vendredi 28 juillet 2017

De los riesgos de la fotografía documental (Arles 1)

24 de julio de 2017 por Lunettes Rouges

(artículo original, en francés, aquí)





Ester Vonplon, Sin título, Arctique, 2016. Con la amable autorización de la artista y de la galería Stephan Witschi.



A continuación algunos artículos sobre los Encuentros de Arles aunque estuve ocupado en otras cosas. Primero, me pareció que, mucho más que en las ediciones precedentes este año tenemos abundancia de exposiciones en las que predomina lo documental, más de lo que se espera en un festival de fotografía que no está verdaderamente centrado sobre ese tema. No es en sí criticable y numerosas obras documentales son reportajes bastantes interesantes, pero que han olvidado tomar distancia con su tema, sin reflexión crítica, sin originalidad creativa. Es el caso de la mayoría de las propuestas para el Prix Découverte (al que ahora están asociadas las galerías : ¿se estará mercantilizando? En todo caso ello excluirá a artistas no comerciales -el galardonado con el premio 2005, por ejemplo no sería elegido hoy- pero no creo que ello tenga un impacto sobre la propensión hacia el documental). Me parece que una reflexión interesante sobre cualquier tema, ya sean los lugares del poder, las mezquitas turcas, los nómadas de Sahel, o las antiguas bases soviéticas, no son suficientes para crear una obra fotográfica de calidad. Sobresalen los paisajes celestes de Juliette Agnel, quizás demasiado trabajados, y las bonitas imágenes árticas de Ester Vonplon, llenas de un vértigo infinito y de una melancolía austera, voté por ella.


 
Carlos Ayesta et Guillaume Bression, Retracing our steps, Fukushima Exclusion Zone, 2011 2016, foto del autor


El galardonado ha sido el más creativo de los documentales, el dúo Carlos Ayesta y Guillaume Bression, quienes tuvieron la buena idea no solamente de entrevistar y fotografiar (de forma bastante banal) a los desplazados de Fukushima, sino que muestran muros de bolsas de plástico llenos de tierra contaminada y sobre todo unas barreras de plástico transparente entre los árboles, frontera irrisoria entre los dos territorios, una poesía de la distancia. 




Eleonore Lubna, Pierna artificial de Olexandr Konyonov, Desyakin, 2017


Hay muchísimas otras exposiciones en las que los buenos sentimientos políticos, ecológicos y etnológicos no son suficientes para ir más allá de un trabajo de reportaje bien hecho, pero sin creatividad : es el caso por ejemplo de la obra sobre Monsanto, cuya denunciación de la empresa se ha convertido en el símbolo de todos los crímenes contra la naturaleza y está hecha de manera escolar, didáctica y sin relevancia : un realismo sin aliento, una fotografía que no va sobrepasa su discurso consensual (algo así como los paraísos fiscales de hace dos años). Del mismo estilo pero algo más trabajados, la documentación de Gideon Mendel sobre las inundaciones (vemos imágenes desteñidas mucho más sofisticadas que los retratos de pies en el agua); la obra de reportaje de Samuel Gratacap sobre los refugiados en Libia, y sobre todo el diálogo sobre Ucrania, entre el (relativo) veterano Guillaume Herbaut y la (joven) fotógrafa Eleonore Lubna, recién salida de la escuela y en el marco de las “conversaciones Olympus” que a menudo son muy buenas. Cada imagen de Herbaut, por tranquila que parezca, contiene un detalle que recuerda la guerra : hueco de bomba, vidrio roto, red de camuflaje, chatarra, huellas violentas de un conflicto y las personas desplazadas de Lubna llevan consigo el recuerdo y las marcas dolorosas, invisibles o tangibles. 




Mathieu Pernot, Les Gorgan, vista de la exposición, foto del autor



Pero, entre todas esas exposiciones que nos hablan del mundo tal cual es, hay una que sobresale y que se desprende realmente del montón puesto que interroga la forma misma del documental; es la marca de una evolución, desde la distancia inicial frente a un “buen tema” que interesa, hasta la relación fusional entre el fotógrafo y este tema; y es la de Mathieu Pernot con su familia gitana, los Gorgan, que ha estado fotografiando desde hace 22 años cuando estaba la ENSP (Escuela Nacional Superior de Fotografía). Está claro que podemos quedarnos en la superficie y no hablar sino de la familia gitana, de su historia, de su presente, de sus anécdotas y de su pintoresco, lo que ya es un tema interesante, incluso puede seducir al que no sabe nada de la cultura gitana. Pero el talento de Mathieu Pernot (muy diferente de casi todos los que citamos), es que traspasa el lado documental al interrogar su relación propia con el tema y al traducirla en imágenes. Le consagra un cartel a cada miembro de la familia, reúne sus primeras fotografías (tenemos en particular las fotos de cabina callejera de los niños, sus series más recientes como los gritadores delante de la cárcel), fotos tomadas por los mismos miembros de la familia sin que haya la mínima indicación, la mínima distinción, imágenes íntimas, un nacimiento, un duelo, una ahijada del fotógrafo. Está claro que es una obra sobre el paso del tiempo pero sobre todo una reflexión sobre el lugar del fotógrafo frente a su tema, sobre la distancia y su disolución, y es ello lo que hace, me parece, la mejor exposición de este año en Arles. Desde ese punto de vista es un trabajo más limitado pero más logrado que lo que mostró en el Jeu de Paume en 2014. Pernot también presenta en Toulon una obra sobre la historia de los gitanos en Francia, que no pude ver y es una pena. 

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