jeudi 5 mars 2015

Velázquez, pintor de príncipes y de bufones

17 de febrero de 2015, por Lunettes Rouges



(original en francés, aquì)


Diego Velázquez, Mano de hombre, hacia 1630, 27x24cm (inscripción Illmo. Señor / Diego Velázquez, ubicación actual desconocida desde 1989



De todos los reyes de Europa, aquel cuya cara conocemos mejor, a todas las edades de su vida es sin lugar a dudas Felipe IV de España, y ello se lo debe al que fue su pintor casi exclusivo durante años, Diego Velásquez. Con la ocasión del año Velásquez y mientras esperamos la próxima exposición en el Grand Palais (del 25 de marzo al 13 de julio), ediciones Taschen acaba de editar de nuevo en colaboración con el instituto Wildenstein, la monografía (con catálogo razonado) de José López-Rey (primera publicación 1979-1981), actualizado por Odile Delenda. Es un libro enorme de más de 400 páginas, formato 39.5 x 29 cm, ilustrado con abundantes reproducciones y numerosos detalles de los cuadros, en plena página (y sólo un desplegable sobre la Rendición de Breda).


Diego Velázquez, Retrato de pie de Felipe IV, hecho en 1623, corregido en 1628, 198x101.5cm, Madrid, Museo Nacional del Prado



Sigamos, primero, el Rey : entre 1623 y 1652 se conservan 12 retratos de Felipe IV (y otros dos que solo se pueden ver con rayos x debajo de una pintura posterior), pero es seguro que Velásquez pintó muchos más ya que tenía el monopolio (la única excepción antes de 1652 la hizo Rubens que compartió el taller con Velázquez cuando estuvo en Madrid en 1628/29). Además el taller de Velásquez produjo muchas copias que fueron difundidas ampliamente y una de las cargas de Velasquez consistía en aprobar (es decir censurar o hacer modificar) todo otro retrato del rey pintado en España (pág. 131). Volveré más tarde sobre la situación después de 1652. Hay que interrogarse sobre las relaciones entre el rey y su pintor : al principio Velásquez es un criado de pintura (que gana el mismo salario que el barbero del rey), a quien su talento le abrió las puertas de la corte y le dió la oportunidad única de convertirse a los 24 años en el pintor oficial del rey que a los 18 años acababa de subir al trono. Y poco a poco se establece entre ellos talvez no una amistad sino una complicidad : no solamente Velásquez progresa en la corte sino que a menudo el rey lo visita pues posee una llave de su taller en el palacio y sin duda hablan largamente durante las sesiones de pose. ¿ Pintará Velázquez al hombre o al personaje real? Si Bartolomé Bennassar opina que Velázquez pinta al hombre y no al rey, e insiste sobre la dimensión humana de la relación pictórica, el autor José López Rey, ve al contrario, la voluntad del pintor de ir más allá de lo humano para que aparezca en sus retratos la majestad real, casi divina. El primer retrato de 1623 [catálogo razonado 33 en el Museo del Prado] solo lo conocemos gracias a la radiografía pues cinco años más tarde lo volvió a pintar completamente : según la radiografía el primer retrato era muy natural, la piel del rostro flácida, barbilla redonda cuello corto, una fisionomía sin nobleza. El majestuoso cuadro que volvió a pintar que vemos en el Prado muestra al contrario una expresión firme, mentón puntiagudo, cuello largo, un conjunto que expresa una sensación de poder y serenidad a pesar de que el primer retrato había entusiasmado al rey y a la corte : no fue entonces el rey quien le pidió que lo cambiara sino él mismo, más bien por conformarse con su propia visión de la majestad real y no por simple adulación sino, podríamos decir, por idealismo.



Diego Velázquez; Retrato de Felipe IV, de busto, hacia 1652 1655, 69x56cm, Madrid, Museo Nacional del Prado


Sin ampliar sobre los retratos reales (otro [35, Prado], el del rey con armadura, pintado en 1625, fue modificado de la misma manera en 1628), vayamos al ultimo retrato, el de 1652 [115, Prado].
El rey que no tiene heredero varón en vida, se siente muy melancólico, preocupado por la muerte y por su salvación; se reprocha su comportamiento, sus pecados, su numerosos bastardos, su probable sífilis y sus insuficiencias como monarca, la decadencia del reino, y el agotamiento de una raza consanguínea que se dirige al derrumbamiento. Como lo muestran sus cartas a la abadesa María de Agreda, se siente indeciso y lleno de remordimientos. Y Velásquez, seguramente al tanto de esas vicisitudes, no quiere ver nada de ello: en este último retrato idealiza de nuevo a su rey, disimula sus enfermedades físicas y morales, su papada, sus arrugas, su vejez y su depresión. Quizás ese cuadro no guste, quizás Felipe IV quiera, al contrario, que sus retratos reflejen las fallas de la naturaleza humana, quizás se complazca en la representación de sus tormentos. En todo caso, Velásquez durante los 8 años que le quedan de vida, ya no vuelve a pintar (aparentemente) al rey (excepto su reflejo en Las Meninas) : al abandonar su privilegio de monopolio, deja a sus asistentes y a otros pintores que hagan retratos del rey envejecido más conformes con el gusto real, pero no con el suyo, como prueba de su decepción, de su desilusión ante el predominio de lo humano sobre lo majestuoso.


Diego Velázquez, La Infanta Margarita, hacia 1656, 105x88cm, Viena, Kunsthistorisches Museum, Gemäldegalerei



Al lado del rey, Velázquez pinta la corte y a la familia real, esta familia dañada por la consanguinidad (y que después de la muerte de Velásquez terminará con el degradado Carlos II), una corte estrecha de espíritu, rigorísta, desencantada, que se aburre y aburre. Solamente existen tres retratos que hizo de la esposa del rey, Isabel [1], que según dicen, no lo quería; tres retratos también de la segunda reina, Mariana, pomposa y austera en su guardainfante, débil y sin carácter. Tenemos seis retratos, todos encantadores del infante Baltasar Carlos, esperanza endeble de la monarquía y que morirá a los 17 años, uno solo de su medio hermano Felipe Próspero, de una tristeza latente (morirá a los cuatro años), tres de la fea María Teresa, y tres de la bonita Infanta Margarita con sus mejillas redondeadas y su aspecto angelical [118, en Viena]. De todo ello, hace una pintura armoniosa y pura.



Diego Velázquez, Retrato de Juan de Pareja, julio de 1649 marzo de 1650, 81.3x69.9cm, New York, The Metropolitan Museum of Arts



Velázquez pintó también muchísimos retratos de los cortesanos, de los que formaba parte : además de sus obras pictóricas, progresa de cargo en cargo hasta que en 1652 se convierte en Aposentador Real, cuya carga consistía en comprar obras de arte para el rey (pretexto de sus viajes a Italia) en arreglar y decorar las residencias reales (la ultima en 1660, fue el pabellón español en la isla de los Faisanes para el matrimonio de Luis XIV y de la Infanta Maria Teresa), ¿fue como lo dirá Élie Faure (que evocan aquí de bonita manera), un peso que le impedía pintar a tiempo completo o como sostiene José Lopez Rey, una tarea normal a causa de su cercanía con el rey? Yo diría una prueba de su ambición; cortesano hábil, lo hizo todo para que lo nombraran miembro de la Orden de Santiago (pág.305-306), intrigas para obtener el apoyo del Santo Papa, falsos testimonios de sus amigos, y finalmente después de diferentes tratamientos preferenciales obtuvo una dispensa del papa y la atestación de su nobleza (bastante dudosa); su padre Juan Rodrigues de Silva era de origen portugués, sus abuelos se habían radicado en Sevilla cuando  España y Portugal estuvieron bajo el mismo soberano a partir de 1580). La vida de Velázquez parece bien lisa, toda al servicio de su arte y de su ambición, sin embargo podemos notar dos 'asperezas', que apenas si se mencionan en este libro : casado con la hija de su maestro Pacheco (que figura en la cubierta del libro, abajo [20, Prado]), padre de dos hijas (una murió siendo niña, la otra se casó con el pintor Mazo),  sufrió muchos duelos familiares al final de su vida y según una especie de investigación paleográfica meticulosa (Jennifer Montagu en el Burlington Magazine) se le descubrió un hijo ilegítimo en Roma, llamado Antonio, nacido en 1561, durante su segundo viaje a Italia. Quizás su insistencia ante el rey (que no se lo autoriza) para volver a Roma en 1657 era también por motivos de amor... La misma investigación descubrió que su asistente Juan de Pareja, que ya imaginábamos por sus rasgos que era moro, era en realidad su esclavo, y que lo emancipó, no en España sino en Roma en 1650, en el momento en el que pintó su retrato [107, Metropolitain] poco antes de hacer el de Inocencio X. Siendo esclavo, Pareja no tenía derecho a pintar, y lo hizo a escondidas en el taller de Velásquez, luego siguió y obtuvo cierto éxito.


Diego Velázquez, el Aguador de Sevilla, hacia 1620, detalle, Londres, Apsley House, Wellington Museum


Pintor de príncipes pero también de locos y bufones : me parece que más que en sus retratos formales y formateados de la corte y de la familia real, es en sus retratos de hombres al margen de la sociedad que más se desarrolla el talento humano, natural de Velásquez. Me gusta la dignidad irónica de Esopo [88, Prado] y de Menipo [89, Prado], me gusta la insolencia burlesca de Calabacillas [79, Prado] y me gustan las ojeras de Lezcano [94, Prado], me gustan los rostros de los borrachos [38, Prado]. Como dice Maria Zambrano, "los pintó como si fueran dioses, o mejor todavía, seres en los que resplandece lo divino", y Velásquez no necesita exceder su realidad natural para hacer seres majestuosos. Muy anteriores pero por el estilo son sus bodegones de Sevilla, en donde muy joven ya se interesa por la apariencia misma de las cosas, por la materialidad del objeto pintado y por la realidad de seres de carne y hueso en tranquilas escenas de taberna, personajes tan ordinarios como el decorado. En este detalle del Aguador de Sevilla de 1620 [13, Apsley House, Wellington Museum en Londres; cuadro que se robó José Bonaparte pero el duque de Wellington lo recuperó y en agradecimiento el rey Fernando VII se lo obsequió], la figura en el vaso y las tres gotas de agua que se filtran del cántaro justifican que es una de las primeras obras maestras del pintor.


Diego Velázquez, Venus delante del espejo, hacia 1644 1648, 122.5x177cm, Londres, National Gallery


Es verdad que habría mucho más que decir sobre las magníficas lanzas de Breda (su único cuadro histórico con la Expulsión de los Moros, perdido) [71, Prado], sobre el erotismo de Venus ante su espejo (junto con Goya es prácticamente la única pintura de desnudo femenino en el mojigato arte español, y la palabra erotismo no figura en ninguna parte del libro. Este cuadro particularmente inspirador, inicialmente estaba suspendido en el cielo raso de la habitación del Marqués del Carpio, nieto del conde-duque de Olivares, primer protector de Velásquez; fue deteriorado por el ataque talibanesco, a cuchillo de una feminista sufragista en 1914) [101, Londres National Gallery], sobre el poder, la astucia y la dureza del papa Inocencio X (retrato que extrañamente le encantó al Papa) [109, Gal Doria Pamphili, Roma] y su arquitectura implícita en el sentido profundo de las famosas Meninas (que el autor se obstina en llamar Velázquez y la Familia real) [119, Prado].


Cubierta del libro Velázquez, la Obra completa, ediciones Taschen, 2014



Pero volvamos al libro en sí mismo, obra magnifica a la que sin embargo podemos hacer algunas críticas mínimas, primero su inclinación hagiográfica. A la luz de otros escritos sobre Velásquez, nos hubiera gustado una visión algo más crítica tanto de su vida (sobretodo su ambición cortesana) como de su obra (sobretodo de su idealización de la figura real), y quizás que se le hubiera dado menos importancia a sus cuadros religiosos, en su mayoría de poco peso : 
¿ Cómo  es posible dedicarle tantas líneas admirativas (pág.45) a la horrible Inmaculada Concepción [8, Londres National Gallery], sulpiciana antes de tiempo (copia sin alegría, dice Élie Faure, composición arreglada) ?. No es que esté disminuyendo el trabajo erudito y la calidad del catálogo razonado si cuestiono cierta inclinación de los autores. Me hubiera gustado también encontrar cierto eco de las teorías de Élie Faure, que pensaba que España sólo había empezado a generar grandes artistas, Cervantes y Velásquez, en el momento en que su expansión política, geográfica y económica se estancó, y que fue la decadencia del imperio la que permitió esa explosión de genio (siendo El Greco una excepción pero él no era español). En fin, me hubiera gustado una mayor puesta en perspectiva : en lugar de una simple mención de las ideas de Foucault sobre las Meninas, un análisis más sofisticado de sus ideas, y, sobrepasando la mención obligatoria de Manet ("Velásquez, pintor de pintores") y de los impresionistas, un estudio de la manera como Velásquez influenció a tantos artistas de los siglos XIX y XX, de Manet a Bacon y Picasso. Pero es un libro magnifico. 
Breve explicación sobre la primera reproducción arriba :  Velásquez firmó muy pocos cuadros, cuatro en total, de los cuales dos desaparecieron (nota 85, pág. 398). Es entonces irónico tener ese pedacito de lienzo en donde solamente figura su firma, nada más [54, desde 1989 no se sabe en dónde está].

Agradecimientos a Taschen por este libro.


[1] es sorprendente que en este texto que no es la primera edición y que ha debido de ser leído y releído montones de veces, un error craso (pág. 237) haga morir la Reina Isabel a finales de 1646, al mismo tiempo que el infante Baltasar Carlos, siendo que ella murió dando a luz dos años antes, el 6 de octubre de 1644.

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