dimanche 16 août 2020

Arte y ecofeminismo

 

4 de agosto de 2020, por Lunettes Rouges


(artículo original en francés, aquí)


Portada de Heresies nº13, 1981 (erupción del Monte Santa Helena el 18 de mayo de 1980)


Algunas veces hay (por lo menos en Francia), exposiciones que se dicen feministas, y no son sino eso: una oportunidad para mostrar mujeres artistas más o menos conocidas pero sin argumentos sólidos, sin arraigo histórico, sin reflexión de fondo: se trata de hacer estadísticas militantes pero nada más. Es por consiguiente un placer raro ver una exposición abiertamente feminista pero con un verdadero argumento de fondo: Earthkeeping, Earthshaking, en la galería Quadrum de Lisboa (hasta el 4 de octubre) aborda con inteligencia el tema de la ecología y del feminismo (comisarias Giulia Lamoni y Vanessa Badagliacca). El punto de partida es un ejemplar de 1981, de la tan interesante revista feminista estadounidense Heresies, en donde tratan, gran novedad en la época, el lugar y el papel de las mujeres frente a la degradación del medio ambiente (antes, en otra época, el ecofeminismo, había sido más bien esto...); una revista que había presentado también temas que vinculan la perspectiva feminista con el racismo y el tercer mundo, lo que no es muy frecuente. Aquel ejemplar sobre feminismo y ecología planteaba cuestiones claves, principalmente según lo escrito por Ynestra King (pág 12-16): ¿Cómo analizar el vínculo entre feminismo y ecología en función de la dialéctica cultura/naturaleza, cómo reconciliar las «feministas materialistas/socialistas» con las «feministas culturales» alrededor de la ecología, cómo ser ecofeminista sin esencialismo? 40 años después, las preguntas siguen vigentes. Aquí no se trata para nada de entrar en esos debates ideológicos: la exposición presenta obras de cinco de las artistas presentes en la revista de 1981 y añade al mismo tiempo algunas artistas que fueron cercanas a ellas (Laura Grisi por ejemplo) y aproximadamente otras doce portuguesas o brasileñas de las cuales algunas son más jóvenes. Entre las veinte artistas hay tres hombres, cuyas obras son bastante pertinentes, pero con seguridad, un dogmatismo cerrado los hubiera excluido.


Ana Mendieta, Silueta de Arena, 1978, video, captura de pantalla


Entre las artistas históricas, la más extraordinaria es Ana Mendieta: en la revista (página 22), firma une texto sobre una Venus negra del Caribe, refractaria a la «civilización» de los colonizadores. De ella vemos dos videos de las series «Siluetas», una de arena que el agua va cubriendo, la otra de polvo que se quema: formas antropomorfas que modelan burdamente su cuerpo que va desapareciendo para fusionar con la naturaleza, con la madre tierra. 


Clara Menéres, Mulher-Terra-Viva, 1977


La materialidad, la relación física con la naturaleza, con la tierra, las piedras, la arena, la encontramos en numerosas obras de las que presentan: Graça Pereira Coutinho y los montículos de arena y de bolsas de paja suspendidas, Maria José Oliveira y los paneles de arcilla agrietados, Monica de Miranda y las fotos bordadas con hilos de algodón (pueden ir a ver también la exposición sobre los limites de Lisboa), Irene Buarque, las piedras pintadas y las piedras falsas de cerámica, Faith Wilding y los ornamentos barrocos dorados cubiertos de escritura (está en el ejemplar de Heresies con Seed Work, pág 23, y, además, recuerdo su performance con Judy Chicago) y, más concretamente (hace nacer un deseo táctil irracional), la Mujer-Tierra-Viva de Clara Menéres, colina de hierba de anatomía femenina, fusión de un cuerpo femenino que se reduce al torso, los senos y el sexo, de naturaleza verdecida, en donde también desaparece el cuerpo: obra audaz, revolucionaria y poética (en la exposición solamente hay fotos y dibujos de esta escultura). 


Vista de la exposición; adelante, Rui Horta Pereira, Chove Mar Chove, 2020, f. del autor


Lo que mejor caracteriza el enfoque de esta exposición es su forma de poesía comprometida. Es cierto con las serigrafías sensuales que bajo la dictadura militar fueron muy controvertidas, de la brasileña Teresinha Soares, una forma femenina de apropiarse el erotismo; es cierto con la encuesta que lleva a cabo la chilena Cecilia Vicuña quien les pregunta a los habitantes de la ciudad de Bogotá, que es la poesía para ellos (también ella en Heresies, con el vaso de leche, rastros de una performance activista pág.71); es cierto también con las finas y livianas esculturas en forma de semillas, del portugués Rui Horta Pereira, hechas con hilo de PET,  parece que flotan en el espacio, que se tuercen con la mínima corriente de aire y cuya percepción cambia según el ángulo y la luz. 


Uriel Orlow, Learning from Artemisia, 2019-2020

 

Para terminar, para abrir el espacio y el discurso, la instalación de Uriel Orlow sobre la cultura del té Artemisia y sus beneficios en la lucha contra el paludismo (y posiblemente contra la Covid), es, como casi siempre con él, un edificio de varios pisos: el cultivo del té en cooperativas de mujeres en Katanga y su promoción al rango de símbolo casi político a través de la canción (y a través de este pequeño cuadro naif), la interrogación del artista sobre su propia apropiación de las imágenes, un espejo de la apropiación colonial de las materias primas en el Congo y en otros lugares, y, en fin, la «participación simbólica» del espectador a quien le ofrecen un té. Obra sumamente política sobre el mundo pos colonial y la relaciones Norte-Sur, que situa de nuevo el ecofeminismo en una perspectiva más global.

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