mardi 14 septembre 2021

¿Giacometti el egipcio?

 


7 de septiembre de 2021, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Alberto Giacometti, Gran mujer, 1958, yeso pintado; Estatua de la diosa Nephthys, Decimoctava Dinastía (1391-1353 BC), diorita, Museo del Louvre; Alberto Giacometti, Mujer caminando, 1932-36, yeso, 152.1×28.2x39cm (foto del autor)


Mientras que la exposición de hace unos años sobre Giacometti y los Etruscos no tuvo mucho sentido y se centró únicamente en los parecidos formales, la que hay en este momento (hasta el 10 de octubre) en la Fundación Giacometti, sobre sus relaciones con el arte egipcio es rica. También hay, por supuesto, semejanzas  formales, cierto hieratismo, cierta pureza ascética y está conectada principalmente con el desplazamiento: indicar el movimiento en lugar de representarlo. Incluso tenemos la demostración del interés del artista por la antigüedad egipcia, los libros que le interesan, los motivos que copia. 


Retrato del Fayoum, finales del siglo IV, pintura al temple sobre madera de ficus, 36x17x0.5cm, Museo del Louvre


Veremos, claro, un parentesco grande con los retratos del Fayoum, los iconos mortuorios de mirada penetrante que son las primeras pinturas (en el Mediterráneo) que dan cuenta de la realidad del individuo y de sus verdaderos rasgos. Hay también una gran semejanza con el arte armenio, los rasgos alargados y finos de Akhenaton y de sus familiares, como en el busto aquí abajo. 


Alberto Giacometti, Busto delgado sobre base (llamado Amenofis), 1954, yeso, 39.7×33.1×13.7cm


En cambio, Giacometti, en este ejercicio, parece insistir poco en lo divino, tanto en el carácter fúnebre de los retratos como en la dimensión eterna, la trascendencia de la muerte que sustenta todo el arte egipcio antiguo. Su propio cuestionamiento sobre la representación es formal y estético: poca superación religiosa en su obra. 


lundi 13 septembre 2021

Novelas de una obra maestra (continuación)

 


6 de septiembre de 2021, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Georgia O´Keeffe, Ram’s Head and White Hollyhock, New Mexico, 1935, óleo sobre lienzo, 76.2×91.4cm, Brooklyn Museum

Hace seis meses me llamó la atención el inicio de esta colección en Ateliers Henry Dougier (con dos buenos libros y uno mediocre) y me fui corriendo a ver la segunda hornada, cuatro libros que salen este mes. Con la exposición Georgia O'Keefe que empieza dentro de unos días en el Centro Pompidou, una novela de Catherine Guennec (autora del libro sobre Hopper), Sous le ciel immense -Bajo el cielo inmenso- relato en primera persona y con incidentes contados por amigas de la artista. Es la historia de la afirmación de su personalidad frente a otras y en especial frente a Stieglitz, su amante, su mentor («más joven que nosotros, más libre, más sabia, más intrépida...»). Ella se define como una mujer independiente, contra viento y marea, y como artista. Y finalmente es en el desierto de Nuevo Méjico que encuentra la armonía. Es una buena novela psicológica pero hubiera sido bueno tener un análisis profundo de sus pinturas y en especial de ésta, que se supone es la «obra maestra» del libro.


Vincent van Gogh, Trigal con cuervos, 1890, óleo sobre lienzo 50.5×100.5cm, Museo van Gogh, Ámsterdam

Se ha escrito tanto sobre van Gogh que uno abre este libro de David Haziot, Chemins sans issue -Caminos sin salida-, con un poco de temor: ¿Qué más se puede decir de este último cuadro y sobre los últimos días del artista? Se trata de un libro bien documentado, el autor ya escribió una biografía sobre van Gogh y  aquí intenta hacer una reconstrucción más literaria. A pesar de ciertas extravagancias torpes («un arte san-sulpiciano socialista) y algunos análisis iconográficos algo simplistas («el primer plano es el presente del artista, el fondo es el mundo en el cual su vida se hace y deshace»), es un relato agradable de leer, una reconstrucción del personaje a través de sus cartas (y de las intuiciones del autor). Un suicidio es siempre un misterio. También podemos leer a Artaud, o la tesis mucho más original e iconoclasta de Wouter van der Veen.


Paul Gauguin, El Cristo amarillo, 1889, óleo sobre lienzo, 91.1×73.3cm, Galeria de arte Albright-Knox, Buffalo


El libro Un message de consolation - Un mensaje de consuelo- de Marika Doux es menos ambicioso: no convierte en novela toda la vida de Gauguin sino que se concentra en un episodio, en un momento clave, en un cuadro. Y por ello está muy bien logrado, quizás también porque se siente la fascinación admirativa de la autora por el Cristo amarillo. Este relato en primera persona es una verdadera novela, con personajes más o menos inventados (aunque Madeleine Delorme, la bella pelirroja seductora, existió) y hay eventos menores totalmente verosímiles, por ejemplo la procesión del día de Todos los Santos. El motor de la novela es el interrogante sobre la relación de Gauguin con la religión, tanto con los ritos como con las creencias, una relación ya documentada en algunos libros, pero aquí está realmente encarnada en ese Cristo de luz, sin espinas ni estigmas, de rostro sereno, casi un autorretrato que «opera con su cuerpo la mayor metamorfosis, la metamorfosis de este mundo precario e inestable en vida plena eterna». En segundo plano la autora subraya un detalle que parece incongruente: un hombre saltando una cerca, saliéndose del cercado del Paraíso, busca un consuelo terrestre, humano y femenino. Además de la biografía, de las citaciones y de la erudición subyacente, sentimos en el libro, hasta que punto la autora está habitada por el cuadro.


Théodore Géricault, La Balsa de la Medusa, 1819, óleo sobre lienzo, 491x716cm, Museo del Louvre


La originalidad de la novela de Philippe Langénieux sobre La Balsa de la Medusa, Les scandales d'un naufrage -Los escándalos de un naufragio-, es que el narrador es un ingeniero republicano, uno de los raros rescatados y que Géricault invitó para que le contara la experiencia del naufragio. El señor Corréard contribuye así de una manera realista, basada en los hechos e inspirada por su sed de justicia hacia el capitán criminal. Y, poco a poco se sorprende con las libertades que se toma el pintor con su relato y el de sus compañeros, hasta ofuscarse a veces: pero si la mujer ya no estaba en la balsa, y porqué le da a un negro (el modelo Joseph) el papel principal. Y poco a poco va entendiendo de qué manera la estética tiene que adelantársele a la política para sublimarla. Allende el drama, las traiciones y los escándalos, lo que Géricault quiere pintar son los valores humanos, la voluntad para sobrevivir, resistir, la energía vital que anima a aquellos hombres. Alexandre Corréard es testigo, al principio muy a su pesar, de cómo se rebasan los límites de la pintura de historia: en lugar de la pintura-manifiesto que hubiera deseado se encuentra ante una obra mayor, más universal. ¿Puede ser útil el arte? preguntaba el padre de Géricault, no contando la historia, contestó aquí el hijo, sino engrandeciéndola. La fuerza extraña de esta novela es que toma el punto de vista de un Cándido, sin educación artística, para mostrar de qué manera el pintor construye su arte y ante todo de qué manera el arte supera la realidad: «mi trabajo no consiste en describir su historia, busca conmover. Su blanco no es la cabeza sino el corazón».


Portada : Théodore Géricault, El gato muerto, hacia 1820, óleo sobre lienzo 50x61cm, Museo del Louvre


Sobre Géricault, este verano también leí el muy buen ensayo de Jerôme Thélot, publicado por L'Atelier contemporain en la colección «studiolo». Merecería un artículo solamente para él. Thélot entra en la obra de Géricault con grandes capítulos: la conciencia de la pintura en sí en sus primeras obras y su relación con el animal (el caballo y el hombre); la representación de la violencia, la del hombre hacia el animal; La Balsa de la Medusa como cumbre del instante sublime; la fuerza de la compasión en las primeras obras. El último capítulo lo dedica a los retratos, de niños, de maniáticos o de negros, testimonios de la presencia del prójimo. La obra de Géricault se ve como una genealogía de la pintura, analiza sus principios y orígenes, su antes; se trata de un retrato de Géricault, rico y raro, como pensador. Es una pena la mala calidad de las ilustraciones, lo que obliga a mirar otro libro sobre Géricault al mismo tiempo para ver de qué se trata. 


Libros recibidos en servicio de prensa.