11 de octubre de 2026, por Lunettes Rouges
(artículo original en francés, aquí)
El peligro de una exposición consagrada a los fragmentos, es que predomine la forma y que se contenten con alinear pedazos de estatuas rotas sin que tengan mucho sentido. Es una dificultad que la exposición El poder del fragmento roto en el Palacio Strozzi de Florencia (hasta el 24 de enero) no evita completamente. No es que sea sin interés ver, hasta qué punto la naturaleza y los caprichos de la historia han podido dañar y romper estatuas; la estética de la ruina, la pérdida de sentido después de la destrucción son también temas de interés. Pero el interés en el fondo, de tal exposición, además de presentar artistas modernos y contemporáneos que revisitan los fragmentos, debería ser esencialmente la reflexión política e histórica que puede nacer de aquellos fragmentos: mensaje presente aquí pero demasiado diluido.
Ante todo, hay pocos ejemplos de damnatio memoriae, una práctica que consiste en que el vencedor se apropia la estatua del vencido y borra su nombre o marca: muy corriente en Egipto y Mesopotamia, pero el único ejemplo aquí es una cabeza del romano Germanicus, marcada con una cruz cristiana en la frente (pensamos en los menhires cristianizados de Le Groumellec).
Una dimensión histórica que hubiera sido interesante explorar es la iconoclasia (ver por ejemplo este libro). No hay nada sobre los bizantinos, solamente una mención breve de los luteranos y nada sobre los islamistas (por ejemplo los talibanes destruyendo los Budas de Bamiyán: ver la obra de Pascal Convert). Otro eje que sólo evocan a propósito del Méjico precolombino (castración en Teotihuacán), tiene que ver con la destrucción de una estatua en un contexto ritual, como para significar la restauración, el renacimiento: no hubiera sido superfluo entender mejor este enfoque (dentro de una perspectiva cristiana, la Resurrección, o científica, según Lavoisier).
Es cuando emprende (en desorden) la dimensión política, y en particular, colonial, de la fragmentación de las estatuas, que la exposición se vuelve más densa: conquistadores destruyendo ídolos incas y aztecas, misioneros blancos quemando estatuas africanas pre-coloniales. Un buen ejemplo es este busto de Mussolini esculpido por Adolfo Wildt en 1923 y estropeado a golpes de hacha en el momento de la Liberación. Pero no hay nada sobre el final del comunismo soviético, sobre sus cementerios de estatuas destruidas (ver a Rosângela Renno sobre Lenin, por ejemplo). Tampoco hay nada sobre las sufragistas que destruyen la Venus de Velázquez en su lucha iconoclasta contra ese tipo de pintura que les parecía demasiado machista.
Aquí vemos que las obras de arte sacadas de otros países presumiendo que estarían más seguras en Occidente, pueden ser destruidas (una estatua neo-hitita fracturada durante los bombardeos de 1945 en Berlín), incluso robadas. Cuando hay robo es casi siempre la predatoria colonial: una estatua camboyana (robada en 1070/75 y restituida por el Museo de Denver) nos recuerda el intento de robo por partes del joven Malraux en Camboya. Y, uniendo política y «rito» personal, la mano de Luis XV, único vestigio de la estatua de Bouchardon destruida durante la Revolución y recuperada por Latude, encarcelado en la Bastilla: la mano por la cual fue arrestado...
La exposición nos da la oportunidad de descubrir de qué manera algunos artistas modernos y contemporáneos trabajaron sobre los fragmentos. Podemos pasar rápido sobre la iconoclasia tacaña de Danh Vo (para no pagar los gastos de transporte de una estatua, la rompe y la mete en la maleta) y sobre la banalidad queer de Francesco Vezzoli (una cabeza de hombre sobre un cuerpo de mujer, ¡qué original!). Hay varios abatís de Rodin que dan testimonio de su interés por el fragmento, pero lamentablemente no hay ninguna de sus audaces composiciones (como ésta). Una pierna ortopédica de Louise Bourgeois, una de Robert Gober saliendo de una pared, nada de Ivan Argote (la estatua de Geoges Washington transformada en jardineras, por ejemplo, hubiera estado muy bien aquí); la piel tatuada de Win Delvoye igualmente, como a la espera de un fragmento futuro. Nos consolamos con la sala en la que Paul Pfeiffer presenta unos fragmentos del cuerpo de Justin Bieber, realizados por artistas filipinos y andaluces, una puesta en escena bastante cristianega. En resumen, es una exposición decepcionante.





