1895 nace la ambigüedad: el cuello blanco sobre el severo vestido negro no suaviza la expresión de la cara de piel rosada, de ojos azules penetrantes bajo unas mechas rubias en desorden. Su androginia rebelde ya expresada en su primer autorretrato de 1889 es evidente aquí. Algunos críticos consideran muy importante otro autorretrato de 1895, en el cual un nudo negro inmenso parece el babero de una mujer bastante extraña con la cabeza casi desprendida, una arlequinada que parece excesiva (es la viva imagen de un autorretrato igual de extraño, de su hermana disfrazada con un sombrero negro negro y anaranjado con puntas y una corbata variopinta). ¿Son simplemente entretenimiento o más bien la voluntad de esquivar su feminidad y escaparse de su condición y de su género?


Aurélia de Souza, San Antonio (detalle), hacia 1902, óleo sobre lienzo, 190.8×100.5cm, Casa Marta Ortigão Sampaio


Durante toda la exposición que se intitula «Vida y Secreto», se pregunta uno de qué secreto se tratará. Es verdad que quemó su diario y no quedan sino algunas cartas, sabemos entonces muy poco de su vida íntima. A lo largo del recorrido se leen algunas alusiones poco explícitas: por ejemplo en un cartel, la comisaria escribe que los retratos de la primera sección son como espejos cada vez más desviados, engañadores y profundamente «confesionales», muy vivo el que entienda. Me parece que es solamente mirando el último cuadro que se adivinan a medias esas alusiones. Al pintarse como San Antonio tenebroso y atormentado, Aurélia de Souza es, salvo error, la primera artista que traspasó la barrera de los géneros y que se representó como hombre. Va más alla de la androginia de su cara en sus autorretratos, aquí se representa de tamaño natural con cuerpo de hombre, vestido con hábito (sacrilegio suplementario); poco importa el tema, poco importan los accesorios que sirven de pretexto, libros, paloma del Espíritu Santo (me parece) y esa extraña cruz de Lorena. Lo que cuenta es que dio el paso. Fue indudablemente una audacia increíble por parte de una burguesa de principios del siglo XX, afirmar en una ciudad tan conservadora, un género diferente de su sexo y solamente pudo hacerlo a través del artificio de la pintura; todavía en la actualidad es algo que choca y los textos sobre ella solo hacen alusiones discretas, en todo caso es la convicción con la que salí de la exposición.