dimanche 16 février 2020

Kirchner, genio y ambigüedades


9 de febrero de 2020, por Lunettes Rouges



Ernst Ludwig Kirchner, Prestel, 2019

A finales de 2019 hubo una exposición sobre Ernst Ludwig Kirchner en la Neue Galerie en Nueva York, la cual posee varias obras del artista, entre ellas ésta, Escena de calle en Berlín, 1913-14 (121x95cm), y que reproducen en la portada del catálogo (aquí arriba). No vi la exposición y estoy escribiendo sobre el catálogo en inglés (Prestel, 2019, 262 páginas; se puede ojear aquí). Este reproduce las 96 obras de la exposición, en seis secciones, cronológicas y temáticas: Dresde (19 piezas entre ellas 13 lienzos), Berlín (19, 16 lienzos), Años de guerra (9, 2 lienzos), Davos (9, 6 lienzos, un tríptico), Carnés de dibujos (3), Grabados (37, sabiendo que hay unos diez grabados en las secciones precedentes). Las reproducciones son muy buenas pero las presentan solas, justo con su título, sin texto explicativo de cada obra ni bibliografía específica, ni lista de presencia en las exposiciones. Según los prefacios, el catálogo tiene cinco ensayos; Jill Lloyd, co-curador de la exposición y especialista del expresionismo alemán, presenta la obra de Kichner y el catálogo de forma sintética e insiste bastante sobre la importancia del color (el «Farbenmensch», p.15), sus innovaciones y materia técnica pictórica (p.15-31); Sherwin Simmons vuelve sobre el tema del color específicamente en los cuadros berlineses (p.63-84). Janis Staggs, co-curador, analiza las obras decorativas (p.33-61), principalmente las joyas (en Alemania; no muy logrados, me parece) y las obras textiles (en Davos, dibujadas por Kichner y fabricadas por hilanderas), es una parte desconocida de su obra, pero que se ancla en su formación y su voluntad de abolir las fronteras entre arte «puro» y arte aplicado, aunque haya escrito que sus piezas no estaban destinadas al mercado (« My work is pure rather than applied art », p.33). Sharon Jordan (p.87-116) analiza la influencia, importante, de Nietzsche sur Kichner y señala que el nombre «Die Brücke» lo sacó de Nietzsche (4a sección del prólogo de Zaratustra). En fin, Nelson Blitz (p.119-130) intenta vislumbrar la dimensión política, de cara a la guerra, al nazismo y a su identidad alemana, un campo que, señala, ha sido muy poco estudiado (salvo en este libro); volveré al tema. Hay una biografía detallada e ilustrada, numerosas fotografías (p.243-252), pero, grave carencia, no hay bibliografía: hay que remitirse a las notas de los ensayos. Desde el punto de vista formal es un catálogo interesante pero la ausencia de fichas individuales de las obras y de bibliografía perjudican su calidad científica. 

Ernst Ludwig Kirchner, Nollendorfplatz, 1912, Stadtmuseum Berlin

Para mí una de las enseñanzas del catálogo está en el contraste brutal entre los años alemanes (1906-1918) y los suizos (1919-1938). Las obras alemanas desde Dresde, pero sobre todo de Berlín (aunque su paleta se suaviza, como en una «niebla nacarada», p.22), son eléctricos, estimulantes, cargados de una energía vital extraordinaria, de una sexualidad liberada e inspiradora («A menudo me levanto en medio del coito para dibujar un movimiento, una expresión», p. 42: ipobre Dodo! ipobre Erna!). Encontramos toda la energía de la modernidad urbana (de Baudelaire a Benjamin), la ciudad es un teatro, las máquinas, los equipamientos urbanos, la iluminación, son fuentes de belleza; Y ¡los pasantes! Especialmente las pasantes, ¡mujeres de mundo o galantes! Esos son los cuadros de Kichner que mejor conocemos, que más apreciamos. 

Ernst Ludwig Kirchner, Tres bañistas, 1913, NSW Art Gallery Sydney

Mi ciudad es estresante, demasiado rápida, demasiado resplandeciente, demasiado estimulante, atrayente y repulsiva a la vez. Entonces Kichner y sus amigos se fugan: a Dresde, van a los lagos del castillo de Moritzburg; en Berlín van a las dunas de arena de Grunau, y, en verano, se van para la isla báltica de Fehmarn. Practican el nudismo pues pertenecen al movimiento utopista Lebensreform (p.48), son vegetarianos y desean entrar en comunión con la naturaleza. Los lienzos que pintó en Fehmarn son más suaves, más fluidos, menos cerrados que los de Berlín. Esas salidas durante temporadas anuncian ya su ida para Davos después de la guerra. 

Ernts Ludwig Kirchner, Autorretrato de soldado, 1915, 69×63.3cm, Oberlin College

La primera guerra mundial es un momento bastante ambiguo para Kichner. Aparentemente militarista al principio de la guerra (p.120), no se ve yendo al combate (sabemos que muchos pintores alemanes fueron soldados en el frente, Otto dix, por ejemplo, y algunos murieron, Franz Marc y August Macke), y solamente será movilizado entre mayo y noviembre de 1915. El alcoholismo (absenta), la adicción (al Véronal y a la morfina) y el rechazo de alimentarse le permitieron que lo declararan inapto, haya o no exagerado los síntomas (p.121), pero todo aquello le causó depresiones y hospitalizaciones hasta en 1918 (p.108). Sin embargo es un periodo bastante productivo, en particular para los grabados con su compañero Peter Schlemihl, su doble, de cierta manera. Su autorretrato de soldado muestra su mano mutilada, herida inventada, pero uno de sus cuadros más emblemáticos, además que bastante ambiguo (notas 13&14 p.129)

Ernst Ludwig Kirchner, Valle de Sertig en otoño, 1925-26, Kirchner Museum Davos

Davos después de eso significa la tranquilidad: un mundo ideal, campestre, apacible, una naturaleza idílica, gente sencilla. A veces va a Alemania pero es relativamente solitario (p.52). Se consagra bastante a la escultura sobre madera (pero pocas obras se han conservado) y a la tapicería. ¿Está permitido pensar que sus cuadros se vuelven demasiado juiciosos y sosos, que han perdido la vibración y la tensión que eran el interés de sus obras alemanas? ¿Está permitido decir que sus paisajes alpinos y las escenas de la vida en el campo son convencionales, inconsistentes y decorativos? Y cuando sus lienzos parecen tapicerías ¿debemos reír o llorar? Es verdad que el nazismo lo saca de los museos alemanes y lo exhibe en la exposición de arte degenerado. En 1936, 5 kilómetros más abajo de su casa el estudiante croata judío David Frankfurter, mata al jefe de los nazis suizos Wilhelm Gustloff en su casa; en marzo de 1938, con el Anschluss, los nazis están a 25 km de Davos. En su pintura no hay ninguna huella aparente de esos dramas. Pero luego de haber destruido una buena cantidad de sus obras (algunas con fusil), el 15 de junio de 1938, se suicida (Erna no quiso suicidarse con él): secuelas de sus adicciones y depresión, sensación de abandono (el 6 de mayo no recibió ningún mensaje de Alemania por su cumpleaños, lo que lo desmoraliza; p.252), problemas financieros, incapacidad para afrontar el futuro, posiblemente la reunión de todo eso (p.128). 

Ersnt Ludwig Kirchner, The Wanderer, 1922, Aargauer Kunsthaus, Aarau

Kichner no está exento de ambigüedades, ni mucho menos; además de su actitud durante la guerra, podemos citar el hecho que él mismo escribió entre 1920 y 1933, con un seudónimo francés (Louis de Marsalle), críticas bastante elogiosas de su propio trabajo. Desestima hasta la paranoia toda forma de influencia estética (salvo los puntillistas, y eso!), intenta esconder todo aquello que pudiera mostrar cualquier filiación, especialmente anti fechando sus cuadros, un método engañoso e inelegante: leer aquí (y en este comentario) su esfuerzo para no reconocer la influencia de Matisse en su Jovencita con sombrilla japonesa, un cuadro pintado en 1909 después de la exposición Matisse en la galería berlinesa Paul Cassier, anti fechado 1906. Dice que tiene sangre francesa (p.125) y sin embargo rechaza toda influencia francesa en su cultura y en su arte, y quiere ser un alemán auténtico y puro. Recién hablamos mucho del antisemitismo de Emil Nolde, pero la simpatía de Kichner por el nazismo es significativa (aunque aparentemente, al contrario de Nolde, no hizo nada para cortejar después de 1933). El texto de Nelson Blitz cita sus diatribas anti judías, su negativa para cooperar con Carl Einstein, sus ataques contra galeristas, coleccionistas, artistas, universidades judías, aunque mantiene buenas relaciones con ciertos coleccionistas judíos (p.125). Después de haber calificado los directores de museo y los artistas purgados por los nazis de semi-judíos, Kichner sigue elogiando a Hitler en 1934, luego de que sus obras fueran retiradas de los museos (p.126); su prioridad es el progreso de la cultura alemana que los judíos retardaron. Es en 1938 que revisa su actitud «Los primeros que me reconocieron y compraron fueron los judíos. Y hoy algunos gentiles venden cuadros míos falsos» (p.128). Merecería un trabajo como el de Bernhard Fulda sobre Nolde.

Todos los cuadros reproducidos aquí ilustran el catálogo, pero únicamente el Autorretrato como soldado y la Escena de calle en Berlín en la portada estaban en la exposición. 

Libro recibido en servicio de prensa.


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