mercredi 30 octobre 2019

Cinco mujeres en el espacio (Beyeler)


29 de octubre de 2019, por Lunettes Rouges



Sebastian Münster, Typus universalis in Cosmographiae universalis, Basilea, 1544-1550, detalle

La Fundación Beyeler en Basilea presenta (hasta el 26 de enero) una exposición intitulada «Resonating Spaces» en la cual cinco mujeres artistas confirmadas (nacidas entre 1956 y 1972) y que nunca habían expuesto juntas, ocupan una o dos salas del edificio de Renzo Piano y, cada una a su manera, desarrolla una ocupación del espacio que tiene que incitar al espectador para que tome conciencia él mismo de ese espacio. De las cinco, me parece que la mejor lograda es la instalación sonora de la escocesa Susan Philipsz en torno a la rosa de los vientos según un mapa de 1550 de Sebastián Münster: representa doce vientos con putti soplando sobre el mapa, doce conchas marinas de todo el mundo que producen cada una un tono, doce parlantes en una sala vacía e impoluta, doce tonos de la gama cromática. Se va de un sonido a otro, de un parlante a otro; a veces sólo uno se activa, con armonía o disonancia. Uno recorre la sala según el sonido, según el viento, alguno atrae aquí, otro allí; se instala uno en el medio de la sala y luego se deja llevar a la izquierda, a la derecha como si hubiera que seguir un ritual desconocido. Poco a poco se van sintiendo las vibraciones sonoras en el cuerpo y se entra en una especie de hipnosis sonora, de vértigo (es mejor cerrar los ojos para que la escultura del conejo grotesco de Thomas Schütte, en el parque al otro lado del cristal, no perturbe gravemente la experiencia). Es una experiencia de una pureza absoluta, casi mística, extática (a su lado, la hermosa instalación de Janet Cardiff y George Muller parece más anecdótica y lúdica). Susan Philipsz tiene también una pieza sonora en la entrada del edificio, Filter, en la que canta canciones populares, pero es menos convincente. 

Leonor Antunes, vista de la instalación, Fundación Beyeler, 2019

La portuguesa (de Berlín) Leonor Antunes sobresale también con su proyecto ocupación del espacio : en el suelo la reproducción gigante y re-coloreada de un motivo de Anni Albers; perpendiculares al motivo se encuentran sus esculturas verticales, puestas en el suelo o suspendidas (en su mayoría),  compuestas con lanzaderas gigantes de tejedora, biombos, formas de mimbre enrolladas, tubos, una pared con láminas doradas en cadencia, una reja (que recuerda muchísimo a Gego). Se pasea uno como quiera por ese espacio, ya sea concentrado en el dibujo a nuestros pies o navegando alrededor de alguna suspensión, o se tropieza con un cable por el suelo, siempre tomando la medida del espacio con nuestro cuerpo. Se puede leer allí toda la historia del modernismo y la astuta apropiación de sus formas icónicas (algo así como en el cuadro de Farah Atassi), con la cual la artista inspira una dimensión vital, se tiene en cuenta el cuerpo del visitante ambulante, proponiéndole puntos de vista experimentales. En cambio, un poco más lejos, la inglesa Rachel Whiteread, al poner frente a frente un cuadro de Balthus y sus reproducciones de las ventanas representadas en el cuadro, no logra crear una magia similar. Es un método convencional, la presencia de Balthus es muy fuerte y «aplasta» sus esculturas, o no ha sabido tomar en cuenta de forma sensible el espacio, no lo sé, pero, aunque el enfoque sea interesante, no funciona desde el punto de vista de la exigencia de que los espacios tienen que repercutir en el visitante (en el Tate lo había logrado perfectamente al ocupar este hall inmenso).

Toba Khedoori, ST (clouds), 2005, óleo, grafito y cira sobre papel 328.2×203.2cm, col. Adam Sender

Para los dos otros artistas cuyas obras son en dos dimensiones la ocupación del espacio es más complicada, dibujos o pinturas están sobre las paredes. Las dos salas dedicadas a la suiza Silvia Bachli, presentan sus pequeños dibujos alineados dócilmente como en un museo, no logran generar sino un interés cortés, sin que el visitante se sienta comprometido más allá de la mirada. En cambio los dibujos inmensos de Toba Khedoori (de origen iraquí, nacida en Australia y que vive en Los Ángeles) crean un espacio que engloba al espectador de forma mágica. Los motivos, sillas, ventanas, rejas, que se repiten hasta cubrir toda la hoja, o las nubes o las montañas que brotan de sus fondos blancos, instalan una especie de vibración visual entre las paredes de la sala que fascina. No es igual con sus dibujos de ramas de colores y raíces que se entrecruzan, pero su capacidad para invadir el espacio y para subyugar al espectador con medios tan sencillos como lo son el papel y el cartón sobresale verdaderamente.

Fotos 1 & 2 del autor

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