mardi 22 octobre 2019

Harold Edgerton : un libro hermoso y demasiado liso



15 de octubre de 2019, por Lunettes Rouges






Portada del libro sobre Harold Edgerton, Milk drop coronet, 1957


Pensé que era una idea excelente publicar un nuevo libro (en inglés) sobre Harold Edgerton. Seeing the Unseen (208 páginas, 158 imágenes, Steild 2019), puesto que los últimos (salvo error) son de 1994 y 1987 (además no hay nada en francés). Es un libro que no trata prácticamente sino de la obra fotográfica de Harold «Doc'» Edgerton y no sobre la otra parte de su investigación, los sonares, de los que no hablan sino muy brevemente (no mencionan sus expediciones con el Comandante Cousteau ni su colaboración con el escandaloso cazador de tesoros Robert Marx en la búsqueda de una galera romana en la bahía de Rio de Janeiro (!), ni su investigación sobre el monstruo del Loch Ness). Ver lo que no se ha visto, es tomar de nuevo el subtítulo del primer libro de Edgerton (con James Killian), ¡flash! en 1939, que fue un libro de fotografías para el público en general, no un libro científico. 


páginas 52-53 : Harold Edgerton, Drop falling into reservoir of milk (1935); Cranberry juice dropping into milk (1960)


Y ahí fue que Edgerton tuvo éxito, y algunas de sus fotografías se volvieron tan conocidas. Edgerton es un ingeniero, no un artista, dice. Además es más ingeniero que inventor (lo presionaban en el MIT puesto que no publicaba suficientes artículos académicos sobre sus investigaciones, prefería promocionar su estroboscopio): el estroboscopio fue inventado en 1921 con el nombre de Estroborama, por dos de los nietos de Marc Seguin, Laurent y Augustin, pero solamente se obtenían fotografías de muy mala calidad. El talento de Edgerton a partir de 1929-30 consiste en inventar dispositivos que producen fotografías estroboscópicas de excelente calidad. Necesitó cerca de 25 años para obtener la  tan perfecta fotografía de la gota de leche (1936 en blanco y negro, 1957 en color): arriba vemos ejemplos de sus ensayos en 1935 (y a la izquierda una foto de 1960 con jugo de arándano), sabiendo que desde 1895, Arthur Mason Worthington logró fotografiar gotas de agua (otra publicación de 1906), pero las reproducciones de sus fotografías no eran tan bonitas como las originales y tuvieron menos impacto visual que las de Edgerton.


Harold Edgerton, Bullet through apple, 1964


Edgerton al contrario, aporta desde el principio, el mayor cuidado a la composición de sus imágenes, y a la calidad del revelado y de la reproducción: es también por esa razón, más allá de la proeza técnica, que a Helmut Gernsheim le gustaron y Beaumont Newhall las expuso en el MoMA desde la exposición inaugural en 1937. Después, Edgerton revelaba y vendía portafolios de sus fotografías en edición limitada: al tiempo que se afirmaba como científico, había entendido e incorporado las reglas del mundo del arte. Allegado a György Kepes (entonces en el MIT), profesor de Gjon Mili, estaba tranquilo y sabía muy bien ponerse en escena. Sus fotografías marcan un momento importante de la modernidad fotográfica, según dice Deborah Douglas en su ensayo en este libro, ellas ilustran perfectamente «el nuevo y sublime tecnológico americano». 


páginas 50-51: Harold Edgerton, Falling drops (1971); Water « flower » (1981)


Este libro tiene un gran número de fotografías estroboscópicas de Edgerton: capturas de movimientos de deportistas (golf, tennis, squash, rodeo, salto con garrocha, clavado, etc.) o de personas en movimiento (circo, danza Gus Solomons, bastoneras, violinista, niño corriendo o saltando la cuerda), como una continuación de Muybridge. Otras documentan impactos: la famosa gota de leche, la bala en la manzana (arriba) o en un banano, la baraja cortada en dos por una bala, el impacto en un cable; las que muestran una bala que hace estallar una bombilla, intituladas «Death of a Light Bulb» (1936, abajo) parecen anunciar la Muerte de la Fotografía de Mr. Pippin. Otras, capturan y fijan los movimientos: el agua que corre (aquí arriba), colibríes o pichones volando, un corcho de champaña saltando. 


Harold Edgerton, Stonehenge at night, 1944


Dos fotografías son particularmente originales en este conjunto: un fotograma de 1986 en el que una gota de agua cae sobre un escaso charco encima de la película fotosensible, su caída produce un flash, sin aparato, entonces (pág.64), y la hermosa fotografía de Stonehenge de noche, en 1994, en la época en la que aconsejaba la US Force sobre fotografía aérea nocturna. Edgerton estaba en el suelo y un avión a 1500 pies provoca un flash de 5000 vatios-segundo: cómo una fotografía hecha con un objetivo científico-militar, puede igualmente capturar el carácter romántico y misterioso de aquellos megalitos. 


páginas 200-201 : Notebooks of Harold Edgerton


Es entonces un libro en el que tenemos un panorama completo (con alguna carencia, volveré sobre el tema) de las extraordinarias fotografías de Edgerton. En cambio es también un libro en el que los textos no están a la altura. Salvo el ensayo más argumentado de Deborah Douglas, los demás son esencialmente descriptivos y sentimentales, incluso hagiográficos (de sus estudiantes o asistentes) no son verdaderamente críticos. Se queda uno con las ganas. Además, es un libro dirigido al público en general que contiene unas treinta páginas de facsímiles de sus carnés, esencialmente manuscritos (aquí arriba): no creo que alguien los lea, y tres o cuatro páginas hubieran sido suficientes para entender su manera de trabajar y apuntar en sus carnés. Otra crítica, la bibliografía (copiada aquí) es insustancial. 


Harold Edgerton, Death of a light bulb, N°4, 1936


Hubieran podido escribir por ejemplo sobre la medida «inhumana» de sus fotografías según Roland Barthes (La chambre claire -La cámara clara, p.58-59), que se dice sorprendido por la proeza: «ese tipo de fotos no me emociona ni siquiera me interesa: demasiado fenomenólogo para que me guste otra cosa que una apariencia a mi medida». Una frase sorprendente a la que James Elkins contesta en What Photography Is (p.161-162) y ve una deformación del concepto de fenomenología: «Desde el punto de vista fenomenológico, ¿cómo es que ese tipo de fotografía puede ser vista como si no fuera a escala humana? ¿cómo podemos aprehender algo que no vemos (en el sentido kantiano, en contraste con entender) como una imagen hecha a nuestra medida?» Y añade: «Es como la señal de que una región de la fotografía ha sido eliminada de manera precipitada y despreocupadamente. ...No me gusta el hecho de que se excluyan de la Fotografía imágenes que no están hechas a la medida de cierta fenomenología». Y en conclusión del capítulo: «Barthes dice que no le puede gustar porque él es fenomenologista: como si necesitara una regla para impedirle que explorara más ... Qué hay en esas apariencias que no están a nuestra medida que volvieron a Barthes si perentorio? ¿Qué es más interesante que lo que no está a la medida humana? » He aquí algunas pistas de reflexión que nos hubiera gustado que exploraran en un libro crítico sobre Edgerton, pero no era ese el ámbito de este libro. 


Harold Edgerton, Atomic Bomb Explosion, Nevada, hacia 1952


Y Elkins prosigue (p.162-176) con imágenes de Edgerton que tampoco están a la medida de la experiencia humana, las de las explosiones atómicas. Yo pensaba que las habían desclasificado hace poco, pero en realidad una de ellas la reproducen en una entrevista de Edgerton en la revista The New Scientist del 25 de octubre de 1979 (p.266), en la que habla entre otras cosas de su pánico cuando asistió a una explosión de la bomba H. Ninguna de esas fotografías está en el libro, posiblemente el editor las haya juzgado demasiado espantosas, pero nos enteramos sin embargo de que Edgerton fundó con dos ex alumnos (y fue e presidente hasta 1965) la sociedad de electrónica militar EGG (que tuvo hasta 20 000 empleados; la E es por Edgerton) que desarrolló y produjo el krytron que se utilizaba como detonador de la bomba H. Una ambigüedad interesante, me parece. 


Harold Edgerton, Atomic Bomb Shed, Enivetok, hacia 1952


Repito aquí lo que escribía en 2012 a propósito de esas fotografías atómicas: «Las fotografías a la milmillonésima de segundo por Harold Edgerton de explosiones atómicas estadounidenses en los años 50 nos dejan ver algo sorprendente que preferiríamos no ver: objetos indescriptibles, aterradores, que no se parecen a nada conocido (no el famoso hongo), que resisten al análisis excepto por especialistas, y son absolutamente fascinantes.» Es una lástima que el libro, hermoso pero demasiado liso, las haya omitido. 


Libro recibido en servicio de prensa.

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