21 de febrero de 2026, por Lunettes Rouges
(artículo original en francés, aquí)
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| Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor |
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| Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor |
En la (bien llamada) instalación «Bellas Artes» de Bruno Zhu, en el Centro de arte moderno Gulbenkian (hasta el 27 de julio), dos cosas perturban de entrada, y la una es la presencia de puertas. En la parte de arriba de la entrada da la impresión de que ésta es una puerta de caja fuerte, por el tamaño y el volumen, aunque es de un color verde chillón, pero como tiene una aldaba de latón inmóvil pues uno cae en cuenta de que no lo es. Hay que darle la vuelta para entrar en la exposición y de inmediato se entiende que nada será sencillo, que puede que no sea una exposición como las demás. Luego conté seis puertas de madera de tamaño estándar pero pintadas de tres o cuatro colores: el derecho, el revés, el canto y, a veces el marco, cada uno de un color vivo y contrastado. Todas son macizas excepto una, arriba, calada con un motivo acuático (a no ser que sean unos cabellos). Se trata entonces de una exposición que traba constantemente la circulación, hay que cerrar la puerta que el visitante que sigue abrirá, el cuerpo se enfrenta con esos obstáculos en los que la mirada no va nunca demasiado lejos y en donde cada escena está cercada. Mientras que de costumbre, el museo propone la libre circulación (y a veces sin la más mínima partición), aquí nos sentimos constreñidos, dirigidos, controlados, casi encerrados.
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| Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor |
Y antes de tropezarnos con las puertas, la otra perturbación viene de los cambios en el espacio. La primera sala en la que entramos ha dado un vuelco: la pared de detrás de nosotros es un cielo raso (con plafón), la baranda delante de nosotros es horizontal, la estatua de resina roja de Sergio Pombo está puesta horizontalmente (pensamos en performances pasadas de Philippe Ramette); cuadro (escena con un colgado de Antonio Pedro) y los carteles han girado 90°. Sonreímos pero sabemos que a veces pasa que ciertas obras (sobre todo abstractas) se cuelgan con una rotación de 90°, por ignorancia de los comisarios, como aquí con Jean Gorin. Y cuando ya hemos pasado algunas puertas y nos encontramos en el nivel inferior, debajo de una baranda desfasada, igualmente: plafón en la pared, cartel a 90° y un tapiz de Almada Negreiros entre dos puertas verdes con marcos blancos. Un juego de desplazamientos que aunque menos sutil que el juego de puertas nos puede hacer sonreír, pero nos lleva también a interrogarnos sobre la esencia de la exposición y las reglas que la rigen.
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| Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor |
En las salas de abajo, seis bustos de las colecciones del CAM adornados con cintas (lástima que no haya un Messerschmidt), unos maniquíes de resina, muchachos desnudos (pero asexuados, procedentes de este prudente museo) en un juego de espejos y recortes según cuatro enseñas francesas y una sala multicolor. Cada pared está pintada de un color vivo, rojo, verde, amarillo, y azul (el suelo es violeta): un grito cromático que disuade cualquier instalación. Un choque de colores que recuerda ciertas instalaciones de Helio Oiticica. Hay sin embargo un cuadro en una de las tres paredes (y el letrero «salida de emergencia» en la pared verde), escogido por su armonía cromática con la pared: aquí arriba, La carnicería de Eduardo Luiz. Observamos que todas las obras presentadas pertenecen a las colecciones de Centro (y en algunos casos fueron objetos de nuevas investigaciones antes de incluirlos aquí); hay incluso, en el corredor de la salida, un texto de sobre una exposición de Ilya Kabakov que tuvo lugar aquí hace 30 años y Bruno Zhu se apropia ese relato para integrarlo en su recorrido.
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| Bruno Zhu, Bellas Artes, CAM, Lisboa, 2026, vista de la exposición, f. del autor |
¿De qué trata entonces esta exposición con título pomposo? ¿Zhu es artista (pero no hay obras suyas) o comisario de la exposición? Y si es comisario, ¿qué es esa selección de obras de todo tipo (y francamente bastantes mediocres)? ¿Y qué significan las restricciones para circular, los cambios insolentes y los colores violentos? Todo empieza con una licencia (p. 6-9), de un contrato que elaboró el artista para permitir que se realizaran exposiciones a partir de sus instrucciones. Un poco simplista, es verdad, pero lo suficientemente fastidioso para que salgamos cuestionando algunas de las evidencias museales o curatoriales.





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