12 de octubre de 2026, por Lunettes Rouges
(artículo original en francés, aquí)
Tiene bastante mérito volver a poner delante de la escena a las pintoras algo olvidadas como por ejemplo Eva Gonzalès (en el Petit Palais hasta el 24 de enero). Meritorio pero algo aburrido. De la gran burguesía parisina, de origen monegasco y español, Eva frecuenta primero el taller del pintor mundano Charles Chaplin, y, al ver sus obras de entonces, hubiera sido ampliamente olvidada si Manet no se hubiera interesado por ella a principios de 1869; fue su única alumna sin que sepamos mucho porqué (el escritor cubano Eduardo Manet pretende ser el nieto secreto de Eva y Manet...) Con Manet su pintura gana entonces febrilidad pero no alcanza nunca la dimensión revolucionaria («sulfurosa») de su maestro: en su obra no tenemos ni a Olympia, ni Almuerzo sobre la hierba, ni el Torero muerto, sino retratos mundanos bien prudentes. Discípula fiel, pinta motivos similares a Manet, pero su Jovencita con cerezas parece bien sosa al lado del Muchacho pelando una pera de Manet (en la exposición), y el Niño de tropa no es comparable con el Pífano de Manet. El palco en el teatro de los italianos que presentan como su obra maestra absoluta no tiene la complejidad visual de Un bar en Folies Bergères, pero la tensión entre esos dos cuerpos que se alejan el uno del otro en diagonal, vuelve la composición interesante. El personaje masculino es su prometido Henri Guérard (además demasiado presente en la exposición con obras bastante mediocres), el personaje femenino es su hermana, Jeanne, quien se casará con el viudo después de la muerte de su hermana (fue necesario un decreto del presidente de la república para que autorizara aquel matrimonio inhabitual). Un cuadro extrañamente premonitorio muestra además a Jeanne Gonzalès vestida con el traje de novia de su hermana (siendo que Eva pintó muy pocos autorretratos). Otros cuadros ponen en escena a Guérard y Jeanne como una pareja futura, como en este extraño Paseo en burro.
Se elogia mucho la belleza española de Eva pero tanto las fotografías como el retrato que Manet hace de ella, pintando de manera extraña, un lienzo ya enmarcado, como si fuera una mascarada de pintura (retrato que Berthe Morisot, celosa de su benjamina y «reemplazante», denigra sin dejar una ocasión de hablar mal de su rival tan cercana a Manet) muestran una cara bastante apagada, altiva, angulosa y cerrada, y finalmente mucho menos sensual que la de su hermana. Ésta última modela para ella con frecuencia: su cercanía con la pareja y su matrimonio subsiguiente con Guérard muestran una gran complicidad. Cuando sabemos que en el mismo momento Morisot, enamorada en secreto de Edouard Manet, se casa con su hermano Eugène, podemos fantasmear con todos esos amores contrariados. En todo caso, los retratos de su hermana forman parte de las obras mejor logradas de Eva Gonzalès, como por ejemplo las curvas suaves y sensuales de su cuerpo con gran compostura en El Despertar.
Eva Gonzalès nunca expuso con los impresionistas pero aquí vemos algunas obras en las que se observa una búsqueda formal que va más allá de los cánones estéticos heredados de su formación. Es el caso por ejemplo en Playa de Dieppe en la que el cielo y el mar se convierten en superficies de colores casi abstractas. También admiré el vestido vaporoso de Henriette Flameng Turquet con un velo de muselina transparente pintado con grandes pinceladas impetuosas que crean una tensión dramática a la cual uno no se espera en un retrato mundano (pensamos en el retrato trágico de la esposa de Monet en su lecho de muerte, dos años antes). Más que su itinerario bastante convencional y el discurso válido pero común sobre la dificultad de ser pintora, lo interesante de la exposición son esos momentos fulgurantes.


