vendredi 8 janvier 2021

Periplos parisinos 10 y último : Saint-Séverin

 


26 de diciembre de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Jean Bazaine, El Matrimonio, 1967, vitral, iglesia Saint-Séverin, Paris


En Paris intramuros hay relativamente poco arte contemporáneo en las iglesias, salvo en San Eustaquio que además expone con frecuencia instalaciones temporales (como ésta en la que participé). Decidí entonces terminar mis periplos por la iglesia Saint-Séverin, por la galería que depende de ella y por los vitrales de Jean Bazaine que datan de 1967 (el maestro vidriero fue Henri Déchanet). Saint-Séverin siempre ha sido mi iglesia parisina preferida, fue mi parroquia (si puedo decir que tuve una) y la elegancia de sus bóvedas de palmera flamígeras y el doble deambulatorio con su pilar retorcido, de entrada me habían seducido, la «maravillosa flora de piedra» decía Huysmans. El ambulatorio se ilumina con los vitrales de Bazaine, motivos abstractos de colores vivos, más cálidos al norte (a la izquierda), más indeterminados al sur. Cada ventanal es de forma y de tamaño diferente, cada vitral está dedicado a un sacramento: la extremaunción (con dominante naranja), el matrimonio (dominante amarillo, arriba), la confirmación (rojo), dos vitrales para el bautismo (en azul), la eucaristía (rojo), la penitencia (naranja) y orden o sacrificio (violeta). Mientras que durante siglos, desde el Medioevo, el vitral había sido una repetidera estéril y ociosa, a mediados del siglo XX apareció, con Manessier, Bazaine y algunos otros (más tarde Soulages en Conques o Robert Morris en Maguelone), un nuevo arte del vitral abstracto: ya no es figuración narrativa (Chagall, Art Nouveau, Raysse), sino la construcción de un ambiente de luz y color en el cual el fiel se sumerge completamente. Los vitrales de Bazaine son el mejor ejemplo en Paris. Al desplazarse lentamente por el deambulatorio al ritmo de los pilares un día de sol, los colores lo envuelven, se pasa del naranja al amarillo, al rojo y luego al azul y al violeta. Cada vitral va acompañado de una frase santa escogida por el artista, de Isaías a la Carta a los Corintios: la del matrimonio, del Cantar de los cantares, como se debe (VIII, 7), dice así: «las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos». El vitral del amor, es el único hecho de un sólo bloque puesto que su ventana no está adornada con maineles, solamente los plomos dibujan los contornos. Este conjunto es quizás, estéticamente hablando, el lugar más espiritual que he visto hasta ahora, el lugar en donde la fé y la emoción son las más puras, las menos sumidas a la narración, al detalle, a lo pintoresco. 


Claude Vignon, San Pablo 1630-40, óleo sobre lienzo, detalle



Si antes de Bazaine algunos vitrales históricos de Saint-Séverin ya eran de admirar (en especial el Árbol de Jesé de 1482 en fachada, pero es un tesoro escondido poco visible desde el interior a causa del órgano), no podemos decir lo mismo de las pinturas: Flandrin, Heim, Signol, Schnetz, Hesse, Biennoury, etc. hicieron estragos (Huysmans, esteta experimentado, los calificó, página 180, de funestos, y se alegraba de verlos pudrir y apagarse en medio de la humedad de las capillas; pero algunos vituperan...). Se destaca sin embargo un muy oscuro San Lucas escribiendo el Evangelio, de Trophime Bigot, a la izquierda, y en el curioso San Pablo de barba ensortijada, del prolífico Claude Vignon, por encima de la puerta de entrada en la Sacristía, un bodegón de papeles, plumas y tintero que hacen buen efecto pues parecen salirse del cuadro. Un pequeño detalle, busqué sin encontrar, esta clave de finales del siglo XV que muestra una discusión conyugal aparentemente animada entre los padres de la Virgen (pero parece ser en realidad un beso que expresa la casta concepción del hijo).


Pierre Brueghel el joven, Crucifixión, hacia 1600, óleo sobre madera, 90x130cm


Hay que pasar la puerta auspiciado por el sacristán para ver el único cuadro de Pieter Brueghel el Joven que se puede ver en Paris. Y como suele ser en su obra, se trata de una copia de alrededor de 1600, se trata de una Crucifixión de su padre que data de 1559 y que ha desaparecido. El hijo hizo por lo menos tres copias: una está en Filadelfia, la otra en manos privadas, la tercera aquí, en la sacristía, que este visitante calificó de escobero. Este año en la Cuaresma el padre Vincent Thiallier vicario de Saint Séverin, escribió un texto muy completo sobre el cuadro (en cuatro partes: I, II, III, IV), como vector de una meditación sobre la Pasión a partir de un análisis iconográfico bastante detallado que les aconsejo que lean. Lo que vemos es una crucifixión en proceso, acaban de terminar con el ladrón malo y están instalando la cruz del buen ladrón, composición muy poco frecuente, menos vertical que de costumbre. El montaje de aquí abajo es sacado del texto del padre Thiallier. 


Pierre Brueghel el Joven, Crucifixión, hacia 1600, detalles (P. Vincent Thiallier)



No es la escena que encierra a algunos protagonistas, las cruces emergen de una confusión tumultuosa, hay una gran cantidad de gente, unas 150 personas, soldados (en primer plano tres de ellos se disputan la túnica de Cristo) y dignatarios a caballo (uno de manto rojo atrae la mirada). La mirada que se desplaza en medio de esta muchedumbre variopinta no encuentra a la Virgen sino al cabo de un rato, no al lado de la Cruz como de costumbre sino en segundo plano a la derecha, tres Santas Mujeres la reconfortan al igual que Juan y José de Arimatea. Otra originalidad, la escena, en lugar de ocurrir en la cima de un monte, aparece dominada por montañas altas, a lo lejos Jerusalén y la Cúpula del Templo al fondo en el eje central y la Cruz está descentrada (lo que según la exégesis citada más arriba, deja ver el vínculo entre el Templo y la Cruz, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento). Desde diferentes puntos de vista este cuadro es entonces una Crucifixión bastante original del que no se encuentran muchas huellas en la literatura ni en las bases de datos. 


Georges Schneider, Nuestra Señora del Buen Saber, 1985, bronce


La capilla construida por Mansart en 1673, ovalada, clara y de un clasicismo que contrasta con el gótico flamígero de la iglesia, normalmente no se visita, está reservada para la oración, lo que respeto pero es una pena, pues es allí que se muestran, rotando, las 58 planchas del Miserere de Rouault (quien fue aprendiz vidriero aquí mismo), también hay un altar, un ambón, un tabernáculo y dos estatuas de bronce de Georges Schneider, esta Virgen y el niño llamada Nuestra Señora del Buen Saber, patrona de los universitarios, cuyo niño podría recordar un libro abierto, también hay un Cristo de dolor, torcido y suspendido sobre el muro claro; pero no hay tiempo para admirar no se puede uno quedar allí para eso.  


Vista de la galería Saint-Séverin desde le pórtico de la iglesia, foto del autor


Para terminar, justo enfrente de la iglesia se encuentra en centro de arte contemporáneo más pequeño de Paris, manejado por Art Culture Foi y que expone hace 30 años en esta vitrina una obra, una solamente, vinculada con la espiritualidad cristiana y en especial este año con las cuestiones de migración y exilio. Con el enigmático nombre PétrichorGiulia Andreani muestra su cuadro (hasta el 31 de enero) Il ratto di Europa (el rapto de Europa) en el cual cuatro médicos caballeros del Apocalipsis, impotentes, resignados, dejan morir a su joven paciente: Europa, no la Unión Europea sino nuestra cultura, nuestras Luces, nuestras solidaridades de antaño, nuestra hospitalidad y nuestra apertura al mundo, todo lo que se está deshaciendo desde hace varios años. Y es con esta nota pesimista y angustiada que se terminan, por ahora, los periplos en las iglesias parisinas de los que haré un resumen mañana. 



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