samedi 14 mars 2026

Étretat : evadir lo pintoresco

 

10 de febrero de 2025, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Victor Hugo, Acantilado de Étretat (La Puerta de Amont), 1835, lápiz de grafito
sobre papel (carné), Casas de Victor Hugo Paris y Guernesey, foto del autor


Interesante la exposición en el Museo de bellas artes de Lyon (hasta el 1 de marzo): cómo aparecieron en pintura los arcos y la aguja de Étretat a principios del siglo XIX (hay solamente una obra anterior en la exposición de Alexandre Jean Noel) y que prácticamente dejaron de hacerse alrededor de 1920 (desde entonces tenemos un cuadro de George Braque, que vivió cerca en 1930 y unas fotografías pasadistas sepia de Elger Esser en 2000). Cómo un pueblo de pescadores se convirtió en estación balnearia después de 1840, y refugio de artistas (más de 400 pintores durante el verano de 1882, dice Gustave Goetschy); desde 1837 el hotel Blanquet se vuelve «Au rendez-vous des artistes» -La cita de los artistas- (en la exposición tienen la insignia pintada). Cómo su representación artística y luego fotográfica se volvió irrelevante, pintoresca y estereotipada, siempre con los mismos temas, incluso por parte de artistas de calidad, quienes frente a aquellas maravillas naturales no hacen sino mediocridades (Delacroix es un buen ejemplo en la primera sala y por mucho no es el único). En la primera sala entre las acuarelas atormentadas de Eugène Isabey y las espumas anodinas de Johann Wilhelm Schirmer, sólo Hugo (que en 1837 va a Etretat con Juliette Drouet) logra superar lo pintoresco al dibujar acantilados como si fueran ruinas («más bellas que Piranesi» dice) fantásticas y monstruosas, único artista capaz, entonces, de crear una imagen que sobrepasa la simple representación del lugar, el único que transforma aquel pintoresco en sublime. Otra forma de evitar lo pintoresco: Corot le da la espalda al mar y pinta fincas, campesinos, todo menos acantilados y mar, un rechazo radical que asume. 


Gustave Courbet, La Ola (detalle), 1869, óleo sobre lienzo, Museo de ellas artes de Lyon, foto del autor.


Hablaremos después de bañistas y pescadores pues hay que apresurarse para ir a la sala Courbet que va a Étretat en 1869 y asiste a una tempestad violenta los 11 y 12 de septiembre que se apresura a pintar con deleite.  En la sala hay doce cuadros procedentes de Nueva York, Williamston, Berlin, de Wuppertal, … : tres acantilados, cinco olas, dos trombas de agua (en las que una cortina vertical de lluvia disimula las formas) y dos vistas de un mar más tranquilo. Son las Olas, las que evidentemente sobresalen en el conjunto, son al mismo tiempo formas sensuales, sumamente eróticas (tres años después del Origen del mundo), y manifestaciones violentas, incontrolables, peligrosas (un años antes de la Comuna de París). La ola del museo (detalle aquí arriba) es la más delimitada, la más efervescente, la más espumosa en el centro, aquella en la que las formas de las nubes son el eco de las de las olas: la más sensual de las cinco. La que presta el Städel de Francfort y la, muy similar, procedente de una colección privada, juegan más sobre el contraste entre densidad oscura, casi mineral del agua, y liviandad de la espuma blanca. 


Claude Monet, Etrétat, La aguja y la Puerta de Aval, 1885, Pastel sobre papel; 22,2 x 40,1 cm
Nueva York, colección particular, cortesía de Sotheby, imagen proporcionada por el museo.


Claude Monet, presionado por su marchante Paul Durand-Ruel para que produzca y vender, hace vistas de Étretat en serie entre 1883 y 1886. Fuera de un Almuerzo que podría ocurrir en cualquier lugar (si no tenemos en cuenta la cofia tipo bretón de la sirvienta), tenemos trece lienzos de acantilados y de mar, en los que la materia rocosa sobresale por su calidad (lo que no es el caso de las olas, bastante «mecánicas» y repetitivas) y tres pasteles grandes que me llamaron la atención por sus cielos luminosos. Son lienzos hechos para el mercado y se venden bien. Un éxito que inspirará a varios artistas, Eugène Boudin, Sophie Schaeppi, Jean-François Aubustin e incluso a Félix Vallotton, sin que distingamos ningún genio creativo: Étretat se convierte en un motivo comercial en el cual reina lo pintoresco. 


Henri Matisse, Interior en Etretat, 1920, Óleo sobre lienzo; 41 x 32,5 cm, Berlin, Staatliche Museum zu Berlin, Nationalgalerie, Museum Berggruen, imagen proporcionada por el museo.


Bastante más tarde después de la ola del siglo XIX, Matisse va a Étretat en 1920, primero con su hija Margarita convaleciente. Aquel verano realiza alrededor de cuarenta pinturas en las que evita el tema, puede ser un bodegón bastante oscuro con mielgas, o aquellas en las que no pinta el mar sino de forma accesoria, visible a los lejos a través de la ventana de la habitación en la que su hija descansa. Lo usa sencillamente como decorado. 


Eugène Le Poittevin, Baños de mar en Étretat (detalle), 1866, óleo sobre lienzo, Museo de Bellas artes y de Arqueología, Troyes, foto del autor.


Al lado de la «gran pintura», hay un aspecto interesante en esta exposición, las escenas de la vida cotidiana con pescadores y en particular con bañistas. Eugène Le Poittevin, primer artista que se hace construir una casa en Étretat, hizo muchas y con frecuencia; los detalles son más divertidos que el conjunto. Aquí vemos a unas bañistas que parecen embelesadas por el agua del mar.  


Octave Jahyer según Gustave Doré, Los baños de mar (detalle), 1856, grabado sobre madera, colección particular, foto del autor.


Y, en el grabado según Gustave Doré, aquí vemos un escena amena ...





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