dimanche 7 juin 2026

Revisitar el archivo (Frida Orupabo)

 

3 de junio de 2026, por Lunettes Rouges

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, vista de la exposición

¿En qué consiste el archivo de un artista? Primero, una fuente de documentación, una fundación, una base para alimentar trabajos creativos, también una herramienta de reflexión. Y algunas veces el archivo puede convertirse en obra: el artista lo vuelve a ver, lo repasa, y, en lugar de hacer una simple documentación en vitrina durante una exposición construye una exposición completa sobre el archivo. Recuerdo, hace más de quince años en Tel Aviv, una conversación con Miki Kratsman que se interrogaba sobre el futuro de más de 9000 caras de resistentes anónimos fotografiados en medio de la multitud durante la segunda Intifada, y  entonces decidió años más tarde, hacer con ellas una obra en sí, en Facebook, People I Met, de 2012 a 2021. En las exposiciones de la artista Frida Orupabo, nigeriano-noruega, que yo había visto hasta aquí, o en los libros que había leído, se insistía en sus collages (o mejor, ensamblajes con remaches bien visibles sin pegante), hechos con fragmentos de cuerpos de mujer recortados, deformados, ensamblados para desafiar la anatomía y subrayar la violencia que aquellos cuerpos habían sufrido. Tal y como escribía yo en 2022: «Son imágenes atormentadas procedentes de archivos coloniales que nos miran a nosotros, espectadores blancos que quisiéramos ignorarlas, ignorar nuestro pasado, nuestra historia: pero nadie se salva de esas miradas de trauma, de supervivencia, de resiliencia. Proyectan la violencia y la cólera, la resistencia y la dignidad, e impresionan. Sacadas de su contexto y ensambladas así, cuentan contrahistorias e interrogan nuestra manera de mirarlas. La artista nos habla de raza, de familia, de sexualidad y de identidad, pero su trabajo cuestiona también la estructuración misma de la imagen. »

Frida Orupabo, Discipline, 2022, collage con pins

Aquellos seres híbridos e inquietantes nos miran frontalmente, fijamente, y crean un efecto hipnótico, están compuestos de imágenes que la artista ha recogido con paciencia en álbumes y a menudo por internet, sobre la colonización y la esclavitud. Además de su discurso sobre la raza y la identidad, Orupabo nos habla también de montaje, de composición y de estructuración de la imagen. Además, con frecuencia en sus exposiciones, presentaba su archivo de manera cruda e indiferenciada, en general a partir de una cuenta Instagram en la cual, de 2013 a 2016, había cotejado sus hallazgos. Pero eso era un elemento accesorio, documentación, simple archivo de trabajo. 

Frida Orupabo, 1/3, 2021, digital C-print montado sobre aluminio

Fue entonces una decisión audaz la que tomaron la artista y la curadora Marta Mestre al organizar una exposición (hasta el 1 de noviembre) en la que el archivo es desde ahora el eje central, y no figuran sino media docena de collages (además en Portugal, en donde Frida Orupabo es casi desconocida). Lo que crea la obra aquí no son tanto las composiciones deliberadas de la artista, sino la selección que hizo en medio de una miríada de imágenes, fotos o videos, hallazgos recolectados en internet, prefiriendo el formato cuadrado de Instagram. A través de las salas descubrimos pasajes de películas y videos de los cuales ya non percibimos el sentido narrativo pero en los que el cuerpo de la mujer negra se halla omnipresente. Se identifican aquí y allí violencias policíacas, episodios erótico-amorosos o la cara apacible de Orupabo desabotonando su blusa (aquí abajo). El conjunto es desconcertante, tumultuoso. 

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, captura de pantalla

Uno se siente atrapado en el largo pasillo cuya pared está adornada con la repetición de una imagen que evoca sexo, bondage y voyerismo con un espejo en donde se ve la imagen de una cara que también se repite en la pared (arriba). Atrapado, pues en el fondo del pasillo (y justo antes de una muy buena sala de lectura en torno a la feminidad negra, en donde encontramos el libro de Grada Kilomba), la cara irónica del director y actor Med Hondo (que fue, entre otros, el doble francés de Eddy Murphy) nos vocea. Irresistible. 

Frida Orupabo, Cloud of Confusion, 2026, captura de pantalla

Para los que no conozcan el trabajo de Frida Orupabo es sin duda una exposición algo desconcertante (su título: «Cloud of Confusion»), pero que tiene el mérito inmenso (y raro) de cuestionar el «¿cómo?», el «¿a partir de qué?».

fotos del autor.



Grada Kilomba, hacia la sobriedad


5 de junio de 2026, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)


Grada Kilomba, 18 Verses, 2022, detalle


Grada Kilomba lleva consigo la palabra: la palabra de las mujeres negras, de las colonizadas, descendientes de esclavos. Artista, escritora (autora del admirable Memorias de la Plantación, una historia psicoanalítica del racismo ordinario poscolonial), psicóloga, portuguesa originaria de  Angola y Santo Tomé y Príncipe, vive entre Berlín y Sintra (en donde nació hace 60 años). Portadora de una palabra recia, sus primeras obras, que descubrí hace diez años en la Bienal de San Pablo, eran principalmente obras con palabras que ritmaba un tambor; videos en los que se alineaban réplicas sobre la identidad y la diferencia, sobre el poder y la revuelta, con apenas una imagen, un dibujo de Jacques Arago, el retrato de la esclava Anastasia, amordazada. Fue mi más bonito descubrimiento en aquella bienal. Algunos años más tarde, en 2021, vi su trilogía antigua intitulada Un mundo de ilusiones, en torno a Narciso, Edipo y Antígona (exhibida en el Palacio de Tokyo en Paris en 2021/22): relatos eternos encarnados aquí en cuerpos negros, en torno a cuestionamientos sobre la humanidad, muy de actualidad todavía, con la artista en otra pantalla más pequeña, diciendo su poema. Imágenes hieráticas, la narración filmada, nos quedábamos en la categoría de la palabra dominante. Y para mí fue la obra más potente y actual en aquella exposición. 


Grada Kilomba, 18 Verses, 2022, vista parcial de la exposición


(Da la impresión de que no veo su trabajo sino cada cinco años, mala suerte, ...y además, fue descaradamente excluida de la Bienal de Venecia en 2022). Cuando fui hace unos días a Sintra, al museo de la Fundación Albuquerque en donde exponen su trabajo en el fondo de un hermoso parque, en un pabellón moderno de líneas audaces, O Fundo do Mondo (El fin del mundo, hasta el 26 de septiembre), yo me esperaba a una exposición basada en la palabra, el lenguaje, el relato; debí haber preparado mejor la visita (la mayoría de las obras ya las habían mostrado en otras exposiciones) puesto que me sorprendió, me sacudió la fisicidad de su obra, la materialidad de su trabajo. Esta vez ni una palabra, bueno, casi: un poema-letanía, O Barco, cuyos 18 versos lancinantes van inscritos uno por uno en letras de oro, sobre igual número de bloques de madera negra quemada, en doce idiomas (de los cuales cuatro me son totalmente desconocidos: yoruba, kimbundú, kriolo de Cabo verde, setsuana) (ver arriba). Pero aquí los bloques no están cuidadosamente alineados, el espectador puede deambular entre ellos, dar la vuelta, agacharse, para tratar de seguir el transcurso del poema (funciona como un juego de domino, con anadiplosis); los 18 bloques de madera están unidos con una tela negra que serpentea por el suelo, se extiende, limita los movimientos del espectador y estructura el espacio, es como si a usted se lo llevara un río, hipnóticamente, acompañado de una instalación sonora. Los bloques son quizás los cuerpos de los migrantes o de los esclavos caídos en el fondo del mar, dice, es en el fondo del mar que se puede leer nuestra historia, del tráfico negrero a las migraciones actuales. Si el agua se retirara de los océanos, podríamos leer el archivo de todo el horror de nuestro pasado.  


Grada Kilomba, Compressed Time, 2024, instalación con bloques de caliza y cubo de vidrio negro, dimensiones variables


Hay que zigzaguear como en un laberinto de cortinas negras translúcidas, como en una progresión de iniciación o una performance que cumplir. Pero antes de entrar en el pabellón, habremos contemplado largamente, en el césped, una instalación, Compressed Time (Tiempo comprimido), de piedras calizas y vidrio negro, en la cual se mezclan lo duro y lo frágil, lo blanco y lo negro, lo opaco y lo transparente, lo suave y lo peligroso. La pureza de las líneas, la sencillez de la composición e igualmente su fuerte dimensión metafísica, evocan las culturas asiáticas, no tanto las delicadas cerámicas de la colección vecina (en donde cohabitan cerámicas chinas y arte contemporáneo) sino mejor, un maestro como Lee Ufan


Grada Kilomba, Storyteller, 2026, impresión chorro de tinta, 2 veces 150x88cm



El video Opera to Black muestra a unos cantantes negros o mestizos, vestidos de negro que salmodian una música de piano delante de una pared caliza; dos de ellos de desprenden del grupo para bailar. Al lado Grada Kilomba actúa sobre la presencia y la ausencia, la suya, denominada Storyteller: en dos fotografías idénticas colgadas en ángulo recto la vemos en una de ellas y en la otra no. ¿Qué mejor manera de explicarnos de qué forma utiliza el relato, con palabras que a veces pone en relieve y otras veces disimula? Puede que sea una evolución, puede que sea un bosquejo, una manera de hablar más recio, sin palabras, con un lenguaje diferente. Al mismo tiempo inaugura en Paris, un memorial del genocidio Tutsi: «La sobriedad para decir el horror» escribe Roxana Azimi en Le Monde.  


fotos del autor.