mercredi 7 avril 2021

De Caravaggio a Poussin : contemporaneidad de los cuadros

4 de abril de 2021, por Lunettes Rouges

(artículo original en francés, aquí)





La crítica de arte Tal Sterngast, una israelí que vive en Berlín, suele escribir más bien sobre el cine y el arte contemporáneo, pero entre 2017 y 2019 también publicó en taz , reportajes sobre cuadros de la Galería de Pintura de Berlín, que acaban de ser publicados en un libro en inglés Twelve Paintings, Berlin, Hatje Cantz, 2020, 112 páginas, 14 ilustraciones (también en alemán). Siempre (casi siempre) es interesante cuando un crítico de arte contemporáneo se interesa por las obras clásicas, lo que, sin hablar de los cuadros en sí, con frecuencia aporta una perspectiva más amplia y más asentada en el mundo actual, más estimulante que la austeridad de tantos historiadores aplicados pero mediocres. Cuando la contemporaneidad no roza las obras clásicas sino para aplicarles esquemas anacrónicos (¿Hay que prohibir tal artista porque no corresponde a las costumbres actuales?), es revitalizador leer a alguien que hace lo contrario, que partiendo de la obra antigua plantea cuestiones sociales, morales, políticas y económicas contemporáneas. 


Caravage, Amor Vincit Omnia (El Amor victorioso), 1601-02, óleo sobre lienzo, 156.5×133.3cm


El primer ensayo sobre Amor Vincit Omnia de Caravaggio, intitulado « The Museum as a Safe Space », cuestiona las tentaciones de censura moral que no datan de hoy (Sterngast menciona a la sufragista fascista Mary Richardson que en Londres en 1914, cortó la Venus Rokeby de Velasquez), y que se han acelerado últimamente: la autora cita el movimiento que intenta hacer retirar el Open Casket de Dana Schutz en el Whitney y la petición de las hermanas Merrill contra Teresa soñando de Balthus en el Metropolitan (no faltan los ejemplos en Francia tampoco). El interés de este ensayo, más allá del magnífico, impúdico y provocador Caravaggio (también objeto de una petición de retiro en 2014), es mostrar que los cuestionamientos proceden de la transformación del cuadro, que pasa del estado de obra de arte al de simple imagen hecha para que circule, lo que la transforma en blanco de tal o tal militantismo. Algunos, poco valientes y preocupados por su popularidad pasajera en las redes, ceden ante esas manipulaciones, pero ni el Whitney ni el Met, ni la Gemäldegalerie descolgaron las obras cuestionadas, y la Venus Rokeby por más símbolo que sea del patriarcado se puede seguir viendo en la National Gallery. A lo mejor es un tema que le importa mucho a la autora ya que este primer texto es el que menos habla del cuadro en sí (una página de siete) y el que más cuestiones contemporáneas origina. 


Elisabeth Vigée Lebrun, El Principe Henri Lubomirski en Génie de la Renommée, 1787-88, óleo sobre roble, 106.7×83.1cm



Por el mismo estilo pero profundizando más en la descripción y el análisis sensible de los cuadros, Sterngast enfatiza sobre las cuestiones de género y de moral en el Rembrandt José y la mujer de Putifar, muy actual también. Podemos no estar de acuerdo con su interpretación iconológica de triángulos que se suponen púbicos en la composición del lienzo, pero lo que expone sobre la calumnia y la sexualidad en la cultura puritana europea es de lo más pertinente (se opone a la búsqueda de la belleza y del placer que una visión más oriental o más mediterránea vería en este episodio). En cuanto a La Muchacha del collar de perlas de Vermeer, insiste sobre la dimensión femenina en la obra del pintor (un mundo cerrado, apacible, indescifrable, sublime) al final de una hermosa descripción casi háptica del cuadro. Feminidad también, claro, con Elisabeth Vigée Lebrun, única mujer del grupo, de quien describe el muy extraño cuadro Le Prince Henri Lubomirski en Génie de la Renommée (arriba): andrógino alado, ni niño ni adulto, entre humano y divino, entre paganismo y cristiandad, el joven desnudo sostiene una corona de laurel (un círculo) y a sus pies una aljaba y unas flechas (fálicas). El cuadro no es sino ambigüedad, sentimiento intermedio, hibridación, transgresión, y aquí sirve de ejemplo de las obligaciones y de las oportunidades de las mujeres pintoras en el siglo XVIII (mientras abren la exposición en el Museo Luxemburgo, que dizque va a cambiar bastantes ideas preconcebidas). 


Nicolas Poussin, Autorretrato, 1649, óleo sobre lienzo, 78.7×64.8cm



Al recorrer los 12 ensayos, al lado opuesto de Caravaggio encontramos el Autorretrato de Nicolas Poussin: no solamente todo opone a estos dos artistas (Poussin decía que el objetivo de Caravaggio era destruir la pintura), sino que el texto sobre Poussin es el más completo, el más analítico, el que va a lo más profundo de la pintura, y las cuestiones que plantea, no son interrogantes morales mas o menos de actualidad sino dilemas estéticos eternos. ¿Cuál es la relación entre el tema y su representación? ¿Cuál es el papel de la pintura cuando ésta se representa a sí misma, un retrato del acto mismo de pintar como del pintor? El otro Poussin representado aquí, Paisaje con San Mateo y el Ángel, interroga también sobre la cuestión de la representación, del orden natural y racional que supera la descripción sola. El Paisaje con una familia de sátiros de Altdorfer hace resaltar la dimensión conceptual antes que visual de la representación del paisaje. La distinción entre realidad y representación se lleva a cabo en el primer ensayo, con un icono de la Verónica de un artista westfaliano, imagen huella de Cristo que muestra algo sin representarlo, sin presentar un referente en lo real (y Sterngast hace una pertinente analogía con el Cuadrado negro de Malevicht). 


Jan van Eyck, La Virgen en una iglesia, hacia 1440, óleo sobre roble, 31.1×13.9cm


Si entonces la referencia contemporánea de la mayoría de los textos tiene que ver para los unos con la ética y para los otros con la estética, algunos ensayos muestran fundamentos algo diferentes. La Susana y los ancianos de Rembrandt fue pintada parcialmente por Reynolds lo que da la oportunidad de meditar sobre lo verdadero y lo falso, lo original y lo alterado. La Virgen en una iglesia de van Eyck origina un bonito texto sobre la luz divina. La Presentación en el Templo de Mantegna (abajo) es la ocasión para un sabio diálogo entre el pintor y Bellini, su cuñado (después de la exposición). Y la parte izquierda del Díptico de Melun de Fouquet (la parte derecha con la Virgen está en Amberes) permite una reflexión sobre el tiempo suspendido y la dualidad. 


Andrea Mantegna, La Presentación al Templo, hacia 1454, tempera sobre lienzo, 77.1×94.4cm



Puede que un historiador de arte meticuloso critique tal o tal interpretación, pero el interés del libro es doble: ante todo nos propone una lectura sensible, culta e inteligente de los cuadros, yendo del detalle a lo general y regresando, contextualiza las obras en el pensamiento de la época; luego las fija en nuestro mundo contemporáneo para hacer surgir las interrogaciones que suscita y su pertinente actualidad. Tal Sterngast cuenta en la introducción que empezó las visitas y la escritura en un momento especialmente deprimente (invasión desmedida de la «redes sociales», Brexit, populismo, Trump, calentamiento climático, ...), y que esta «excursión» (es el subtítulo del libro) le permitió volver al presente mejor dotada para enfrentar el mundo. Cinco años después la situación ha empeorado y necesitamos todavía más este tipo de remedios. 


Libro recibido en servicio de prensa.


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